El velatorio

Todo llega si se sabe esperar. Estoy muerto, o eso parece porque estoy muy quieto. No puedo moverme, pero tampoco quiero. El cuerpo, que antaño tantas miserias y caprichos me pedía, ahora no parece querer nada. Yo diría que al fin se halla satisfecho. El caso es que, a pesar de no moverme ni un poco siquiera, lo veo todo. Y a todos.

La verdad es que estoy teniendo un velatorio muy bonito. Elegante, como le gustaría a mi señor don Quijote. Lo que más me gusta de estar muerto es que ya mismo estaremos juntos de nuevo, cabalgando por esos páramos del cielo. Y podremos al fin ser pastores. Después de todo, Dios ha de tener ovejas o vacas o cabras, que todas ellas son criaturas de Dios y como tales, pacerán en la gloria. Porque, eso sí, creo que es de rigor que yo vaya al cielo. Poco antes de morirme del todo, confesé y me arrepentí de mis escasos y constantes pecados veniales, que mortales no cometí ninguno. Y que mi señor don Quijote está con Dios, eso es algo que no dudo.

Aquí se acerca Teresa, mi buena esposa. Y mi querida hija, Sanchica. Ella siempre me dice que la llame Sancha, que ya es mayor, pero para mí siempre será una niña: bella y fuerte como su madre. Les hablo, pero no me oyen. Es raro esto de estar muerto. Parecen saberlo todos menos uno mismo. Yo, fuera de no moverme, me siento mejor que nunca. Ya no me pesa el abdomen, ni me duelen las rodillas.

Teresa se agacha y me besa las manos y el rostro. Es extraño porque mi cuerpo no siente el beso, ni nada. Pero algo mucho más dentro de mí, o quizá más afuera, sí que lo nota y se maravilla. Ahora los besos son como dulces de luz, se meten en el alma y vuelan conmigo por la habitación. Familiares, vecinos y amigos siguen llegando, y todos lloran mi muerte. Quisiera decirles que no se apenen, que estoy bien. Mi vida ha sido buena. Recorrí los caminos con don Alonso, el mejor de los señores, el más noble.

Escucho el murmullo de un rezo: avemarías y padrenuestros. Más de las primeras que de los segundos, como manda el Santo Rosario. Ahí llegan el barbero, el cura y el tabernero. Ponen cara de circunstancia para dar el pésame y preguntan de qué he muerto.

—De sopetón —escucho que les contesta mi Teresa. Siempre fue muy graciosa.

El caso es que no sé de qué he muerto. No me di cuenta, o no lo recuerdo. En esto de estar muerto no tengo práctica. Seguro que esta gente sabe más que yo. Quizá pueda escuchar algún cotilleo. En los velatorios siempre se rumorea: que si lo sorprendió un ladrón, que si comía en exceso y reventó… A ver a quién pego la oreja. Ya sé, ahí están esas dos: Claramunda y Minervina, las hechiceras, o brujas, que bien conocidas son sus pócimas y bebedizos. Voy hasta ellas, a ver lo que dicen.

—Cállate y no digas nada, Claramunda —escucho susurrar a Minervina.

—¿Por qué, Minervina? ¿Acaso no puedo hablar?

—Ya me entiendes. No viene al caso andar con preguntas. ¡Shhh!, que viene la esposa. Te acompaño en el sentimiento, Teresa —dice Minervina besándola.

—Y yo, y yo —corrobora Claramunda—. ¿Y de qué ha muerto tu Sancho?

Menudo caso le ha hecho a su amiga. La verdad es que esto de estar muerto en mi propio entierro es hasta divertido.

—Nadie lo sabe, ni siquiera el doctor Recio de Agüero. Volvió a casa y le pedí que diera de comer a las gallinas. Cuando fui a ver por qué tardaba, lo encontré fulminado en el suelo con una especie de sopa blanca en las comisuras de la boca.

—Algo que le sentó mal —afirma Minervina.

—Eso está claro —asevera Claramunda.

—Pero si él comía siempre con apetito y todo le caía bien —explica mi esposa entre sollozos.

—Es que para morirse no hay nada más que estar vivo —sentencia Claramunda.

Mi pobre mujer… Ahí se aleja, tan cumplida siempre, a agradecer a todos que hayan venido a presentarme sus respetos. A ver ahora qué dicen éstas.  

—Claramunda, que la mujer no sabe de qué ha muerto.

—Sí, eso es lo que dice…

—Pero tú lo viste claro anoche, ¿no? Al espíritu, quiero decir…

—Como te estoy viendo a ti ahora mismo. Vamos a acercarnos, quizá tenga alguna marca.

De vuelta a mi cuerpo, a verlo de cerca. ¿Una marca de qué? ¿Un golpe?

—Claramunda, no preguntes más de qué murió, que no se sabe y levantas sospechas. No se ve nada raro en el cadáver…

—¿Y quién era el espíritu? —se interesó Claramunda.

—¿Quién iba a ser? Don Alonso… Y ya te digo que estaba muy enfadado.

El difunto reaccionó. Aun sin moverse. De manera que su señor don Quijote se había manifestado a la bruja de Minervina. En vida nunca la creí, no sé por qué habría de hacerlo ahora… ¿Pero por qué don Alonso iba a aparecerse a ella? Y enfadado, además. Qué confuso es esto de andar muerto de un lado a otro. Nada es como cuando salíamos a deshacer entuertos. Qué feliz era yo entonces… Y qué extraño sabor guardo en mi boca, o donde sea, porque ya la boca no es mía. O tal vez sí. Sabe a licor de gloria, pero muy amargo…Y recuerdo también una bolsa de cuero llena de reales y escudos. Pero ¿será posible? ¡Que el diablo me lleve! Ahora lo recuerdo todo. Yo quería honrar a mi señor, que tan bien se portó conmigo. Hasta unos dineros me dejó con el mandato de que se me perdonase cualquier deuda que con él tuviere.

Fui a cobrar una deuda que las arpías adquirieron con mi señor don Quijote, en nombre de su sobrina y heredera. Me costó que soltaran la bolsa, me entretuvieron con una copita de licor de gloria, que yo, que siempre fui tragón y confiado, bebí sin preocupación. Me marché, con la deuda cobrada y un malestar extraño. Llegué a casa, vi a Teresa y a Sancha y fui al gallinero. Y allí me aguardaban ellas, Minervina y Claramunda. Sentí un fuerte dolor en el vientre y grité: ¿Qué me habéis dado? Reían como hienas. Me robaron la bolsa y huyeron las muy cobardes. Veneno para las alimañas. Eso me dieron.

Estoy muerto, no puedo agarrarlas y llevarlas ante el juez. Mi rollizo cuerpo está quieto, impasible y frío, aunque siento que mi alma se desplaza por la habitación. Y mira, parece que levanto una brisa.

—Claramunda, ¿qué haces? ¿Por qué me soplas en el cuello?

—¿Yo? Eres tú la que me sopla a mí.

Asustadas, dejan la bolsa del dinero en mi caja de hombre muerto y salen corriendo. ¿Qué hago? ¿Las sigo? ¡Bah! No soy como ellas. Me siento bien, feliz, en paz.

Miro más allá de lo humano. ¿Pues no parece que veo venir a lo lejos a mi señor don Quijote? A lomos de Rocinante, sujetando las riendas y la lanza con su mano derecha, la adarga con la izquierda y su yelmo de Mambrino en la cabeza. Me sonríe. Cabalga presto, ya llega.

—Vamos, Sancho.

—Vamos, mi señor.

Subo a la grupa y salimos cabalgando. Miro a Teresa y Sanchica y el alma me rebosa de amor. Siempre estarán conmigo, velaré por ellas desde el cielo…

—¿Dónde vamos, mi señor don Quijote?

—A luchar contra gigantes, mi buen Sancho.


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