En estos días de pasión, muerte y esperanza de resurrección, pienso en la deslealtad, la perfidia y el miedo que suscitan. En la felonía y la traición de Judas y el pánico que llevó a Pedro a negar hasta tres veces a quien admiraba y amaba. Porque el miedo, en los valientes, sólo supone tomar conciencia del peligro, pero en los cobardes, y es sabido que lo malo abunda, suprime la dignidad, la justicia, y hasta confunde la inteligencia. En palabras de Frank Herbert: “El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”.
No es raro encontrarse con situaciones pavorosas, unas veces ciertas, como las guerras, y otras figuradas, donde verdaderos sociópatas juegan a infundir miedo para forzarte a emprender o a abandonar una determinada faena mientras con presteza te aligeran los bolsillos, empujándote, aun en vida, a la aniquilación. Aprendamos a afrontar los miedos, a dejarlos pasar de largo, a poner la dignidad, la inteligencia y la justicia por encima de todo. Y, como sigue diciendo el autor de Dune, “cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”.
Y entonces sabremos distinguir el miedo de lo que, a menudo, sólo es asco.
Una piedra en el riñón
No podía soportarlo. Sentada en la silla de la sala de espera, miraba con los ojos desencajados la orla del doctor S. Me dio coraje. Últimamente, los últimos diez años, todo el mundo parecía ser más joven que yo; al menos todos los que parecían pintar algo.
Bebí agua, una buena decisión tratándose de la consulta de un urólogo, y me entretuve en mirar, casi con descaro, a las personas que, en silencio y aburridas, esperaban su turno. Me llamó la atención la pareja de mi derecha, marido y mujer, que no se hablaban ni se miraban, si bien, y casi con seguridad, más jóvenes que yo, no lo parecían y además presentaban un marcado sobrepeso, lo que siempre afea. Más aún.
Al frente, un señor con aspecto de fraile que, contrario a la tendencia, sí que era, y parecía, más viejo.
Había otras personas en la sala —no quedaba ni una silla libre—, aunque ninguna demasiado interesante a mi modo de ver.
Resoplé. Entre la calefacción y el exceso de humanos, comencé a agobiarme. Sobre la mesa de centro divisé algunas revistas tipo «Hola» de años atrás. Me abalancé sobre una de ellas, la abrí, le arranqué unas páginas, las doblé y comencé a abanicarme.
Respiré aliviada.
¡Puta piedra en el riñón! ¿Estas consultas no iban a acabar nunca? Llegaba, el doctor me hacía una ecografía y decía: ahí está la piedra. Ahora mismo no molesta, pero puede moverse… Vuelve en 6 meses y vemos.
Horroroso.
De repente, la mujer con sobrepeso a mi derecha dio un grito aterrador, se levantó y, con el bolso fuertemente agarrado con ambas manos, miró al frente con los ojos desencajados, las cejas elevadas —como buscando el cielo— y un espasmo en los músculos de la cara que le daban un aspecto extraño: una sonrisa sardónica, forzada y sin gracia, como la del Joker. Convulsionó, dobló las rodillas y cayó al suelo.
Pude escuchar el chasquido de sus meniscos. Pensé que le dolería mucho, pero no. No le dolió. Estaba muerta. Y aun así seguía sonriendo, como si alguien le estirara la cara desde atrás. El aspecto era terrorífico.
El marido la llamó por su nombre varias veces, gritando primero y llorando después:
—¡Adelina, Adelina!
Ya sabemos el nombre, pensé.
La palabra vino a mi mente y de ahí a mis labios y, carente de la más mínima prudencia, dije:
—Estricnina.
La enfermera, cuyo nombre desconocía entonces, acudió a la sala y, lejos de solucionar algo, se desmayó. No estaba muy curtida en el oficio la pobre.
Me levanté, atravesé el pasillo y abrí la puerta de la consulta del urólogo.
—¿Qué ocurre? —dijo el doctor—. Espere su turno; estoy atendiendo a otro paciente.
El paciente, un señor con el rostro cetrino, se incorporó en la camilla y me miró con deseo.
—Hay una mujer muerta en su sala de espera. Envenenada —expuse.
—¿Envenenada? ¿Qué dice? ¡Enfermera! —llamó.
—Se ha desmayado —aclaré.
El médico salió corriendo hacia la sala. Yo lo seguí. Me daba risa pensar en la cara que iba a poner al ver el espectáculo.
—Sonrisa sardónica —murmuró el doctor.
—Ya se lo dije.
—¿Qué ha tomado?
El marido empezó a tartamudear, se agarró la cabeza con ambas manos y gritó:
—¡Adelina!
—Llame a la policía —me pidió el doctor.
Algunos pacientes, no demasiado cívicos y en absoluto solidarios, quisieron marcharse, pero yo les impedí el paso mientras marcaba el 112 para que enviaran a la policía.
El doctor daba a oler a la enfermera unas sales de amoniaco o qué sé yo, pidiéndole que se despertara. Ella, obediente, se recuperó de inmediato y se puso en pie estirándose la falda. Así todos pudimos dejar de ver sus bragas de un soso y desagradable color azul claro desvaído.
—Menchu, ¿estás bien? —preguntó el médico.
No me gustó el nombre, pero al menos ya lo sabía.
—Sí, doctor —dijo Menchu— ¿Qué le ha ocurrido a la señora Adelina?
—Ha muerto.
—¿Muerto? ¿Pero por qué se ríe?
El doctor me miró y asintió:
—La señora Brown tiene razón: me temo que la han envenenado con estricnina. ¿Ha bebido algo?
—Agua del dispensador de la consulta —contestó la enfermera Menchu.
—¿Y ha comido? —insistió curioso el doctor.
La enfermera se encogió de hombros.
—Ni idea —aclaró.
Yo me agaché junto a la muerta, me puse de rodillas y la observé de cerca. Bajo su prominente abdomen asomaba un trocito de papel.
—¿Puedo? —Hice amago de tocar a la difunta.
—No sé —dijo el doctor.
—Puedo —dije.
Con cuidado, empujé la barriga de la tal Adelina hasta ver enteramente lo que habría de ser la prueba definitiva.
—¡Ajá! —exclamé airosa.
—¿Ajá? —preguntó extrañado el doctor.
Empujé de nuevo el abdomen de la fallecida Adelina y le mostré la prueba.
—El papel de una magdalena.
El médico hizo amago de cogerlo.
—¡Cuidado! Contiene estricnina —le advertí.
El doctor S., asustado, retiró la mano con premura.
Miré fijamente al marido con sobrepeso, que curiosamente había dejado de llorar. Él, ágilmente, se puso en pie y corrió hacia la puerta.
El señor con aspecto de fraile, que hasta entonces había permanecido mudo, estiró el pie practicándole una suerte de zancadilla al susodicho marido grueso que, torpemente, cayó de bruces al suelo golpeándose la cabeza. No se movió. De inmediato, la sangre manchó el suelo de mármol beige.
El doctor, que, quieras o no, había hecho su juramento hipocrático, fue a auxiliarlo. Comprobó sus constantes vitales.
—Está muerto —sentenció.
Sonó el timbre. Abrí. Era la policía.
—Pasen. Aquí tienen: esta mujer ha sido asesinada por su marido. Los dos están muertos.
Tras las explicaciones y alguna llamada telefónica, llegaron el forense y el juez de guardia para levantar los cadáveres. La funeraria hizo su aparición.
No hubo consulta. Me llamarían para darme otra cita, lo que me suponía una molestia.
La policía me tomó declaración y, finalmente, pude marcharme, no sin antes advertir al funerario de que necesitarían dos cajas de ancho especial. El profesional me miró con esa admiración que siente el entendido al encontrarse con alguien muy por encima de su nivel.
Salí a la calle. Llovía. Me sentí bien, aunque hambrienta. Había acudido a la consulta en ayunas para hacerme la ecografía y me había tenido que marchar sin cosechar éxito alguno. Respiré hondo. Abrí mi bolso; siempre suelo llevar alguna galleta, un bizcochito o cualquier otra chuchería… Escarbando, encontré una bolsa, la abrí: una magdalena.
Me daba algo de mal rollo, pero el estómago sonó como los estertores de la muerte.
La saqué de la bolsa y le di un bocado. Sonreí. Estaba exquisita.
Me acordé de Adelina y su sonrisa terrorífica y, por un momento, la mía se borró de mi cara. Seguí andando, di otro bocado y, ya tranquila, pasé revista a la tarde: no podía olvidar la cara del doctor, de la enfermera Menchu, del fraile que no lo era y del marido con sobrepeso pillado in fraganti con el veneno en el bolsillo de la chaqueta. ¡Qué torpe!
Ya veía yo que no se miraban… Y es que no se podían ni ver.
Estaba claro.
Orgullosa de mis aptitudes detectivescas, seguía mi camino cuando, de repente, un dolor punzante, agudo y muy desagradable en el costado derecho me hizo doblarme sobre mí misma, dejándome sin aliento. En un receso, acordándome de Adelina, observé mi reflejo en un escaparate: no sonreía, al menos de momento.
—¡Dios mío —imploré—, que sea el riñón!
Beber veneno
(Publicado en Jaén hoy, Grupo Joly el 21/1/2025)
El odio, esa aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea, mezcla de antipatía e iniquidad, es un sentimiento despreciable que existe desde que el mundo es mundo. Lo ves, te lo cuentan, lo sufres y, si eres ciertamente indigno, lo proyectas.
Pero la verdad, y como dice un proverbio chino, es que guardar odio en el corazón es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Porque odiar conlleva destrucción, más propia que ajena. El odiador vive obsesionado con dañar la dignidad, y hasta la vida, de otra persona, abominando de ella. Se odia por envidia, por celos, por ansias de dinero, de poder… Y, en el camino, ese mismo odio se gira y te mata.
Parafraseando a Borges, el olvido es la única venganza y el único perdón. Esto, tremendamente difícil de aceptar para la mayoría, se complica aún más cuando algunos cobardes intimidados, como los llamó George Bernard Shaw, con poder sobre determinados grupos sociales, lejos de olvidar y perdonar, despiertan un odio desmesurado, acérrimo, hacia una raza, unas ideas, una religión, una lengua, un modo de vida, una forma de gobierno, un país, un grupo de personas… levantando un muro, una trinchera que divide y maltrata a los que antes se entendían. Si no hablas como nosotros, no piensas como nosotros, no votas como nosotros o no rezas como nosotros, no eres como nosotros.
El peor, el más cobarde, es ese que aviva la llama, que despierta el mal en las almas de los vendidos, sin otro fin que su propio interés. Aunque para ello provoque mil males.
Ese odio está aquí, delante de nuestras narices, en nuestro mundo, nuestro país, nuestras ciudades, barrios e incluso dentro de nuestras familias, destruyendo todo lo que toca. Mientras, él se regodea y con sonrisa cínica se lo lleva para la saca.
https://www.jaenhoy.es/opinion/articulos/beber-veneno_0_2005686311.html
El mejor de los tiempos
Comienza un nuevo año y con él nacen ilusiones, deseos, esperanzas… O mueren. Porque, si algo aprendemos con el tiempo, es lo equivocados que estuvimos en el pasado, estamos en el presente y seguramente estaremos, o no, en un futuro.
La vida, esa sucesión de aciertos y desatinos, de victorias gozosas o pírricas, de éxitos y fracasos, de ilusiones o decepciones, termina por menoscabar la inocencia, condición que, en su sentido más amplio, se refiere a la falta de culpabilidad de cualquier pecado o crimen, y en su acepción más íntima y personal al estado del alma libre de culpa y pletórica de ilusión.
Mientras dura la inocencia miramos el presente, incluso el futuro, sin tinieblas, con una pureza de corazón que evoca el candor de aquellos días de la infancia en que, refugiados en los brazos de una madre buena, casi tocábamos el cielo… Esa maravillosa ingenuidad que tan felices poseemos y tan desdichados perdemos.
Cada final implica un tiempo nuevo, el mejor y el peor, y el rechazo de aquello o aquellos que nos han dañado. Soltar lastre y avanzar cada vez más ligeros de equipaje; eso sí, con la sensación de que algo ha muerto en nosotros. Por suerte, y rememorando a Dickens, la primavera de la esperanza sigue siempre al invierno de la desesperación.
Hastiados, pero no muertos.
Siento una ansiedad terrible cada vez que tomo conciencia de que, nuevamente, tengo el teléfono en mis manos y navego por los distintos periódicos digitales fiables leyendo noticias. Sin cesar.
Me cuesta la vida desconectarme de la situación política de mi país, la amenaza rusa, la burla del Gobierno venezolano, el poderío chino, sus virus y demás miserias humanas.
Miro a los líderes, por llamarlos de alguna manera, mundiales y me dan ganas de morirme, o mejor de que se mueran ellos. Recuerdo con pavor a esas figuras como Hitler o Stalin y los veo reencarnados en Moncloa, el Kremlin o la Casa Blanca.
Evoco con nostalgia aquella otra vida, de no hace tanto, en la que leía las noticias, escuchaba la radio o veía el telediario una vez al día. Con eso bastaba. Los acontecimientos políticos no cambiaban tanto de un minuto a otro y los ciudadanos de a pie podíamos leer, ver una película, pasear, escribir, cocinar, reír o llorar. En definitiva, vivir en paz, sin ese sometimiento a la política nacional.
Quisiera volver a aquellos tiempos en los que las noticias, aunque malas, eran más anodinas, en los que se respetaba a los jueces, se admiraba a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y se tenían claros y anclados en el alma los principios y valores como la bondad; la humanidad; la educación, ahora infravalorada; la cultura, que parece olvidada; la justicia, injustamente maltratada; la inteligencia, sustituida por la IA; y el respeto a la división de poderes, a la propiedad privada, a la cultura y las tradiciones de nuestra amada pintoresca vieja Europa.
Nuestra herencia romana: el derecho, el arte, las calzadas, la lengua… Tanta historia, tanto sacrificio. Nada por lo que pedir perdón.
Pienso en los impuestos que pagamos. Muchos. No nos merecemos un Gobierno que nos tenga nerviosos, cansados, desilusionados, desesperanzados, avergonzados y cada día más pobres.
Hastiada, tiro el móvil a un lado. El exceso de información acaba con mis nervios.
Me pregunto qué hacer. Me siento demasiado joven para morirme y demasiado mayor para cambiar de país. No me queda otra que levantar la voz, protestar, exigir mis derechos, los de todos, los de nuestros hijos, y, por ellos, arrimar el hombro en una lucha sin cuartel contra la corrupción, para que nos devuelvan algo tan elemental, tan necesario y a la par tan difícil como es nuestra dignidad. Nuestra paz.