La pequeña muerte


En estos días de pasión, muerte y esperanza de resurrección, pienso en la deslealtad, la perfidia y el miedo que suscitan. En la felonía y la traición de Judas y el pánico que llevó a Pedro a negar hasta tres veces a quien admiraba y amaba. Porque el miedo, en los valientes, sólo supone tomar conciencia del peligro, pero en los cobardes, y es sabido que lo malo abunda, suprime la dignidad, la justicia, y hasta confunde la inteligencia. En palabras de Frank Herbert: “El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”.
No es raro encontrarse con situaciones pavorosas, unas veces ciertas, como las guerras, y otras figuradas, donde verdaderos sociópatas juegan a infundir miedo para forzarte a emprender o a abandonar una determinada faena mientras con presteza te aligeran los bolsillos, empujándote, aun en vida, a la aniquilación. Aprendamos a afrontar los miedos, a dejarlos pasar de largo, a poner la dignidad, la inteligencia y la justicia por encima de todo. Y, como sigue diciendo el autor de Dune, “cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”.
Y entonces sabremos distinguir el miedo de lo que, a menudo, sólo es asco.

Beber veneno

(Publicado en Jaén hoy, Grupo Joly el 21/1/2025)

El odio, esa aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea, mezcla de antipatía e iniquidad, es un sentimiento despreciable que existe desde que el mundo es mundo. Lo ves, te lo cuentan, lo sufres y, si eres ciertamente indigno, lo proyectas.

Pero la verdad, y como dice un proverbio chino, es que guardar odio en el corazón es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Porque odiar conlleva destrucción, más propia que ajena. El odiador vive obsesionado con dañar la dignidad, y hasta la vida, de otra persona, abominando de ella. Se odia por envidia, por celos, por ansias de dinero, de poder… Y, en el camino, ese mismo odio se gira y te mata.

Parafraseando a Borges, el olvido es la única venganza y el único perdón. Esto, tremendamente difícil de aceptar para la mayoría, se complica aún más cuando algunos cobardes intimidados, como los llamó George Bernard Shaw, con poder sobre determinados grupos sociales, lejos de olvidar y perdonar, despiertan un odio desmesurado, acérrimo, hacia una raza, unas ideas, una religión, una lengua, un modo de vida, una forma de gobierno, un país, un grupo de personas… levantando un muro, una trinchera que divide y maltrata a los que antes se entendían. Si no hablas como nosotros, no piensas como nosotros, no votas como nosotros o no rezas como nosotros, no eres como nosotros.

El peor, el más cobarde, es ese que aviva la llama, que despierta el mal en las almas de los vendidos, sin otro fin que su propio interés. Aunque para ello provoque mil males.

Ese odio está aquí, delante de nuestras narices, en nuestro mundo, nuestro país, nuestras ciudades, barrios e incluso dentro de nuestras familias, destruyendo todo lo que toca. Mientras, él se regodea y con sonrisa cínica se lo lleva para la saca.

https://www.jaenhoy.es/opinion/articulos/beber-veneno_0_2005686311.html

El mejor de los tiempos

Comienza un nuevo año y con él nacen ilusiones, deseos, esperanzas… O mueren. Porque, si algo aprendemos con el tiempo, es lo equivocados que estuvimos en el pasado, estamos en el presente y seguramente estaremos, o no, en un futuro.
La vida, esa sucesión de aciertos y desatinos, de victorias gozosas o pírricas, de éxitos y fracasos, de ilusiones o decepciones, termina por menoscabar la inocencia, condición que, en su sentido más amplio, se refiere a la falta de culpabilidad de cualquier pecado o crimen, y en su acepción más íntima y personal al estado del alma libre de culpa y pletórica de ilusión.
Mientras dura la inocencia miramos el presente, incluso el futuro, sin tinieblas, con una pureza de corazón que evoca el candor de aquellos días de la infancia en que, refugiados en los brazos de una madre buena, casi tocábamos el cielo… Esa maravillosa ingenuidad que tan felices poseemos y tan desdichados perdemos.
Cada final implica un tiempo nuevo, el mejor y el peor, y el rechazo de aquello o aquellos que nos han dañado. Soltar lastre y avanzar cada vez más ligeros de equipaje; eso sí, con la sensación de que algo ha muerto en nosotros. Por suerte, y rememorando a Dickens, la primavera de la esperanza sigue siempre al invierno de la desesperación.

Hastiados, pero no muertos.

Siento una ansiedad terrible cada vez que tomo conciencia de que, nuevamente, tengo el teléfono en mis manos y navego por los distintos periódicos digitales fiables leyendo noticias. Sin cesar. 

Me cuesta la vida desconectarme de la situación política de mi país, la amenaza rusa, la burla del Gobierno venezolano, el poderío chino, sus virus y demás miserias humanas.

Miro a los líderes, por llamarlos de alguna manera, mundiales y me dan ganas de morirme, o mejor de que se mueran ellos. Recuerdo con pavor a esas figuras como Hitler o Stalin y los veo reencarnados en Moncloa, el Kremlin o la Casa Blanca.

Evoco con nostalgia aquella otra vida, de no hace tanto, en la que leía las noticias, escuchaba la radio o veía el telediario una vez al día. Con eso bastaba. Los acontecimientos políticos no cambiaban tanto de un minuto a otro y los ciudadanos de a pie podíamos leer, ver una película, pasear, escribir, cocinar, reír o llorar. En definitiva, vivir en paz, sin ese sometimiento a la política nacional.

Quisiera volver a aquellos tiempos en los que las noticias, aunque malas, eran más anodinas, en los que se respetaba a los jueces, se admiraba a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y se tenían claros y anclados en el alma los principios y valores como la bondad; la humanidad; la educación, ahora infravalorada; la cultura, que parece olvidada; la justicia, injustamente maltratada; la inteligencia, sustituida por la IA; y el respeto a la división de poderes, a la propiedad privada, a la cultura y las tradiciones de nuestra amada pintoresca vieja Europa.

Nuestra herencia romana: el derecho, el arte, las calzadas, la lengua… Tanta historia, tanto sacrificio. Nada por lo que pedir perdón.

Pienso en los impuestos que pagamos. Muchos. No nos merecemos un Gobierno que nos tenga nerviosos, cansados, desilusionados, desesperanzados, avergonzados y cada día más pobres. 

Hastiada, tiro el móvil a un lado. El exceso de información acaba con mis nervios. 

Me pregunto qué hacer. Me siento demasiado joven para morirme y demasiado mayor para cambiar de país. No me queda otra que levantar la voz, protestar, exigir mis derechos, los de todos, los de nuestros hijos, y, por ellos, arrimar el hombro en una lucha sin cuartel contra la corrupción, para que nos devuelvan algo tan elemental, tan necesario y a la par tan difícil como es nuestra dignidad. Nuestra paz.