La comida

Clara aparcó en carga y descarga, se bajó del coche y miró la señal.

«Hay que joderse, hasta las seis no se puede aparcar».

Se montó de nuevo y arrancó dispuesta a buscar un parking cuando un Opel Corsa, con bastantes años y no menos suciedad, se incorporó a la calzada dejando un hueco a pocos metros del restaurante donde había quedado a comer con una amiga.

—¡Bien! —exclamó—. Por fin algo de suerte.

Aparcó, bajó la visera parasol y se miró en el espejo. Se retocó los labios con su barra favorita: la 204 de Mercadona. Se detuvo unos segundos a contemplar su cara. Evocó aquel tiempo en el que gastaba despiadada e inútilmente en cosméticos de marcas carísimas que, visto ahora en perspectiva, no le habían aportado nunca nada que no tuviera de serie, y que, sin embargo, le habían supuesto un despilfarro ético y estético. Se quitó las gafas y se acercó un poco más al espejo: se vio algo mayor. Forzó una sonrisa en un vano intento de mejorar su aspecto, y casi lo consigue si no llega a ser por el reflejo de la horrorosa visión de unas extrañas ¿arrugas? en el cuello.

—¿Y esto qué es? Estas arrugas deben de haberme salido hoy; ayer no las tenía.

Se recolocó el colgante de nácar con la intención de tapar la desagradable y sorpresiva falta de colágeno. No había manera.

De repente, en el mismo espejo, vio llegar a Minerva, su amiga. Con bastante genio Clara cerró la tapa del espejo, subió el parasol y se apeó del coche. Caminó rápido, como si todavía quedara algo de aquella mujer joven que corría a todas partes, hasta alcanzar a su amiga a la puerta del restaurante.

Dos besos.

—Vamos dentro, hace un calor espantoso. ¿O prefieres en la terraza?

—¡No! Estoy fatal con la alergia —contestó Minerva.

Clara se alegró secretamente de no sufrir esa patología. Empujó la puerta y entraron. El aire acondicionado estaba muy fuerte.

—Hace frío.

—Elige: ¿frío o calor? —Minerva la miró con paciencia.

—Frío.

Un camarero dolicocéfalo, con el cráneo alargado, y escasa cabellera despeinada las saludó amablemente:

—Tenéis reserva, ¿verdad?

—Sí, a nombre de Clara. Llamé esta mañana.

El camarero asintió recordando la llamada y una sonrisa poco clara dejó ver sarro en su dentadura. Con agilidad, las acompañó hasta la mesa y retiró la placa metálica con la palabra «RESERVADA». Tomaron asiento, utilizando una tercera silla para los bolsos.

—Minerva, mira, me ha salido una arruga.

—¿Una? No es una, son más.

—¿Cómo que más? He visto una, como mucho dos.

Minerva sonrió.

—Bueno, las que sean, pero ayer no las tenía. ¡Qué coraje!

—¿Y qué quieres? —contestó Minerva disfrutando del momento—. Es la edad. Tienes sesenta años. No vas a tener el cutis como el culo de un bebé nunca más en tu vida.

Clara miró a Minerva desafiante.

—No te preocupes, no es ninguna enfermedad. Son arrugas. Yo tengo más que tú —reconoció Minerva.

—Eso es cierto.

Minerva miró a su amiga y pensó: «No tiene arreglo».

—No pasa nada —le dijo— Lo importante es que estás bien de salud.

—Sí, estoy estupenda. Soy diabética, hipertensa, tengo colesterol, problemas de estómago, artrosis… Y la ansiedad, claro. Seis pastillas diarias más los paracetamoles. Y pronto el Alzheimer…

—¿Pero no dices siempre que tienes mucha memoria?

—¿Eso digo? —Los ojos de Clara se salían de las órbitas.

—No abras tanto los ojos, que te salen arrugas —Minerva estalló en carcajadas.

—¡Estamos apañadas!

—Claro que sí. Hay mucha gente que está peor que nosotras. Al menos la cabeza nos funciona.

—Sí. La verdad es que mi memoria es estupenda. Me acuerdo de los cumpleaños de todo el mundo, incluso los de mis compañeras del colegio de hace más de cincuenta años.

—¡Qué barbaridad! ¿Y las felicitas?

—¡Qué va! Me caen gordas.

El camarero se acercó con aire sospechoso.

—¿Sabéis ya lo que vais a tomar?

—A ver, Clara, dilo tú que eres la delicada.

Clara echó un vistazo a la carta:

—¿Una ensalada?

Minerva puso cara de asco.

—Ya estamos… Eso lo tomas todos los días en tu casa.

—Pide tú entonces.

—A mí me gusta todo.

Clara se preguntó por qué siempre tenían que compartir los platos si no se ponían de acuerdo en nada. Intentó recordar qué habían tomado la última vez.

—¿Berenjenas?

—Me las han prohibido.

—Pero ¿qué tienes?

—Intestino irritable.

—¿Colon?

—No, todo el intestino.

—¡Vaya por Dios! Pues entonces un caldito y un filete a la plancha.

El camarero, que respondía al castizo nombre de Paco, carraspeó y pasó su mirada de una a otra en un intento de evidenciar su impaciencia.

«A ver si dejan de marear la perdiz y piden ya las alcachofas y el solomillo como todas las semanas», pensó.

—El solomillo al jerez está bueno —dejó caer Minerva.

—¿Y algo de verdura? ¿Te gustan las alcachofas? —preguntó Clara.

—Sí, a mí sí.

—Pues ya está. —Clara miró al camarero como si lo viera por primera vez—. Tomaremos las alcachofas y el solomillo.

—Una magnífica elección. ¿Y de beber?

—Yo, agua mineral fría —contestó Clara.

—Y yo, una cerveza. También muy fría —apuntó Minerva.

El camarero se alejó de la mesa.

—¿Cómo preparan aquí las alcachofas? —preguntó Clara a su amiga.

—Ni idea, nunca las he probado aquí. Oye, ¿has visto las fotos de Paula en el Facebook?

—¿Qué Paula?

—¿Qué Paula va a ser? Nuestra amiga Paula, la psicoterapeuta.

—Se llama Lola.

—Eso, Lola. ¿Las has visto?

—La tengo bloqueada; es una cínica.

Minerva pensó que, para Clara, cualquier persona que no fuera ella misma era una cínica. O algo peor.

—Pues, cínica o no, sale en las fotos con su marido. ¿No se habían separado?

—Ni idea. Se habrán juntado. ¿Cómo se llamaba el marido? —se interesó Clara.

—Creo que Miguel Ángel… Era forense, ¿no?

—¿Forense? ¿No trabajaba en la Caixa? —Clara se miró el cuello en la cámara del móvil.

—No creo, no me suena eso de la Caixa. —Minerva se mostró verdaderamente extrañada—. Ya me acuerdo; se llama Roberto.

—Antonio.

—Eso, Antonio. Lo tenía en la punta de la lengua.

Paco volvió con las bebidas y un aperitivo.

—Come —ordenó Minerva.

—¿Qué es esto? ¿Garbanzos?

— Sí, muy buenos.

—Yo no como garbanzos en los bares. Soy alérgica.

—Tú lo que eres es tonta. —Minerva cogió los dos cuencos.

—Bueno, pero no como cocido fuera de casa. Y menos de tapa. ¡Qué asco tan grande! —dijo Clara.

—Un año de hambre te daba yo. Lo que te decía, Paula y Miguel Ángel están en El Rocío.

—Se llama Ana y es una cínica.

—¿Ana también?

—¿También qué?

—Pues eso, que están muy buenos los garbanzos. Ya viene el camarero. Vamos a pedir —se animó Minerva.

Las dos amigas empezaron a mirar la carta. Clara, sonriendo, miró al camarero, que amablemente dejó en la mesa unas alcachofas confitadas y un solomillo al jerez con patatas fritas que tenía una pinta buenísima.

—¡Que aproveche! —dijo Paco retirándose.

—¿Habíamos pedido? —se asombró Clara.

—¡Qué va! —Minerva negaba con la cabeza—. Será el plato del día.

Clara pinchó una alcachofa.

—Está muy buena.

—A ver… Sí que lo está. ¿Y el solomillo?

—Está de muerte. Pásame el pan —pidió Clara—. ¿Y dices que Ana se ha divorciado del forense?

—Eso parece. No lo he visto en ninguna foto. Una lástima. —Minerva se secó una lágrima.

—¿Qué te pasa?

—Ea, que soy muy sentimental. Me da mucha pena de que se haya divorciado Lola.

—Se llama Paula. ¡Madre mía, Minerva! Estás fatal con los nombres…

—Pues anda que tú…

—¿Yo? Pero si hasta me acuerdo de su cumpleaños…

—¿Y la felicitas?

—¡Qué va! Es una cínica. Come, que se enfría —ordenó Clara—. Por cierto, ¿de qué nos conoce el camarero para tutearnos?

—Hija, Clara, hemos venido varias veces.

—No es que me importe, pero no me esperaba esa confianza. Me he puesto morada de comer.

—No comes nada. Cuatro alcachofas y dos trozos de solomillo. Yo sí que he comido.

—Me duele el estómago. Pero ahora pido postre. ¡Camarero! —llamó Clara—. Parece que no me oye.

—Déjame a mí. —Minerva tomó las riendas del asunto—. ¡Manolo!

El camarero acudió a la llamada:

—¿Qué? ¿Estaba bueno?

—Buenísimo todo —aseguró Minerva—. Catalina es una cocinera sin par. Felicítala de nuestra parte.

Clara se maravilló de que su amiga siempre conociera a los cocineros de cada restaurante, así como el nombre de los camareros. Esas simplezas no le interesaban a ella nada de nada.

—¿Tomaréis postre? —preguntó el mesonero.

Clara asumió el tuteo.

—Yo, algo de chocolate negro —pidió.

—Yo, un cortado descafeinado —dijo Minerva.

—Ponnos dos cucharillas, que no engorde yo sola.

Paco sonrió dejando ver que le faltaba un canino inferior y se alejó llevándose con él los platos de la comida.

—¿Entonces qué decías de unas fotos? Oye, ¿se me ve mucho la arruga? —Clara volvió a mirarse en el móvil.

—Deja ya las arrugas. Te decía que he visto unas fotos de nuestra amiga como se llame en mitad de un río con uno que supongo que será su marido —Minerva retomó el tema.

—Igual es otro.

—No sé, se parece a Miguel Ángel. —Minerva era defensora del vínculo matrimonial.

—Si estaba con Miguel Ángel, es que se ha separado, porque el marido era Roberto; o Rafael… Algo con «R». —Clara solía presumir de acordarse de las iniciales de los nombres que olvidaba.

—Puede que sea Ramón… —Minerva intentó encontrar nombres con «R».

—La última vez que vi a Ana estaba viejísima. Muy muy arrugada —Clara movió la cabeza, condescendiente con la vejez sobrevenida de su amiga cínica.

—Pues en las fotos de ayer estaba muy bien —Minerva sabía que eso molestaría a su amiga.

—Se habrá operado. —Clara no dio más opción.

—Puede ser… Ya viene la tarta. ¡Qué buena pinta! No sé quién será el cocinero, pero aquí los postres caseros están buenísimos.

—¿Pero no has dicho que era una tal Catalina?

—Sí, claro: Catalina la Grande. Mira que te gusta inventar… Se nota que eres escritora. Por cierto, ¿cuándo vas a acabar la novela? —Minerva cambió de tema.

—El mes que viene —contestó Clara evasiva.

—Llevas un año diciéndome lo mismo —la regañó Minerva.

Clara miró extrañada a su amiga.

«La pobre está perdiendo la cabeza… En un año la habré acabado», pensó.

Devoraron el postre y pidieron la cuenta. Clara pagó con tarjeta.

—Cuando llegue a casa te hago un bizum por la mitad.

—Anda, anda. Si ya mismo es mi cumpleaños…

—¿Tu cumpleaños? ¿Pronto? ¿Pero no era en junio, el 25?

—Pues eso, de aquí a una semana. ¡Estás fatal! ¿No sabes ni en qué día vives? Necesitas rabillo de pasas…

—Hoy es 13 de abril.

—¡No puede ser! —Clara comprobó la fecha en el móvil—. Pues hace calor como de junio…

Se levantaron y salieron discutiendo del restaurante. El camarero dolicocéfalo les sujetaba la puerta.

—Hasta pronto —las despidió.

«¿Quién narices será esa cocinera Catalina de la que habla mi prima Minerva con tanto afán?», murmuró el buen hombre.

—¿Cómo se llama este sitio? Está bien. Y no es caro. Teníamos que haber pedido el teléfono para reservar otro día —sugirió Clara.

—Ahí está el cartel. Restaurante Los Faroles. Apúntalo.

—No hace falta; no se me olvida. Ya te digo que de memoria ando fina. Venga, te acompaño.

—¿No has traído el coche?

—No, he venido andando.

Como Humphrey Bogart y Claude Rains al final de Casablanca, Minerva y Clara echaron a andar con el presentimiento de que aquel momento era el inicio de una gran amistad.

«Me cae bien esta mujer. Es como si la conociera de toda la vida», pensó Minerva.

—Aquí me quedo —dijo al llegar a la puerta de su casa.

—Anda, pues vives muy cerca del restaurante.

—Sí, voy a menudo con Jaime.

—¿Quién es Jaime?

—¿Quién va a ser? Mi marido.

—Claro, perdona. Últimamente, y aunque no te lo creas, ando un poco despistada.

—Me lo creo, me lo creo… Bueno, esto…, Maite, nos vemos pronto. —Minerva la abrazó con fuerza y le plantó dos besos.

—Me llamo Clara —dijo ésta, impasible ante el abrazo.

—Claro, Clara. ¿Qué he dicho?

—Maite.

—Qué nombre tan feo…

—Horroroso. ¿Dónde está mi coche?

—¿No has venido andando?

—Nunca vengo andando…

Clara miró atrás y vio su Toyota rojo aparcado frente al restaurante.

—¡Dios, qué cabeza! Está allí. Te dejo, tú… como coño te llames.

—¡Ja,ja,ja! Te debo el regalo de tu cumpleaños. Perdona, que hoy se me ha olvidado. Nos vemos la semana que viene y te lo doy. Te va a encantar, ya verás…

Minerva entró en el portal, subió en el ascensor hasta su casa y se encontró a Jaime viendo la televisión.

—No te imaginas lo mal que está Alicia de la cabeza. No se acuerda de nada…

—¿No ibas con Clara?

—¿Clara?

Minerva se puso las gafas de cerca y miró muy seria su teléfono móvil.

—¿Y ahora a quién le hago yo el bizum?

Un ronquido de Jaime la devolvió a la realidad.

—¡Ah! A Maite, claro. Ya está. Pagado.

Ideas claras

Ideas claras

Mi madre solía decirme que a los diez meses andaba y hablaba perfectamente. Como una señora, añadía. La verdad es que siempre tuve buenas piernas, fuertes y firmes, y una voluntad de hierro. Además, nunca fui tímida ni insegura.

Me contaba que, con menos de un año, me levantaba del sofá y me iba al dormitorio. Me ponía el pijama sola y me acostaba. Ella se asomaba y me llamaba:
—Maritere…
Y yo respondía:
—Tengo sueño.

Di poco trabajo. Y no solía ponerme mala.

Una de las cosas, entre tantas otras, que he de agradecer a mi madre es que me enseñó a ser libre. No me encorsetó en un papel determinado. No me dijo «las niñas han de ser así». No me vistió de rosa. Me desafiaba a elegir todo: juguetes, libros, ropa, adornos… Todo. No me imponía las muñecas. Sólo quise una en toda mi vida; se llamaba May. Aparte de ella, sólo libros y una pequeña lavadora a pilas a la que le ponía agua y jabón y lavaba un pequeño trapo, pero me cansé pronto del electrodoméstico.

Recuerdo un día, en mi primera casa, en Navas de Tolosa, en el dormitorio que compartía con mi hermana mayor. Debía tener tres años. Me veo a mí misma eligiendo ropa para vestirme. Era temprano, imagino que iría al colegio. Abrí el cajón de la ropa interior, saqué una selección de braguitas y las puse, abiertas, sobre un pupitre azul donde me encantaba sentarme y escribir todas las palabras que sabía. No sé, serían unas seis piezas, de distintos colores. Las observé, porque quería elegir las que me iba a poner. Me di la opción de escoger mirándolas tranquilamente, aunque mi decisión estaba tomada. Yo sabía cuáles serían: mis favoritas, las rojas.

Nada de rosas, ni flores, ni esas cosas cursis. Rojas, de canalé.

Siempre tuve las ideas claras. Siempre he sabido lo que quería, desde la ropa interior hasta el tipo de hombre con el que me casaría. Por eso, cuando con cinco años me preguntó mi tío con quién me iba a casar, le respondí: con un hombre muy bueno. Y lo hice.

Así que hoy, Día de la Madre, pienso en la mía y los ojos se me llenan de lágrimas. Entonces recuerdo aquellas braguitas rojas infantiles y mi firme determinación a ponérmelas y no me extraña que, después, mi vida haya sido tan «decidida», tan firme mi voluntad. Porque mi madre me educó en libertad, porque me enseñó a pensar, a elegir, y a ser responsable con mi elección. Desde aquellos años (finales de los sesenta), cuando las mujeres no éramos aún seres iguales a los hombres, yo ya me sentía igual, o superior, porque adoraba ser mujer, porque no tenía nada que temer. Me sentía fuerte, y ahora sé que se debía a que me sabía libre.

Más tarde, en el colegio, nadie me puso una mano encima; en mi vida laboral, me han conocido como «la tigresa». Me han encumbrado, me han respetado y me han envidiado.

Ahora, cuando una ha cumplido cierta edad, la sociedad que te ha rodeado siempre te tacha de la vida. Pretende ocultarte, hacerte desaparecer, y cede sus sonrisas y el «cognomen» a otras personas nuevas.

Pero yo tuve una madre que, aparte de buena como nadie, era única e irrepetible. Una mujer adelantada a su tiempo y al nuestro. Una mujer que supo enseñarme lo que era el mundo, pero, sobre todo, me enseñó mi valía. Por eso, ahora, cuando algunos me quieren borrar, me da una risa que me muero.

Y, aunque parezca una tontería, la prueba son esas braguitas rojas, esa capacidad de elección, yo sola, sin necesidad de soporte, sin opinión de nadie. Yo y mis circunstancias. Yo y mi ropa interior, yo y mi vestido con pajarita roja, yo y mis cuentos.

Y, aunque éramos muchos, yo y mi madre. O, en este caso, mi madre y yo.

Felicidades, mamá. Donde quiera que estés, gracias.

Primeras impresiones

Siempre he sido más intuitiva que observadora; al menos, nunca he recordado qué ropa llevaba aquella persona o el color de sus ojos, pero sí que sabía con exactitud si todo, absolutamente todo, lo que me había contado era pura mentira o, si por el contrario, se trataba de un alma noble y sencilla.

Y casi nunca, y digo «casi» para no parecer que tengo un concepto demasiado elevado de mí misma, me equivoco. Las primeras impresiones son, a mi modo de ver, fundamentales, aunque suene a paradoja, para un análisis riguroso.

La sonrisa impostada, la mirada huidiza, la repetición de frases hechas, aprendidas sin dificultad por su escasa profundidad, el desprecio en la voz y esa respuesta rápida, como de gatillo, de un «y yo más», siempre referido al verbo tener.

El caso es que, a medida que envejezco, observo con resignación, pero no sin cierta pena, que la mayoría de las personas tienden a empeorar tanto en el aspecto físico como en el ético.

Vamos a peor. Hace tiempo, tras una reunión de esas de antiguas alumnas del colegio, una amiga de la infancia, de las que son buenas personas de verdad, me dijo acerca del encuentro: «La verdad es que nada ha cambiado. La que era fea sigue fea; la que era guapa sigue guapa. Y la que era gilipollas sigue gilipollas. Si bien todas un poco más gordas».

La síntesis, tengo que admitirlo, no podía ser más acertada. Yo, incluso, seguía cayéndoles mal a aquellas a las que caía mal con doce años o con dieciséis. Los grupos seguían siendo los mismos y la deriva en las vidas había sido la esperada.

Hoy recuerdo aquellas palabras tan atinadas de mi amiga y pienso: «Es cierto; los malos, llamémoslos así, sólo cambian a peor».

Pareciera como si todo el sufrimiento o la decepción acumulada a lo largo de los años hubiera hecho mella en sus almas, mostrando ahora la cara, antaño oculta, que no es otra que una cara dura impresionante para insultar, para desear y exigir con todas sus fuerzas el fracaso ajeno.

Pero lo bueno, o quizá no tan bueno, es que mi intuición también ha mejorado, o se ha acentuado con la edad, cosa que pasa cuando a las brujas se nos suma la experiencia —ya se sabe que el diablo sabe más por viejo que por diablo—, y, por tanto, de aquellas dudosas primeras impresiones ahora hago un perfil completo, y a veces incluso un personaje de novela.

Ya no dudo, ya no me confundo, ya no necesito segundas opiniones ni terceras impresiones. Ya sé perfectamente quién me quiere engañar, quién me va a criticar cuando me dé la vuelta, quién me va a estorbar, a fastidiar, a ponerme la zancadilla… En definitiva, a jorobar.

Y como yo tampoco puedo ni quiero cambiar más de lo que lo he hecho, cuando me regalan el oído, me prometen lindezas o me desean lo mejor con esa voz hipócrita y mentirosa, echo una mirada sucinta y matadora y con intuición de bruja vieja pienso: «A mí me vas tú a engañar».

Y es que las primeras impresiones, si son malas, nunca fallan.

La pequeña muerte


En estos días de pasión, muerte y esperanza de resurrección, pienso en la deslealtad, la perfidia y el miedo que suscitan. En la felonía y la traición de Judas y el pánico que llevó a Pedro a negar hasta tres veces a quien admiraba y amaba. Porque el miedo, en los valientes, sólo supone tomar conciencia del peligro, pero en los cobardes, y es sabido que lo malo abunda, suprime la dignidad, la justicia, y hasta confunde la inteligencia. En palabras de Frank Herbert: “El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”.
No es raro encontrarse con situaciones pavorosas, unas veces ciertas, como las guerras, y otras figuradas, donde verdaderos sociópatas juegan a infundir miedo para forzarte a emprender o a abandonar una determinada faena mientras con presteza te aligeran los bolsillos, empujándote, aun en vida, a la aniquilación. Aprendamos a afrontar los miedos, a dejarlos pasar de largo, a poner la dignidad, la inteligencia y la justicia por encima de todo. Y, como sigue diciendo el autor de Dune, “cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”.
Y entonces sabremos distinguir el miedo de lo que, a menudo, sólo es asco.