De tomo y lomo


Decía el filósofo y matemático Pascal que “los humanos son la gloria y la escoria del universo”. Poco hemos cambiado desde el siglo XVII, si no ha sido para peor. Igual amamos que odiamos, ayudamos que dañamos, ofrecemos la mano que clavamos la puntilla. El odio es un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia un individuo o un grupo, una raza o una cultura, que provoca el deseo de infligir un daño. Y, si además el odiador es un sádico, lo lleva a cabo con una crueldad innecesaria. Y, a veces, alguien que creías decente, o no, comienza a rezumarlo y te preguntas en qué te equivocaste al juzgar, qué te confundió o te confirmó. Matar, ensañarse, arrastrar y violar, solo o en manada, y exhibirlo en las redes sociales; degollar bebés, humillar y maltratar a ancianos y niños indefensos o rajar el abdomen de embarazadas. Atroz y perverso.
Creía que distinguíamos bondad y maldad, superación y envidia, justicia e injusticia.
Me asusta que el mundo sea un sistema binario: dos facciones, dos colores, dos partidos, dos religiones… No es ideología, es podredumbre. Vender tu conciencia y tu alma, a tu país e incluso a tu madre por ambición e inquina. Y eso es de ser un psicópata, un miserable, un desalmado y un detestable cabrón. Pero… de tomo y lomo.

La probóscide

Nada como los documentales del National Geographic para aprender infinidad de cosas tremendamente útiles porque, quieras que no, nada en este mundo es un hecho aislado, todo es extrapolable. Me maravilla la evolución de las especies y sus enigmas, como el de la infame muela del juicio que en unos casos no aparece y en otros, como el mío y a mi edad, decide martirizarme con un par de picos. Otros caracteres, sin embargo, traspasan milenios y arraigan, a veces, en especies equivocadas. Pongamos por caso la probóscide de las mariposas, también conocida como espiritrompa, esa hábil trompa con la que chupan el néctar de las flores. Lo más curioso es que estos lepidópteros disponían de ella hace más de 200 millones de años, cuando aún no existían las flores. Se ve que andaban deseosas. Pues bien, algunos humanos aun careciendo de probóscide disponen, no obstante, de su funcionalidad. Con una memoria genética confusa, y siempre en posición servil, se colocan de cara al trasero del poderoso, trasero en el peor de los casos blandengue, en algunos incluso peludo y que solo los más atrevidos lucen curtido por el sol y, como lindas mariposas, chupan, lengüetazo arriba y abajo, en busca de algún beneficio que les aporte mejor sustento que el dulce néctar de una flor.

Ilusiones

En ocasiones, vienen a mi memoria recuerdos de ilusión. Esperanzas cuyo cumplimiento parecía, en su momento, verdaderamente atractivo. Una carrera profesional destacada, un brillante éxito literario… Hoy, desde una edad ya importante y una vida rica en experiencias, el espejismo parece sacado de una suerte de inteligencia artificial, de esas que colorean y rellenan con gentes inventadas esas ajadas fotos en blanco y negro. A veces, la ilusión acaba por darte risa. La trayectoria profesional no es más que una estupidez, una manera de gastar la vida a la vez que te permite pagarla. Realmente, en mi caso, cuando esa ilusión se vio truncada, absolutamente rebanada de mis expectativas, sólo sentí alivio, una ligereza casi pecaminosa. Lo único que echo de menos de aquella época es el sueldo, sobre todo las pagas extraordinarias, pero ni por todas ellas juntas en una sola volvería a hacerlo. Lo dije al salir por la puerta: nunca más trabajaré en esto. Ya está bien. Y es que 28 años haciendo y peleando por algo que no te gusta es suficiente.

Y luego está la otra, la literaria, la que me ha tenido años con la miel en los labios, la de la eterna finalista.

No voy a negar que es bonito que te lean. Me gusta cuando me dicen que me han leído y les ha gustado, me hace sentir bien, en paz con mi alma. Es una sensación extraña, próxima a la plenitud. Es como pasar a otro score del Duolingo. Una se eleva, siente que ha cumplido un poco con la vida, con el mundo, con sus semejantes, con la historia, con la familia, el apellido… incluso con Dios. Pero también es un espejismo. Nunca se llega a la meta. Jamás. Al menos yo no.

Ahora, a punto de rendirme, o al menos no tomándome ya tan en serio como solía hacerlo, veo a amigos, colegas, que empiezan a sentir aquello que yo sentía cuando creía tocar el cielo con las manos. Y me alegro a la par que me apiado de ellos.

Porque escribir sin padrinos, sin nombre, sin enchufes, sin cobrar, no es fácil. Aquí, nuevamente, lo que echo de menos es el sueldo y las pagas extraordinarias. En este caso por su inexistencia manifiesta. Inexistencia presente, pasada y futura, si la diosa Fortuna no lo cambia.

Hacerse un hueco como escritora con derecho a lectores e ingresos es complicado. Y que unos cuantos miles de personas lean mis novelas comprándolas, y no solo los relatos y artículos gratuitos en mi blog o en mis redes sociales, debería hacerme sentir importante, feliz, satisfecha. Y por un momento casi lo consigo, pero, como digo, solo era otro espejismo. Siempre quiero más, cualquier meta conseguida me lleva irremediablemente a soñar más; hasta que, por salud y economía temporal, dije: «Ya, hasta aquí».

Escribiré, pero sin soñar más.

Es duro despertar cada mañana del mismo sueño incumplido. Es duro releerte y nunca gustarte. Es duro incluso dormir cuando el sueño no tiene nunca un final.

Sólo he conocido una ilusión de verdad, una ilusión de las buenas, de las nobles, de las del alma. La ilusión de formar una familia con la fuerza de un amor inmenso. Esa ilusión se sigue realizando cada instante de mi vida, pues no se trata de algo que se cumpla y caduque. Ésa es real, no es un espejismo ni requiere de extras ni medallas. Sólo requiere de amor. Eso sí, de mucho amor. De renuncias propias y ajenas, de voluntad, de esfuerzo, de alegría, de bondad. Es la única ilusión de la que no me he arrepentido.

Ahora que recojo mi siembra, que por fin he aprendido a vivir, sólo quiero mantenerme fiel a esa ilusión, merecerme esta familia. Los demás aplausos no me importan. A menudo los aplausos vienen precedidos de mentiras y seguidos por trampas.

La vida es así.

A menudo hay que detenerse a respirar, mirar alrededor y tomar conciencia de la posición, fijar el norte. A menudo hay que perder el norte para encontrarlo.

Aunque no negaré que, en ocasiones, muchas, sueño con esas nada estéticas ni bellas ni románticas ni literarias, pero sí muy prácticas, pagas extraordinarias.

De ilusiones vive el hombre. Y yo también.

El velatorio

Todo llega si se sabe esperar. Estoy muerto, o eso parece porque estoy muy quieto. No puedo moverme, pero tampoco quiero. El cuerpo, que antaño tantas miserias y caprichos me pedía, ahora no parece querer nada. Yo diría que al fin se halla satisfecho. El caso es que, a pesar de no moverme ni un poco siquiera, lo veo todo. Y a todos.

La verdad es que estoy teniendo un velatorio muy bonito. Elegante, como le gustaría a mi señor don Quijote. Lo que más me gusta de estar muerto es que ya mismo estaremos juntos de nuevo, cabalgando por esos páramos del cielo. Y podremos al fin ser pastores. Después de todo, Dios ha de tener ovejas o vacas o cabras, que todas ellas son criaturas de Dios y como tales, pacerán en la gloria. Porque, eso sí, creo que es de rigor que yo vaya al cielo. Poco antes de morirme del todo, confesé y me arrepentí de mis escasos y constantes pecados veniales, que mortales no cometí ninguno. Y que mi señor don Quijote está con Dios, eso es algo que no dudo.

Aquí se acerca Teresa, mi buena esposa. Y mi querida hija, Sanchica. Ella siempre me dice que la llame Sancha, que ya es mayor, pero para mí siempre será una niña: bella y fuerte como su madre. Les hablo, pero no me oyen. Es raro esto de estar muerto. Parecen saberlo todos menos uno mismo. Yo, fuera de no moverme, me siento mejor que nunca. Ya no me pesa el abdomen, ni me duelen las rodillas.

Teresa se agacha y me besa las manos y el rostro. Es extraño porque mi cuerpo no siente el beso, ni nada. Pero algo mucho más dentro de mí, o quizá más afuera, sí que lo nota y se maravilla. Ahora los besos son como dulces de luz, se meten en el alma y vuelan conmigo por la habitación. Familiares, vecinos y amigos siguen llegando, y todos lloran mi muerte. Quisiera decirles que no se apenen, que estoy bien. Mi vida ha sido buena. Recorrí los caminos con don Alonso, el mejor de los señores, el más noble.

Escucho el murmullo de un rezo: avemarías y padrenuestros. Más de las primeras que de los segundos, como manda el Santo Rosario. Ahí llegan el barbero, el cura y el tabernero. Ponen cara de circunstancia para dar el pésame y preguntan de qué he muerto.

—De sopetón —escucho que les contesta mi Teresa. Siempre fue muy graciosa.

El caso es que no sé de qué he muerto. No me di cuenta, o no lo recuerdo. En esto de estar muerto no tengo práctica. Seguro que esta gente sabe más que yo. Quizá pueda escuchar algún cotilleo. En los velatorios siempre se rumorea: que si lo sorprendió un ladrón, que si comía en exceso y reventó… A ver a quién pego la oreja. Ya sé, ahí están esas dos: Claramunda y Minervina, las hechiceras, o brujas, que bien conocidas son sus pócimas y bebedizos. Voy hasta ellas, a ver lo que dicen.

—Cállate y no digas nada, Claramunda —escucho susurrar a Minervina.

—¿Por qué, Minervina? ¿Acaso no puedo hablar?

—Ya me entiendes. No viene al caso andar con preguntas. ¡Shhh!, que viene la esposa. Te acompaño en el sentimiento, Teresa —dice Minervina besándola.

—Y yo, y yo —corrobora Claramunda—. ¿Y de qué ha muerto tu Sancho?

Menudo caso le ha hecho a su amiga. La verdad es que esto de estar muerto en mi propio entierro es hasta divertido.

—Nadie lo sabe, ni siquiera el doctor Recio de Agüero. Volvió a casa y le pedí que diera de comer a las gallinas. Cuando fui a ver por qué tardaba, lo encontré fulminado en el suelo con una especie de sopa blanca en las comisuras de la boca.

—Algo que le sentó mal —afirma Minervina.

—Eso está claro —asevera Claramunda.

—Pero si él comía siempre con apetito y todo le caía bien —explica mi esposa entre sollozos.

—Es que para morirse no hay nada más que estar vivo —sentencia Claramunda.

Mi pobre mujer… Ahí se aleja, tan cumplida siempre, a agradecer a todos que hayan venido a presentarme sus respetos. A ver ahora qué dicen éstas.  

—Claramunda, que la mujer no sabe de qué ha muerto.

—Sí, eso es lo que dice…

—Pero tú lo viste claro anoche, ¿no? Al espíritu, quiero decir…

—Como te estoy viendo a ti ahora mismo. Vamos a acercarnos, quizá tenga alguna marca.

De vuelta a mi cuerpo, a verlo de cerca. ¿Una marca de qué? ¿Un golpe?

—Claramunda, no preguntes más de qué murió, que no se sabe y levantas sospechas. No se ve nada raro en el cadáver…

—¿Y quién era el espíritu? —se interesó Claramunda.

—¿Quién iba a ser? Don Alonso… Y ya te digo que estaba muy enfadado.

El difunto reaccionó. Aun sin moverse. De manera que su señor don Quijote se había manifestado a la bruja de Minervina. En vida nunca la creí, no sé por qué habría de hacerlo ahora… ¿Pero por qué don Alonso iba a aparecerse a ella? Y enfadado, además. Qué confuso es esto de andar muerto de un lado a otro. Nada es como cuando salíamos a deshacer entuertos. Qué feliz era yo entonces… Y qué extraño sabor guardo en mi boca, o donde sea, porque ya la boca no es mía. O tal vez sí. Sabe a licor de gloria, pero muy amargo…Y recuerdo también una bolsa de cuero llena de reales y escudos. Pero ¿será posible? ¡Que el diablo me lleve! Ahora lo recuerdo todo. Yo quería honrar a mi señor, que tan bien se portó conmigo. Hasta unos dineros me dejó con el mandato de que se me perdonase cualquier deuda que con él tuviere.

Fui a cobrar una deuda que las arpías adquirieron con mi señor don Quijote, en nombre de su sobrina y heredera. Me costó que soltaran la bolsa, me entretuvieron con una copita de licor de gloria, que yo, que siempre fui tragón y confiado, bebí sin preocupación. Me marché, con la deuda cobrada y un malestar extraño. Llegué a casa, vi a Teresa y a Sancha y fui al gallinero. Y allí me aguardaban ellas, Minervina y Claramunda. Sentí un fuerte dolor en el vientre y grité: ¿Qué me habéis dado? Reían como hienas. Me robaron la bolsa y huyeron las muy cobardes. Veneno para las alimañas. Eso me dieron.

Estoy muerto, no puedo agarrarlas y llevarlas ante el juez. Mi rollizo cuerpo está quieto, impasible y frío, aunque siento que mi alma se desplaza por la habitación. Y mira, parece que levanto una brisa.

—Claramunda, ¿qué haces? ¿Por qué me soplas en el cuello?

—¿Yo? Eres tú la que me sopla a mí.

Asustadas, dejan la bolsa del dinero en mi caja de hombre muerto y salen corriendo. ¿Qué hago? ¿Las sigo? ¡Bah! No soy como ellas. Me siento bien, feliz, en paz.

Miro más allá de lo humano. ¿Pues no parece que veo venir a lo lejos a mi señor don Quijote? A lomos de Rocinante, sujetando las riendas y la lanza con su mano derecha, la adarga con la izquierda y su yelmo de Mambrino en la cabeza. Me sonríe. Cabalga presto, ya llega.

—Vamos, Sancho.

—Vamos, mi señor.

Subo a la grupa y salimos cabalgando. Miro a Teresa y Sanchica y el alma me rebosa de amor. Siempre estarán conmigo, velaré por ellas desde el cielo…

—¿Dónde vamos, mi señor don Quijote?

—A luchar contra gigantes, mi buen Sancho.

El café

Apenas pasan unos minutos de las ocho de la mañana, ha refrescado a Dios gracias y estamos en una de nuestras dos opciones de cafetería —la otra está cerrada por vacaciones, lo que me altera un tanto—, remuevo la sacarina en el café descafeinado con leche desnatada preguntándome hasta qué punto toda esa serie de menosprecios a un café normal no acabará siendo perjudicial para la salud, y hablo… Me encanta hablar, y a veces incluso necesito que me contesten. No demasiado. Me conformo con algún monosílabo que me permita seguir la conversación como si la cosa fuera de dos en vez de algo sólo propio e intransferible.
Mi marido, el de siempre, el de toda la vida, me mira sin parpadear siquiera y me sonríe con esa sonrisa dulce, tierna, cómplice. Su mirada es tan atenta que caigo de nuevo en la trampa y sigo hablando. Le cuento sobre la nueva novela que publica uno que quisiera saber escribir, le leo la noticia que el propio ínclito ha esparcido por las redes sociales. Expongo mi valoración como un veredicto.
Mi esposo sigue mirándome.
Me emociono con su perenne atención e incluso me atrevo a preguntar algo, nada difícil, si acaso una opinión, un vestigio de participación por su parte en el cotilleo.
Él no me quita ojo. Se bebe el café e intercala un amable: “¿Quieres otro?”.
Asiento. Mira a la camarera y pide otros dos descafeinados, desnatados… y vuelve a su sonrisa. Callado. No contesta a mi pregunta. La repito. Me mira con atención. Casi devoción parecería a ojos de un observador desconocido.
Me escama.
Pero me sonríe. Con una sonrisa que ya me atrevo a interpretar, que parece decir: “No sé de qué me hablas, pero aquí estoy”.
Entonces recuerdo aquel relato que escribí no hace tanto, La extraña pareja, y le digo a bocajarro:
—¿Qué herencia? (Léase en mi blog).
Él parece salir del inframundo, de la caja vacía (léase asimismo en mi blog) o de dondequiera que se halle, me mira sorprendido, parpadea por primera vez y exclama:
—¿Querencia? ¿Quién y a qué?
Me trago el café.
No tiene arreglo. Pero no me enfado. Opino que es mejor así, sin discutir. Nunca me ha gustado que me lleven la contraria.
Eso sí: ahora ya sé por qué escribo. Es un arte que no necesita respuesta.