La comida

Clara aparcó en carga y descarga, se bajó del coche y miró la señal.

«Hay que joderse, hasta las seis no se puede aparcar».

Se montó de nuevo y arrancó dispuesta a buscar un parking cuando un Opel Corsa, con bastantes años y no menos suciedad, se incorporó a la calzada dejando un hueco a pocos metros del restaurante donde había quedado a comer con una amiga.

—¡Bien! —exclamó—. Por fin algo de suerte.

Aparcó, bajó la visera parasol y se miró en el espejo. Se retocó los labios con su barra favorita: la 204 de Mercadona. Se detuvo unos segundos a contemplar su cara. Evocó aquel tiempo en el que gastaba despiadada e inútilmente en cosméticos de marcas carísimas que, visto ahora en perspectiva, no le habían aportado nunca nada que no tuviera de serie, y que, sin embargo, le habían supuesto un despilfarro ético y estético. Se quitó las gafas y se acercó un poco más al espejo: se vio algo mayor. Forzó una sonrisa en un vano intento de mejorar su aspecto, y casi lo consigue si no llega a ser por el reflejo de la horrorosa visión de unas extrañas ¿arrugas? en el cuello.

—¿Y esto qué es? Estas arrugas deben de haberme salido hoy; ayer no las tenía.

Se recolocó el colgante de nácar con la intención de tapar la desagradable y sorpresiva falta de colágeno. No había manera.

De repente, en el mismo espejo, vio llegar a Minerva, su amiga. Con bastante genio Clara cerró la tapa del espejo, subió el parasol y se apeó del coche. Caminó rápido, como si todavía quedara algo de aquella mujer joven que corría a todas partes, hasta alcanzar a su amiga a la puerta del restaurante.

Dos besos.

—Vamos dentro, hace un calor espantoso. ¿O prefieres en la terraza?

—¡No! Estoy fatal con la alergia —contestó Minerva.

Clara se alegró secretamente de no sufrir esa patología. Empujó la puerta y entraron. El aire acondicionado estaba muy fuerte.

—Hace frío.

—Elige: ¿frío o calor? —Minerva la miró con paciencia.

—Frío.

Un camarero dolicocéfalo, con el cráneo alargado, y escasa cabellera despeinada las saludó amablemente:

—Tenéis reserva, ¿verdad?

—Sí, a nombre de Clara. Llamé esta mañana.

El camarero asintió recordando la llamada y una sonrisa poco clara dejó ver sarro en su dentadura. Con agilidad, las acompañó hasta la mesa y retiró la placa metálica con la palabra «RESERVADA». Tomaron asiento, utilizando una tercera silla para los bolsos.

—Minerva, mira, me ha salido una arruga.

—¿Una? No es una, son más.

—¿Cómo que más? He visto una, como mucho dos.

Minerva sonrió.

—Bueno, las que sean, pero ayer no las tenía. ¡Qué coraje!

—¿Y qué quieres? —contestó Minerva disfrutando del momento—. Es la edad. Tienes sesenta años. No vas a tener el cutis como el culo de un bebé nunca más en tu vida.

Clara miró a Minerva desafiante.

—No te preocupes, no es ninguna enfermedad. Son arrugas. Yo tengo más que tú —reconoció Minerva.

—Eso es cierto.

Minerva miró a su amiga y pensó: «No tiene arreglo».

—No pasa nada —le dijo— Lo importante es que estás bien de salud.

—Sí, estoy estupenda. Soy diabética, hipertensa, tengo colesterol, problemas de estómago, artrosis… Y la ansiedad, claro. Seis pastillas diarias más los paracetamoles. Y pronto el Alzheimer…

—¿Pero no dices siempre que tienes mucha memoria?

—¿Eso digo? —Los ojos de Clara se salían de las órbitas.

—No abras tanto los ojos, que te salen arrugas —Minerva estalló en carcajadas.

—¡Estamos apañadas!

—Claro que sí. Hay mucha gente que está peor que nosotras. Al menos la cabeza nos funciona.

—Sí. La verdad es que mi memoria es estupenda. Me acuerdo de los cumpleaños de todo el mundo, incluso los de mis compañeras del colegio de hace más de cincuenta años.

—¡Qué barbaridad! ¿Y las felicitas?

—¡Qué va! Me caen gordas.

El camarero se acercó con aire sospechoso.

—¿Sabéis ya lo que vais a tomar?

—A ver, Clara, dilo tú que eres la delicada.

Clara echó un vistazo a la carta:

—¿Una ensalada?

Minerva puso cara de asco.

—Ya estamos… Eso lo tomas todos los días en tu casa.

—Pide tú entonces.

—A mí me gusta todo.

Clara se preguntó por qué siempre tenían que compartir los platos si no se ponían de acuerdo en nada. Intentó recordar qué habían tomado la última vez.

—¿Berenjenas?

—Me las han prohibido.

—Pero ¿qué tienes?

—Intestino irritable.

—¿Colon?

—No, todo el intestino.

—¡Vaya por Dios! Pues entonces un caldito y un filete a la plancha.

El camarero, que respondía al castizo nombre de Paco, carraspeó y pasó su mirada de una a otra en un intento de evidenciar su impaciencia.

«A ver si dejan de marear la perdiz y piden ya las alcachofas y el solomillo como todas las semanas», pensó.

—El solomillo al jerez está bueno —dejó caer Minerva.

—¿Y algo de verdura? ¿Te gustan las alcachofas? —preguntó Clara.

—Sí, a mí sí.

—Pues ya está. —Clara miró al camarero como si lo viera por primera vez—. Tomaremos las alcachofas y el solomillo.

—Una magnífica elección. ¿Y de beber?

—Yo, agua mineral fría —contestó Clara.

—Y yo, una cerveza. También muy fría —apuntó Minerva.

El camarero se alejó de la mesa.

—¿Cómo preparan aquí las alcachofas? —preguntó Clara a su amiga.

—Ni idea, nunca las he probado aquí. Oye, ¿has visto las fotos de Paula en el Facebook?

—¿Qué Paula?

—¿Qué Paula va a ser? Nuestra amiga Paula, la psicoterapeuta.

—Se llama Lola.

—Eso, Lola. ¿Las has visto?

—La tengo bloqueada; es una cínica.

Minerva pensó que, para Clara, cualquier persona que no fuera ella misma era una cínica. O algo peor.

—Pues, cínica o no, sale en las fotos con su marido. ¿No se habían separado?

—Ni idea. Se habrán juntado. ¿Cómo se llamaba el marido? —se interesó Clara.

—Creo que Miguel Ángel… Era forense, ¿no?

—¿Forense? ¿No trabajaba en la Caixa? —Clara se miró el cuello en la cámara del móvil.

—No creo, no me suena eso de la Caixa. —Minerva se mostró verdaderamente extrañada—. Ya me acuerdo; se llama Roberto.

—Antonio.

—Eso, Antonio. Lo tenía en la punta de la lengua.

Paco volvió con las bebidas y un aperitivo.

—Come —ordenó Minerva.

—¿Qué es esto? ¿Garbanzos?

— Sí, muy buenos.

—Yo no como garbanzos en los bares. Soy alérgica.

—Tú lo que eres es tonta. —Minerva cogió los dos cuencos.

—Bueno, pero no como cocido fuera de casa. Y menos de tapa. ¡Qué asco tan grande! —dijo Clara.

—Un año de hambre te daba yo. Lo que te decía, Paula y Miguel Ángel están en El Rocío.

—Se llama Ana y es una cínica.

—¿Ana también?

—¿También qué?

—Pues eso, que están muy buenos los garbanzos. Ya viene el camarero. Vamos a pedir —se animó Minerva.

Las dos amigas empezaron a mirar la carta. Clara, sonriendo, miró al camarero, que amablemente dejó en la mesa unas alcachofas confitadas y un solomillo al jerez con patatas fritas que tenía una pinta buenísima.

—¡Que aproveche! —dijo Paco retirándose.

—¿Habíamos pedido? —se asombró Clara.

—¡Qué va! —Minerva negaba con la cabeza—. Será el plato del día.

Clara pinchó una alcachofa.

—Está muy buena.

—A ver… Sí que lo está. ¿Y el solomillo?

—Está de muerte. Pásame el pan —pidió Clara—. ¿Y dices que Ana se ha divorciado del forense?

—Eso parece. No lo he visto en ninguna foto. Una lástima. —Minerva se secó una lágrima.

—¿Qué te pasa?

—Ea, que soy muy sentimental. Me da mucha pena de que se haya divorciado Lola.

—Se llama Paula. ¡Madre mía, Minerva! Estás fatal con los nombres…

—Pues anda que tú…

—¿Yo? Pero si hasta me acuerdo de su cumpleaños…

—¿Y la felicitas?

—¡Qué va! Es una cínica. Come, que se enfría —ordenó Clara—. Por cierto, ¿de qué nos conoce el camarero para tutearnos?

—Hija, Clara, hemos venido varias veces.

—No es que me importe, pero no me esperaba esa confianza. Me he puesto morada de comer.

—No comes nada. Cuatro alcachofas y dos trozos de solomillo. Yo sí que he comido.

—Me duele el estómago. Pero ahora pido postre. ¡Camarero! —llamó Clara—. Parece que no me oye.

—Déjame a mí. —Minerva tomó las riendas del asunto—. ¡Manolo!

El camarero acudió a la llamada:

—¿Qué? ¿Estaba bueno?

—Buenísimo todo —aseguró Minerva—. Catalina es una cocinera sin par. Felicítala de nuestra parte.

Clara se maravilló de que su amiga siempre conociera a los cocineros de cada restaurante, así como el nombre de los camareros. Esas simplezas no le interesaban a ella nada de nada.

—¿Tomaréis postre? —preguntó el mesonero.

Clara asumió el tuteo.

—Yo, algo de chocolate negro —pidió.

—Yo, un cortado descafeinado —dijo Minerva.

—Ponnos dos cucharillas, que no engorde yo sola.

Paco sonrió dejando ver que le faltaba un canino inferior y se alejó llevándose con él los platos de la comida.

—¿Entonces qué decías de unas fotos? Oye, ¿se me ve mucho la arruga? —Clara volvió a mirarse en el móvil.

—Deja ya las arrugas. Te decía que he visto unas fotos de nuestra amiga como se llame en mitad de un río con uno que supongo que será su marido —Minerva retomó el tema.

—Igual es otro.

—No sé, se parece a Miguel Ángel. —Minerva era defensora del vínculo matrimonial.

—Si estaba con Miguel Ángel, es que se ha separado, porque el marido era Roberto; o Rafael… Algo con «R». —Clara solía presumir de acordarse de las iniciales de los nombres que olvidaba.

—Puede que sea Ramón… —Minerva intentó encontrar nombres con «R».

—La última vez que vi a Ana estaba viejísima. Muy muy arrugada —Clara movió la cabeza, condescendiente con la vejez sobrevenida de su amiga cínica.

—Pues en las fotos de ayer estaba muy bien —Minerva sabía que eso molestaría a su amiga.

—Se habrá operado. —Clara no dio más opción.

—Puede ser… Ya viene la tarta. ¡Qué buena pinta! No sé quién será el cocinero, pero aquí los postres caseros están buenísimos.

—¿Pero no has dicho que era una tal Catalina?

—Sí, claro: Catalina la Grande. Mira que te gusta inventar… Se nota que eres escritora. Por cierto, ¿cuándo vas a acabar la novela? —Minerva cambió de tema.

—El mes que viene —contestó Clara evasiva.

—Llevas un año diciéndome lo mismo —la regañó Minerva.

Clara miró extrañada a su amiga.

«La pobre está perdiendo la cabeza… En un año la habré acabado», pensó.

Devoraron el postre y pidieron la cuenta. Clara pagó con tarjeta.

—Cuando llegue a casa te hago un bizum por la mitad.

—Anda, anda. Si ya mismo es mi cumpleaños…

—¿Tu cumpleaños? ¿Pronto? ¿Pero no era en junio, el 25?

—Pues eso, de aquí a una semana. ¡Estás fatal! ¿No sabes ni en qué día vives? Necesitas rabillo de pasas…

—Hoy es 13 de abril.

—¡No puede ser! —Clara comprobó la fecha en el móvil—. Pues hace calor como de junio…

Se levantaron y salieron discutiendo del restaurante. El camarero dolicocéfalo les sujetaba la puerta.

—Hasta pronto —las despidió.

«¿Quién narices será esa cocinera Catalina de la que habla mi prima Minerva con tanto afán?», murmuró el buen hombre.

—¿Cómo se llama este sitio? Está bien. Y no es caro. Teníamos que haber pedido el teléfono para reservar otro día —sugirió Clara.

—Ahí está el cartel. Restaurante Los Faroles. Apúntalo.

—No hace falta; no se me olvida. Ya te digo que de memoria ando fina. Venga, te acompaño.

—¿No has traído el coche?

—No, he venido andando.

Como Humphrey Bogart y Claude Rains al final de Casablanca, Minerva y Clara echaron a andar con el presentimiento de que aquel momento era el inicio de una gran amistad.

«Me cae bien esta mujer. Es como si la conociera de toda la vida», pensó Minerva.

—Aquí me quedo —dijo al llegar a la puerta de su casa.

—Anda, pues vives muy cerca del restaurante.

—Sí, voy a menudo con Jaime.

—¿Quién es Jaime?

—¿Quién va a ser? Mi marido.

—Claro, perdona. Últimamente, y aunque no te lo creas, ando un poco despistada.

—Me lo creo, me lo creo… Bueno, esto…, Maite, nos vemos pronto. —Minerva la abrazó con fuerza y le plantó dos besos.

—Me llamo Clara —dijo ésta, impasible ante el abrazo.

—Claro, Clara. ¿Qué he dicho?

—Maite.

—Qué nombre tan feo…

—Horroroso. ¿Dónde está mi coche?

—¿No has venido andando?

—Nunca vengo andando…

Clara miró atrás y vio su Toyota rojo aparcado frente al restaurante.

—¡Dios, qué cabeza! Está allí. Te dejo, tú… como coño te llames.

—¡Ja,ja,ja! Te debo el regalo de tu cumpleaños. Perdona, que hoy se me ha olvidado. Nos vemos la semana que viene y te lo doy. Te va a encantar, ya verás…

Minerva entró en el portal, subió en el ascensor hasta su casa y se encontró a Jaime viendo la televisión.

—No te imaginas lo mal que está Alicia de la cabeza. No se acuerda de nada…

—¿No ibas con Clara?

—¿Clara?

Minerva se puso las gafas de cerca y miró muy seria su teléfono móvil.

—¿Y ahora a quién le hago yo el bizum?

Un ronquido de Jaime la devolvió a la realidad.

—¡Ah! A Maite, claro. Ya está. Pagado.

La ventana

Hoy, caminando por Jaén con el propósito de cumplir con mis pasos diarios, me he detenido un instante en la esquina de una bocacalle que une el Paseo de la Estación con una calle peatonal, muy comercial y conocida por todos, a contemplar una ventana de la entreplanta de un edificio donde trabajé muchos años, la ventana del despacho que yo ocupé como directora de una empresa de servicios; y, donde ahora, se ubica otra empresa con otras personas. Una ventana en una calle muy céntrica, en un edificio muy conocido.

Desde mi posición, mirando desde lejos, veo la figura de un hombre que observa la calle desde esa ventana y me pregunto cuántas veces alguien desde la calle, quizá desde esta misma esquina donde me encuentro yo ahora, me habrá contemplado a mí en la misma posición: de pie, en la ventana, con la frente apoyada en el cristal, mirando todo y sin ver nada, absorta en el infinito, en mis sueños de ejecutiva por obligación.

Me veo allí, el primer día que ocupé ese despacho, y el siguiente y el otro… Veo a mis compañeros de trabajo, los puedo escuchar de nuevo en mi cabeza, sus risas y sus quejas; y yo hablo, siento y pienso con la ilusión incólume, a salvo, sin menoscabo aún. 

Entonces creía que todo ese pequeño mundo que divisaba desde la ventana era bello, maravilloso, merecedor del esfuerzo, del sacrificio que me suponía estar allí. Vendiendo, sin escribir. Ocupando mis horas, muchas, sobre los incómodos tacones. Anhelando, sin saberlo, una vida más tranquila, más humana, menos mundana.

Ahora, cuando miro al hombre que permanece firme en la ventana, me parece no ser la misma persona, me cuesta trabajo identificarme e identificar esos sueños. Todo aquello por lo que me esforcé, todo lo que me emocionó una vez, ya no existe. Quizá nunca existió.

Siento que tengo recuerdos que no son míos, que son de otra mujer con mi mismo cabello rubio, con mis ojos, mi cara y mi mal genio. Siento incluso el frío cristal de la ventana en mi frente, a través del flequillo. Conozco el despacho, la oficina y el camino que conduce a ella, pero no soy yo. No me reconozco en esa mujer. Ya no.

Y, sin embargo, ella está en mí, forma parte de mi cuerpo, de mi pensamiento, de mis errores y aciertos. Ella es la responsable de que yo ahora, desde esta esquina, observe esa ventana y sienta que todo eso que ocurrió, todo aquello que viví, ya no existe. Aunque esté en mí, aunque sea yo, y aunque lo escriba. Desde aquí, mirando la ventana.

Darjeeling en la veranda

La vi de lejos. Caminaba lentamente con esa cadencia en las caderas tan propia de ella. Su cabello rojizo, que caía en elegantes rizos sobre sus hombros, sólo conseguía aumentar su belleza, su presencia, su prestancia.
Me miró desde la distancia y sus ojos verdes sonrieron a la par que sus labios. Sostuvo en su mano derecha un cesto de flores, margaritas blancas, símbolo de inocencia y pureza, y me saludó con la izquierda.
No era la primera vez que recogía margaritas en el prado, pero hoy el cesto lucía como nunca.
Siguió caminando en dirección a la casa. Yo, sentado en la veranda, bebía con deleite una taza de té Darjeeling.
Gracias a Dios que ella, mi dulce Amanda, me había perdonado. Atrás había quedado la desagradable historia de aquella chica ordinaria… No significó nada, sólo sexo. Así se lo había dicho a Amanda esa misma mañana: «sólo sexo».
Ella no me había dicho ni una palabra, pero a la vista estaba que lo había entendido. Cuando se ama, se entiende. Es lo que yo siempre digo. Había salido por la puerta con el cesto colgado del brazo. Me miró al irse y una sonrisa de Gioconda se dibujó en su rostro, lo que me llevó a compararme con el gran Leonardo. Él la pintó, sí, pero es mi amor el que la dibuja aun sin lienzo, sin tabla en este caso.

Se marchó; llevaba su sombrero de apicultora para recoger la miel que habían de catar mis labios.

Ahora la veo volver enamorada como el primer día. Más aún, si cabe.
Cada paso que daba la aproximaba a mí y sentí que el amor la desbordaba. ¡Qué Amanda ésta!… Pero, después de todo, yo era el hombre que amaba.

Amanda, la única. O casi.

Ya llegaba junto a mí. Se detuvo y sacó una margarita del cesto, yo me apoyé en la baranda de la veranda y extendí el brazo para coger la flor que me ofrecía. Y la olí.
Ella siguió hurgando en el cesto, algunas margaritas cayeron al suelo. Sonrió de nuevo y me ofreció otra flor.
—¿Otra? —pregunté.
—Ésta es la tuya —me dijo—. Huélela.

La acerqué a mi rostro para saborear su aroma. Me lo esperaba sutil y fresco. Herbáceo. Dulce. Pero percibí algo distinto, extravagante, fuerte… Una abeja salió de repente y se introdujo en mi sorprendida boca abierta. Me picó antes de que me la tragara.
Tras ese último bocado, mi epiglotis se cerró y sentí que me ahogaba. No podía respirar. Siempre he sido alérgico a las abejas; y Amanda lo sabía.

Un momento… ¡Lo sabía!

La miré con desesperación y ella volvió a sonreír.
—¡Te picó! Pero no te preocupes, es sólo sexo —dijo.
Mis ojos se abrieron como platos mientras mis pulmones sufrían.
—No te mato, pero te doy veneno para que te mueras —me confesó radiante.
Me vio caer, con el rostro de una bella coloración en morados y verdes, sobre la taza de Darjeeling.

Recolocó las margaritas en el cesto, se atusó un rizo de su maraviloso pelo y se marchó.
Hoy, días después, descanso, por decirlo de alguna manera, en un indigno e innoble nicho del camposanto del pueblo.
La que fue sólo sexo vino a verme. Escupió en la lápida. Siempre fue una grosera.
Amanda viene cada viernes, limpia el mármol, tira las flores secas, suelta una abeja, sonríe y del cesto de margaritas escoge el ramo que adorna mi jarrón.
Éstas huelen bien. Su aroma es puro, a hierba y a vida. Pero el mío no. El mío es hediondo. Ni yo mismo me aguanto.

Se marcha al panal, con sus abejas… Lo que yo daría por recuperar esa última taza de Darjeeling en la veranda. Mi dulce Amanda.

Un día de suerte

El frenazo sonó discordante, cabreado, inarmónico. Como yo.

La verdad es que nunca he sabido controlar mi mal genio. He saltado y bufado como una cafetera italiana en cuanto las cosas se han torcido, pero esto último ya erainsoportable.

Me miré en el retrovisor. Estaba guapa. Como siempre.

Entre mis múltiples y variadas cualidades está la de tener un cabello rubio cobrizo que cae en ondas sobre mi rostro acariciando levemente mis bellos labios. En fin, has acertado: tengo un concepto muy elevado de mí misma.

Mi madre solía decir que para que los demás te vieran espectacular bastaba con moverse con seguridad y creerse más guapa que nadie.

Así que, ¿qué importa cómo sea? Yo me veo estupenda, me siento estupenda, me oigo estupenda…

Cogí el bolso del asiento del copiloto y me bajé del coche dando un portazo. Lo miré. Estaba mal aparcado, pero no me importaba en esos momentos. No tenía tiempo para andar con minucias.

Aunque, en realidad —soy impulsiva pero no idiota—, algo me preocupé; no me convenía una multa en ese lugar a esa hora. No quería pruebas. 

Pero no me detuve. Seguí adelante. Iba a acabar con aquello de una vez. Esa cabrona de crítica no volvería a hablar mal de ninguno de mis libros en su repugnante podcast de tres al cuarto.

Abrí el bolso y saqué la careta de Donald Trump que acababa de comprar en un chino de lujo. Me la puse.

Con paso decidido, segura y sin soltar mi bolso, avancé hasta la esquina de la calle y entré en el bar. Nunca había estado allí, pero era tal y como me lo imaginaba: cutre. Muy cutre. Como la cateta que tomaba un cortado con los labios pintados por fuera de sus bordes. Sobre la banqueta alta, la ínclita se rascaba disimuladamente el trasero, sin ningún éxito en su intento de que dicho comportamiento pasara desapercibido. 

La miré. Me miró. Un amago de bigote color café hacía juego con su propia pelusilla negra. 

No sé si me reconoció o creyó ver a Donald Trump con botines y bolso a juego. Se frotó los ojos —más le habría valido hacerlo con el hocico—, como creyéndose sumergida en un profundo sueño húmedo en el que una entrevista al presidente de los EEUU la catapultaba a una fama deseada y para nada merecida.

Ella sí que escribía mal. Pensaba mal. Hablaba mal.

Ante su sorpresa, y la del camarero que dormitaba sobre la barra, abrí el bolso, saqué la jeringuilla con una dosis alta de pentobarbital sódico y corrí hacia su cuello. 

La muy zorra me esquivó en el último instante, lo que provocó que la jeringa acabara clavada en el cuadro barato de un olivar que coronaba la pared tras su enorme cabeza.

Intentó zafarse de mí. Pidió ayuda llamando al camarero:

Manolo, Manolo… ¡Trump me quiere matar!

Comprobé que no me había confundido: era idiota. Siempre lo había sido y, si no acababa pronto con ella, iba a seguir siéndolo.

El tal Manolo abrió los ojos.

—¡Fuera de aquí, no quiero líos! —exclamó.

Se ve que no era una cliente de esas que se dejan el sueldo. Siempre lo sospeché.

Así que, cuando la bocera internauta corría hacia la puerta, la muy cobarde, me detuve en seco, extraje de mi bolso —ese pozo sin fondo— la cerbatana y, con un fuerte y elegante soplido, le lancé un dardo envenenado con curare.

Es bueno ir preparada.

Cayó en el acto. Yacía inmóvil, la muy furcia, con su bigote natural laureado por el artificial.

Ya no iba a criticar más mis bellísimas e inteligentes novelas. Ni mis relatos. Nada. Muda quedó.

Cierto es que sé aceptar con madurez los elogios, pero no me ocurre igual con las críticas. No se puede ser perfecta.

Con un paso largo pasé por encima de ella, sin pisarla. Tampoco era necesario ser cruel. No va conmigo lo de ensañarse.

Al doblar la esquina, me quité la careta y la guardé de nuevo en mi bolso. Ojalá no me hiciera falta nuevamente, pero nunca está una libre de peligros…

Llegué a mi deportivo rojo. Un agente uniformado se agachaba, esforzándose incómodo con su barriga, en una clara pretensión de comprobar la matrícula y multarme. 

Ya estaba a punto de sacar de nuevo la cerbatana cuando al mencionado agente le sonó un aviso en el móvil. Lo leyó y profirió unos juramentos. Su jefe lo acababa de despedir por WhatsApp. Como dijo don Sebastián a don Hilarión en La verbena de la Paloma: “Las ciencias adelantan que es una barbaridad”.

Me miró, rompió el papel en mil pedazos y los lanzó al aire en un claro comportamiento incívico a mi modo de ver. Me jacto de respetar las normas. Algunas normas.

Me subí al coche y arranqué.

Definitivamente, era mi día de suerte.

Y es que cuando los astros se alinean, se alinean.