Ideas claras

Ideas claras

Mi madre solía decirme que a los diez meses andaba y hablaba perfectamente. Como una señora, añadía. La verdad es que siempre tuve buenas piernas, fuertes y firmes, y una voluntad de hierro. Además, nunca fui tímida ni insegura.

Me contaba que, con menos de un año, me levantaba del sofá y me iba al dormitorio. Me ponía el pijama sola y me acostaba. Ella se asomaba y me llamaba:
—Maritere…
Y yo respondía:
—Tengo sueño.

Di poco trabajo. Y no solía ponerme mala.

Una de las cosas, entre tantas otras, que he de agradecer a mi madre es que me enseñó a ser libre. No me encorsetó en un papel determinado. No me dijo «las niñas han de ser así». No me vistió de rosa. Me desafiaba a elegir todo: juguetes, libros, ropa, adornos… Todo. No me imponía las muñecas. Sólo quise una en toda mi vida; se llamaba May. Aparte de ella, sólo libros y una pequeña lavadora a pilas a la que le ponía agua y jabón y lavaba un pequeño trapo, pero me cansé pronto del electrodoméstico.

Recuerdo un día, en mi primera casa, en Navas de Tolosa, en el dormitorio que compartía con mi hermana mayor. Debía tener tres años. Me veo a mí misma eligiendo ropa para vestirme. Era temprano, imagino que iría al colegio. Abrí el cajón de la ropa interior, saqué una selección de braguitas y las puse, abiertas, sobre un pupitre azul donde me encantaba sentarme y escribir todas las palabras que sabía. No sé, serían unas seis piezas, de distintos colores. Las observé, porque quería elegir las que me iba a poner. Me di la opción de escoger mirándolas tranquilamente, aunque mi decisión estaba tomada. Yo sabía cuáles serían: mis favoritas, las rojas.

Nada de rosas, ni flores, ni esas cosas cursis. Rojas, de canalé.

Siempre tuve las ideas claras. Siempre he sabido lo que quería, desde la ropa interior hasta el tipo de hombre con el que me casaría. Por eso, cuando con cinco años me preguntó mi tío con quién me iba a casar, le respondí: con un hombre muy bueno. Y lo hice.

Así que hoy, Día de la Madre, pienso en la mía y los ojos se me llenan de lágrimas. Entonces recuerdo aquellas braguitas rojas infantiles y mi firme determinación a ponérmelas y no me extraña que, después, mi vida haya sido tan «decidida», tan firme mi voluntad. Porque mi madre me educó en libertad, porque me enseñó a pensar, a elegir, y a ser responsable con mi elección. Desde aquellos años (finales de los sesenta), cuando las mujeres no éramos aún seres iguales a los hombres, yo ya me sentía igual, o superior, porque adoraba ser mujer, porque no tenía nada que temer. Me sentía fuerte, y ahora sé que se debía a que me sabía libre.

Más tarde, en el colegio, nadie me puso una mano encima; en mi vida laboral, me han conocido como «la tigresa». Me han encumbrado, me han respetado y me han envidiado.

Ahora, cuando una ha cumplido cierta edad, la sociedad que te ha rodeado siempre te tacha de la vida. Pretende ocultarte, hacerte desaparecer, y cede sus sonrisas y el «cognomen» a otras personas nuevas.

Pero yo tuve una madre que, aparte de buena como nadie, era única e irrepetible. Una mujer adelantada a su tiempo y al nuestro. Una mujer que supo enseñarme lo que era el mundo, pero, sobre todo, me enseñó mi valía. Por eso, ahora, cuando algunos me quieren borrar, me da una risa que me muero.

Y, aunque parezca una tontería, la prueba son esas braguitas rojas, esa capacidad de elección, yo sola, sin necesidad de soporte, sin opinión de nadie. Yo y mis circunstancias. Yo y mi ropa interior, yo y mi vestido con pajarita roja, yo y mis cuentos.

Y, aunque éramos muchos, yo y mi madre. O, en este caso, mi madre y yo.

Felicidades, mamá. Donde quiera que estés, gracias.

Primeras impresiones

Siempre he sido más intuitiva que observadora; al menos, nunca he recordado qué ropa llevaba aquella persona o el color de sus ojos, pero sí que sabía con exactitud si todo, absolutamente todo, lo que me había contado era pura mentira o, si por el contrario, se trataba de un alma noble y sencilla.

Y casi nunca, y digo «casi» para no parecer que tengo un concepto demasiado elevado de mí misma, me equivoco. Las primeras impresiones son, a mi modo de ver, fundamentales, aunque suene a paradoja, para un análisis riguroso.

La sonrisa impostada, la mirada huidiza, la repetición de frases hechas, aprendidas sin dificultad por su escasa profundidad, el desprecio en la voz y esa respuesta rápida, como de gatillo, de un «y yo más», siempre referido al verbo tener.

El caso es que, a medida que envejezco, observo con resignación, pero no sin cierta pena, que la mayoría de las personas tienden a empeorar tanto en el aspecto físico como en el ético.

Vamos a peor. Hace tiempo, tras una reunión de esas de antiguas alumnas del colegio, una amiga de la infancia, de las que son buenas personas de verdad, me dijo acerca del encuentro: «La verdad es que nada ha cambiado. La que era fea sigue fea; la que era guapa sigue guapa. Y la que era gilipollas sigue gilipollas. Si bien todas un poco más gordas».

La síntesis, tengo que admitirlo, no podía ser más acertada. Yo, incluso, seguía cayéndoles mal a aquellas a las que caía mal con doce años o con dieciséis. Los grupos seguían siendo los mismos y la deriva en las vidas había sido la esperada.

Hoy recuerdo aquellas palabras tan atinadas de mi amiga y pienso: «Es cierto; los malos, llamémoslos así, sólo cambian a peor».

Pareciera como si todo el sufrimiento o la decepción acumulada a lo largo de los años hubiera hecho mella en sus almas, mostrando ahora la cara, antaño oculta, que no es otra que una cara dura impresionante para insultar, para desear y exigir con todas sus fuerzas el fracaso ajeno.

Pero lo bueno, o quizá no tan bueno, es que mi intuición también ha mejorado, o se ha acentuado con la edad, cosa que pasa cuando a las brujas se nos suma la experiencia —ya se sabe que el diablo sabe más por viejo que por diablo—, y, por tanto, de aquellas dudosas primeras impresiones ahora hago un perfil completo, y a veces incluso un personaje de novela.

Ya no dudo, ya no me confundo, ya no necesito segundas opiniones ni terceras impresiones. Ya sé perfectamente quién me quiere engañar, quién me va a criticar cuando me dé la vuelta, quién me va a estorbar, a fastidiar, a ponerme la zancadilla… En definitiva, a jorobar.

Y como yo tampoco puedo ni quiero cambiar más de lo que lo he hecho, cuando me regalan el oído, me prometen lindezas o me desean lo mejor con esa voz hipócrita y mentirosa, echo una mirada sucinta y matadora y con intuición de bruja vieja pienso: «A mí me vas tú a engañar».

Y es que las primeras impresiones, si son malas, nunca fallan.

La pequeña muerte


En estos días de pasión, muerte y esperanza de resurrección, pienso en la deslealtad, la perfidia y el miedo que suscitan. En la felonía y la traición de Judas y el pánico que llevó a Pedro a negar hasta tres veces a quien admiraba y amaba. Porque el miedo, en los valientes, sólo supone tomar conciencia del peligro, pero en los cobardes, y es sabido que lo malo abunda, suprime la dignidad, la justicia, y hasta confunde la inteligencia. En palabras de Frank Herbert: “El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”.
No es raro encontrarse con situaciones pavorosas, unas veces ciertas, como las guerras, y otras figuradas, donde verdaderos sociópatas juegan a infundir miedo para forzarte a emprender o a abandonar una determinada faena mientras con presteza te aligeran los bolsillos, empujándote, aun en vida, a la aniquilación. Aprendamos a afrontar los miedos, a dejarlos pasar de largo, a poner la dignidad, la inteligencia y la justicia por encima de todo. Y, como sigue diciendo el autor de Dune, “cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”.
Y entonces sabremos distinguir el miedo de lo que, a menudo, sólo es asco.

Beber veneno

(Publicado en Jaén hoy, Grupo Joly el 21/1/2025)

El odio, esa aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea, mezcla de antipatía e iniquidad, es un sentimiento despreciable que existe desde que el mundo es mundo. Lo ves, te lo cuentan, lo sufres y, si eres ciertamente indigno, lo proyectas.

Pero la verdad, y como dice un proverbio chino, es que guardar odio en el corazón es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Porque odiar conlleva destrucción, más propia que ajena. El odiador vive obsesionado con dañar la dignidad, y hasta la vida, de otra persona, abominando de ella. Se odia por envidia, por celos, por ansias de dinero, de poder… Y, en el camino, ese mismo odio se gira y te mata.

Parafraseando a Borges, el olvido es la única venganza y el único perdón. Esto, tremendamente difícil de aceptar para la mayoría, se complica aún más cuando algunos cobardes intimidados, como los llamó George Bernard Shaw, con poder sobre determinados grupos sociales, lejos de olvidar y perdonar, despiertan un odio desmesurado, acérrimo, hacia una raza, unas ideas, una religión, una lengua, un modo de vida, una forma de gobierno, un país, un grupo de personas… levantando un muro, una trinchera que divide y maltrata a los que antes se entendían. Si no hablas como nosotros, no piensas como nosotros, no votas como nosotros o no rezas como nosotros, no eres como nosotros.

El peor, el más cobarde, es ese que aviva la llama, que despierta el mal en las almas de los vendidos, sin otro fin que su propio interés. Aunque para ello provoque mil males.

Ese odio está aquí, delante de nuestras narices, en nuestro mundo, nuestro país, nuestras ciudades, barrios e incluso dentro de nuestras familias, destruyendo todo lo que toca. Mientras, él se regodea y con sonrisa cínica se lo lleva para la saca.

https://www.jaenhoy.es/opinion/articulos/beber-veneno_0_2005686311.html