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La probóscide

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Blancanieves y el último enano

De niña me contaron el cuento muchas veces, cuando aprendí a leer devoraba sus páginas deteniéndome en aquellas ilustraciones tan seductoras, pero cuando verdaderamente quedé impactada fue cuando me llevaron al cine a ver la película de Disney. No pude ni parpadear. Me pareció mágica, bella y maravillosamente fantástica.

Blancanieves es todo un clásico escrito por los hermanos Grimn a raíz de historias que se pierden en los tiempos. Qué niño no conoce el cuento de la bella y dulce Blancanieves… Siempre optimista, siempre confiada y trabajadora. En mi mente infantil me parecía tremendamente romántica la historia de la pobre niña que, huérfana de padres y ante la envidia que despierta en la madrastra, se siente desprotegida y, temiendo por su vida, se ve obligada a huir del castillo que fue su hogar. Ese espejo mágico que repetía incansable la belleza de Blancanieves por encima de la de cualquier otra; el cazador, vil siervo de la madrastra que ha de acompañarla al bosque sombrío y arrancarle el corazón y, cómo no, los famosos enanitos… Un historión que, en mi inocencia e ignorancia infantil, pensaba que tenía un final feliz.

Pero ahora, ya curtida por los años y después de muchos bosques propios plagados de cazadores de almas si no de corazones, veo que, sin duda, Blancanieves no era, ni es, el paradigma de la felicidad femenina. Maltratada y ninguneada, tuvo que salir despavorida ante la crueldad de una madrastra que no soportaba la envidia que le tenía. El espejo mágico, ese traidor cuyas palabras, que presumían de sinceras, no hicieron sino ponerla en la encrucijada de huir o morir. Ese cazador cobarde, que si bien no la mata, la abandona en un bosque, perdida y humillada, sin saber a cuento de qué se merecía ella ese “escarmiento”.  Y, en mitad de todo aquello, una casita habitada por unos simpáticos, o no tanto, enanitos.  Allí vive, o malvive, escoba en mano, para ganarse un plato de comida que ella misma guisa, mientras ellos, felices de haber encontrado una criada de balde, cantan el ¡Ay ho! que tanto gusta a los más pequeños y extraen de una mina los diamantes que no comparten ni con ella ni con nadie.

Para mayor abundamiento, la bruja de la madrastra la envenena con una manzana, fruta saludable por otra parte, y cae dormida en un sueño eterno del que solo la salva un beso: el de un príncipe, guapo él, del que se ve obligada a enamorarse cuando despierta. Cuestión de educación.

La verdad es que, pensándolo con crudeza, esto de ser princesa no es ninguna bicoca.   Aquella inocencia que me hacía pensar que esos seres eran estupendos para la dama, se evaporó. Ya no me parece que fueran unas criaturas simpáticas, es más, si hago memoria recuerdo que eran unos guarros, que tenían la casa comida de mugre, que no se querían lavar ni las orejas y que la chica no era más que la criada que fregaba y cantaba, sumida en su ignorancia como tantas mujeres a las que he visto hacer lo mismo toda su vida.

Los cuentos son machistas porque el mundo es machista, eso está claro.

Pero volviendo a la realidad, cuántas veces nos han traicionado, envidiado y perseguido, cuántas nos hemos sentido perdidas en un bosque de hipocresía e injusticia rodeadas de enanos…  Eso sí, unos más altos que otros. Y es que enanos aprovechados siempre ha habido. Echo la vista atrás y me parece que puedo compararlos con los del cuento. Está el Mudito, siempre hay uno que se calla todo para no pillarse los dedos, el que sonríe Feliz porque sabe que heredará la mejor parte, otro que no se atreve a opinar porque es Tímido, el Mocoso de turno, el Dormilón, que se duerme en los laureles para no solucionarte nada, el listo, que siempre lo hay, Sabio... Y Gruñón, que siempre se queja y pone mala cara, pero al final, es el mejor de todos.

En el cuento eran siete, número mágico, sin embargo, a veces me parece atisbar el recuerdo de un último enano, uno que no es de cuento, sino más bien de un relato de Poe, uno inhumano y despreciable que cuando llegó al bosque no hizo más que joder la marrana. Cómo era, cómo era… Parece mentira haberlo borrado de tu cabeza. Te esfuerzas, haces memoria, te transportas mentalmente a aquella época, a aquel bosque, a aquella incertidumbre en la que solo un príncipe desconocido, y seguramente capullo, podría haberte salvado… Ese bosque machista y anacrónico en pleno siglo XXI. Y, de repente, un déjà vu, una vívida y desagradable imagen, viene a tu memoria y es entonces y solo entonces cuando lo visualizas y ya libre de príncipes y habiendo renunciado a ser princesa para convertirte en reina, afirmas con rotundidad: “¡Ya me acuerdo! Ese último enano, ese que se me escapaba, no era otro que el enano cabrón”.

 

De quita y pon

Hay expresiones que se repiten de forma invariable a lo largo de los tiempos y llegan hasta nuestros días encerrando una enseñanza o un consejo que, de ser un poco inteligentes, deberíamos escuchar con atención. Una de estas frases es  De gustibus non est disputandum, adagio latino, erróneamente atribuido a Cicerón, ya que por su latín, nada clásico, más bien parece haber surgido en la Edad Media. Significa “Sobre gustos no se disputa” y su equivalente más exacto en castellano sería “sobre gustos no hay nada escrito” o “para gustos hay colores”.

Y lleva razón; los gustos personales de cada cual son tan subjetivos que resulta una pérdida de tiempo discutir sobre lo que a cada cual le parece mejor o peor, bonito o feo. A unos les gusta el fútbol , a otros, la espeleología, están también los que prefieren el yoga y los que se conforman con el sillón ball. Hombres que solo se ven con traje y corbata y otros, mucho más casual, que van con sus vaqueros caídos enseñando la hucha cada vez que se agachan. Mujeres que no salen ni a la puerta sin maquillar y perfumar y otras que con un chándal y unos tacones creen que la elegancia está asegurada. Conviven en el mismo planeta los amantes de los documentales de la 2, los de la lectura y los que se sientan delante del televisor deslumbrados por un grupo de analfabetos funcionales que gritan, se insultan y escupen salivajos. ¿Y qué decir de la música? Raro es el que no afirma categóricamente que la ama, pero mientras unos se quedan extáticos escuchando a Beethoven, otros rumian con el reguetón. Y si profundizamos más, un hombre puede ser un adonis para una mujer, mientras que para otra, será un adefesio. Palabra que también empieza por a, pero no significa lo mismo.

De manera que, ya se trate de colores, moda, música, deportes, cultura, gastronomía o belleza, sobre gustos no hay nada escrito y buena prueba de ello es que a mí me encanta el brócoli… Pero somos humanos y nos ilusiona que a nuestros amigos, sean estos de verdad o no, porque con las redes sociales ya no sabemos a veces ni con quien tratamos…  nos ilusiona, decía, que nuestros gustos coincidan con los suyos. Por eso, cuando subimos a Facebook  o a Instagram un post cualquiera, ya sea la foto de un perro, una playa o una iglesia románica, y nos dan un estiloso “Me gusta” o, como dicen los modernos, un like, sonreímos felices porque hemos tenido aceptación entre estos amigos que conocemos o no.

Pero lo más curioso de todo es que los gustos, tan difíciles de cuadrar con los del prójimo, tienen otro “además”, y es que cambian. ¡Hay que joderse! Cuando crees que sabes lo que les gusta a tus amigos, estos dejan de serlo o quizás no lo fueran nunca o lo siguen siendo, pero van y vienen, se muestran y se esconden, como esas mangas de quita y pon que llevan algunos abrigos, o esas figuritas de la estantería del salón que solo aparecen cuando nos visita la suegra, o mejor aún: esos likes que un día te ponen y al siguiente te quitan, no sabes si porque les ha cambiado el gusto o por miedo al qué dirán los otros, aquellos que son sus amigos, de ellos, que no tuyos, y a los que maldita la gracia que les hizo tu post … Que también es posible, porque nunca llueve a gusto de todos.

Así que, mientras compruebas que sus gustos son de quita y pon, entras en una vorágine de gustos y disgustos, de likes y dislikes, de amigos y enemigos… Hasta que, sabiamente, te cansas, subes otro post y dices: “¡Que le den por culo a Cicerón!”

Un corto cualquiera

Siempre he pensado que en la vida todas las cosas pasan por algo. Las pasiones que vivimos, los amigos de la infancia, los amores inventados y aquellos otros que sí son verdaderos, las circunstancias familiares, las necesidades económicas, los encuentros e incluso los desencuentros. Todo tiene su razón, todo deja huella y todo nos lleva a tomar un camino y no otro, a escoger una carrera, un trabajo y un estilo de vida donde intentas crecer y triunfar, consiguiéndolo a veces, para después darnos cuenta de que, en la mayoría de los casos, no era eso lo que realmente deseaba esa alma inmortal que llevamos dentro. Pero es lo que hay… y si lo pensamos bien, todo eso que ahora con total rotundidad afirmamos que no era lo nuestro, es lo que nos ha llevado a ser lo que somos y a descubrir lo que verdaderamente deseamos ser.

Pero en ocasiones, en mitad de esta lucha diaria por descubrirnos, aparece un imbécil. Puede ser de cualquier raza y condición, tampoco importa el sexo, ni si es rubio o moreno o más o menos torpe en sus andares, ni si tiene buena planta y estatura o tal vez se dé la circunstancia de que sea algo bajito. Pero establezcamos una hipótesis, como cuando estudiábamos Matemáticas o Física y suponíamos que la temperatura era de 0 grados centígrados, la presión de x atmósferas y que, en todo caso, la aceleración permanecía constante, y pongamos por caso que dicho imbécil, además, renquea al desplazarse y que más que un poco bajito es corto, tanto de miras como de estatura. Un hombrecito de esos fatuos que siempre dicen conocer famosos, de los que se arriman al “amo” y presumen de su irreverente e irresponsable amistad con él. Porque estos tipos son así: repugnantes. Este pobre diablo carece de cultura, sentimientos y estatura,  pero en compensación sí que tiene algo, el favor de su amo; al menos durante un tiempo.

Va por ahí jugando al “buenismo”, como un ser solidario y comprometido con el medio ambiente, procurando tener siempre a mano un discapacitado a quien empujar en su silla ante las cámaras fotográficas y ofrecer a boca llena su país, que no su casa, a cuantos no tienen nada.

Pero este corto cualquiera es un ser envidioso y patético que cuando tropieza con alguien de espíritu libre e independiente, con cierta cultura y mucha dignidad, alguien que no agacha la cabeza ni pone el culo ante el perro del amo ni ante el amo mismo, este corto cualquiera, digo, se revuelve en su propia miseria y justo entonces aflora su verdadero yo, el de acomplejado chivato de la clase, ese niño desagradable, llorica y gorrón que siempre fue, que corre a venderte acusándote de algo, que no es otra cosa que de ser mejor que él.

Así que el cortito cualquiera te quita de en medio, pero como decía Nietzsche: “Ser independiente es cosa de una minoría, es el privilegio de los fuertes”. Y comprendes que toda tu vida, todo el trabajo que has hecho, todo aquello que has levantado de la nada, las horas gastadas, los amigos que has atesorado y los cobardes que te han traicionado… , todo te ha llevado a encontrar tu vocación y tu destino, un destino donde ya jamás vas a admitir a ningún corto cualquiera. Y sonríes, pasas página y olvidas.