La escupidera

Hay momentos en la vida en que un poco de soledad no solo se agradece, sino que se anhela. Pero cuando tenemos la desgracia de toser tres veces, acompañadas o no de un pico de fiebre, y nos aíslan en el dormitorio como auténticos apestados, ya no nos hace tanta gracia. Y el caso es que algunos, que no todos, tenemos la suerte de disponer de libros, ordenador portátil, fibra óptica, wifi y smartphone para pasar la cuarentena viendo series, leyendo, que es lo propio, o tonteando con las redes sociales. Y lo más importante: el baño dentro del aposento. Pero entre tanta diversidad de entretenimiento y disfrute, uno, tremendamente aburrido y bastante acojonado, echa de menos algo tan intenso y en ocasiones ignorado como un abrazo. El contacto físico es tan inherente, tan consustancial y natural para el ser humano como el aire que respira, pero no nos damos cuenta hasta que nos lo prohíben. Entonces, los más aventajados en edad, aquellos que pasamos de largo el medio siglo, que crecimos viendo a “los peques” irse a la cama y normalmente formábamos parte de una familia numerosa, recordamos cómo se conseguía entonces la inmunidad de rebaño.  

Hice la comunión con seis años vestida con un hábito blanco, nada que ver con esos vestidos de princesa o novia que ahora llevan las preadolescentes cuando comulgan por primera vez. Completaban mi indumentaria unas sandalias, con sus correspondientes calcetines, estilo guiri, todo del color de la pureza, y un crucifijo de madera que colgaba de mi cuello y que yo, ya en esa edad, hubiera preferido que fuese más pequeño. Tíos, primos, hermanos, abuelos y algunos amigos, de los padres, claro, que no míos. Lo pasamos bien, si bien es cierto que al día siguiente presentaba unas pequeñas ronchas que inmediatamente mi madre identificó como una enfermedad infecciosa.

Y como mi caso, muchos.

“Estos tres ya lo han pasado, así que ten ahí a la pequeña, que aún no lo ha tenido”, decían.

Y te metían en la cama a tu hermana.

Como es natural, aún no se estilaba nada de tecnología, un cuento, y mucho era, al que dabas vueltas leyendo y releyendo mientras que, siempre a escondidas, te rascabas las molestas ronchas que tanto picaban a pesar de los polvos de talco que tu madre te echaba. Por supuesto, nada de un baño a tu disposición, ese era para los siete, pero no por ello debías salir enferma de tu habitación y recorrer el largo pasillo cada vez, ni muchos menos contener tus necesidades más básicas. Para eso estaba el artilugio más increíble jamás inventado y que, en Jaén, nuestros mayores adquirían en “Furnieles”: la escupidera. Las más artísticas eran de porcelana y, por más cuidado que se ponía, a menudo andaban desportilladas; aunque ya empezaban a comercializarse en plástico de distintos colores: azul para los niños y rosa palo para las nenas. Material este que celebrábamos con alegría por su resistencia y fácil lavado, sin saber la que nos iba a caer con el reciclaje a pocos años vista.

Cuando la necesidad apretaba, sumida en ronchas y fiebre, tirabas del recipiente que asomaba por debajo de la colcha y allí, en asombrosa multitud familiar, entre tu cama y las de tus hermanas, te despachabas a gusto. Todo era más natural que ahora. Y allí quedaba. Tu madre se ocupaba luego de llevársela y devolverla oliendo a lejía para tu uso o el de otro pariente.

Solíamos pasar la enfermedad de dos en dos, o tres; dependía del número de hermanos y de la diferencia de edad. Todos vacunados. Y no es que fuera algo benigno o sin importancia, pero nuestros mayores tenían claro que formaba parte de la infancia ir mostrando por rachas distintos tipos de ronchas ya que, nos aclaraban, lo peligroso era pasarlo de mayores. No sé si es cierto, pero siempre corría el rumor de que tal o Pascual lo tuvo ya de “mocico” y por eso no pudo traer descendencia.

A falta de redes sociales donde comprobar las lindezas o estupideces de los amigos que apenas conoces, pasabas el mal trago con tus hermanos, leyendo e imaginando auténticas aventuras al estilo de “Los cinco” de Enid Blyton con los amigos de verdad, a los que no veías ni llamabas mientras duraba la cosa, pero sabías que estaban ahí, como aquel que dice, a vuelta de escupidera.

Así que ahora, cuando echo la vista atrás recuerdo con cariño aquel hábito blanco, las sandalias feísimas y a mis tías diciendo: “Qué bonica está la niña con esas pecas que le han salido”.

Pecas, pecas, como que no eran.

¿Cómo no íbamos a adquirir la inmunidad de rebaño? En primer lugar, éramos eso, rebaño, camada, y compartíamos habitación, cama, cuento, sarampión y escupidera.

El cable

A veces la vida se empeña en quererte, a pesar de tu terquedad, de tu sordera y tus ruidos. Vas por ahí como Alicia en la obra de Lewis Carroll, dudando qué camino seguir, aun sin tener decidido adónde quieres llegar. El sentido común casi nunca es el más común de los sentidos… Da igual la inteligencia, la bondad, el dinero o la belleza; cuando no ves, no ves. Entonces, si eres afortunado, la vida te señala con el dedo y, colmada su paciencia, harta de tu ceguera, te manda una señal. Empieza suave, como una buena madre comprensiva y consentidora, con palabras bonitas que deberías escuchar. Pero tú ni siquiera oyes, sigues a lo tuyo hasta que la dulce madre saca su lado duro, esa famosa zapatilla, y te da una hostia, sin siquiera esperarla, sin anestesia, y te grita a la cara mil verdades: ese amigo no te conviene, ese hombre o esa mujer no te quiere, tu sempiterna condición de gilipollas… Una retahíla de contrariedades que, de primeras, no aceptas ni crees y sigues a lo tuyo, un poco mareado, eso sí, como cuando algo te reconcome por dentro, pero te colocas los tapones en los oídos y sigues cavando la fosa. Hasta que a la buena madre, esa que nunca se rinde contigo, no le queda otra que cortarte el cable de Internet.

“¡Eh! ¿Qué ha pasado?”, rechistas.

Frente a ti, la pantalla aparece negra. Ni juegos, ni gaitas… Negro como boca de lobo. Te ves obligado a mirar en otra dirección, a levantarte de la silla y seguir el cable para ver dónde está el fallo.

Y lo ves. Porque a veces la vida tiene algo reservado para ti, aunque no te lo merezcas, y te zarandea hasta que la escuchas y encauzas tu camino hacia lo que eres, hacia lo que amas, y poco a poco curas tu alma. Y es justo entonces cuando te conecta de nuevo el cable de Internet. Agradecido, te olvidas de la oscuridad, sonríes y te centras en ti, en lo que vales, en lo que eres y en todo lo bueno que tienes. Te sientes tocado por un ángel y te preguntas: “¿Por qué yo?”.

Porque quizás, después de todo, no eras tan mal hijo. Sí que te lo merecías.

Los falsarios

A menudo nos encontramos con personas que, desde su más tierna infancia, no gozan de aptitudes para las Matemáticas, presentan serias trabas para la Física o quizás encuentran una dificultad tremenda en el aprendizaje de idiomas, ya sean modernos o se trate, por el contrario, de lenguas muertas. Tanto da. También están aquellos que son auténticos artistas y otros para los que plasmar la belleza en un lienzo es poco menos que imposible y entender e interpretar la música, algo que pertenece a la ciencia ficción. De todo hay en la viña del Señor. Pero nada de esto es preocupante porque es bien sabido que Dios, en su infinita sabiduría, reparte los dones a su libre albedrío y, a veces, compensa determinada torpeza de sus criaturas dotándolas de otras cualidades morales o intelectuales. Así pues, todos servimos para algo; todos somos especiales en tal o cual asunto. ¿Todos? Bueno, quizás eso sea exagerar; o no, según se mire.

Si analizamos los tipos de personas, encontramos aquellas con una vocación clara y definida tan fuerte que viven, o malviven, única y exclusivamente para ella: músicos, pintores, actores, toreros, religiosos, médicos o escritores, entre otros. También están los manitas, que con un giro de muñeca abren la puerta que tú llevas pateando tres horas; te arreglan el tacón del zapato con un chicle o te tapizan con dos chinchetas y tres grapas ese sillón de orejas que lleva raído medio siglo. Luego están los “todoterrenos”, que igual sirven para un roto que para un descosido: personas trabajadoras, versátiles, entregadas a su misión y profundamente responsables. Hacen siempre de tripas corazón,  tanto si les gusta su trabajo como si no, y cuentan con la extraña habilidad de convertir en pasión su desazón. De este tipo suele haber más mujeres que hombres y, entrenadas como están, o estamos, para pensar en más de un asunto, al tiempo que dirigen una empresa, no abandonan sus inquietudes y estudian idiomas, seis carreras por la UNED y , en los casos más flagrantes, logran su sueño de publicar artículos, relatos y hasta unas cuantas novelas.

Luego están aquellos que, contra todo pronóstico, porque no fueron ni buenos estudiantes ni mucho menos inteligentes, ascienden en la escala social, lo que en este país significa económicamente. Su ingenio para amasar fortunas suele llevar aparejada una tremenda torpeza para retener, siquiera sucintamente, las reglas de la ortografía y,  menos aún, las de la sintaxis; seguramente porque lo suyo es contar dinero, no leer libros. Véanse aquí políticos y altos ejecutivos de empresas de más o menos pacotilla (y con el adjetivo “alto”nos referimos exclusivamente a su rango o jerarquía laboral, que no a su estatura, porque haberlos, los hay bajitos). Por supuesto, algunos tienen preparación y experiencia, incluso una minoría selecta escribe correctamente el verbo “haber” y hasta sabe utilizar con acierto el punto y coma (los menos). Su mayor atributo es la enorme disposición para convocar y realizar videoconferencias; me refiero, por supuesto, a antes del coronavirus; ahora ya no tiene mérito alguno. Las plantean a cualquier hora del día y, si puede ser en festivo, tanto mejor. Este espécimen gusta de presumir de agenda repleta, tanto es así que la moda es compartirla. Con una falta de decoro y de respeto hacia el derecho fundamental a la intimidad, obligan a mostrar las agendas, siempre de abajo a arriba, claro está, de manera que los infelices aprendices de este subgénero se ven obligados, para tal compromiso, a inventarse los huecos libres, esos que uno destina a leer todo lo que le mandan para saber qué decir en las videoconferencias. Los que están en la cima del grupillo juegan a tener todas sus horas ocupadas, pero, incomprensiblemente, siguen convocando a videoconferencias con el único fin de terminar convocando otra nueva, ya sea un viernes a las 3 de la tarde y sin comer o un domingo por la noche. Este personaje no tiene más vida que esa, o sea, joder la ajena, ya que la propia nació jodida.  Los conocerán porque entre su discurso, en un castellano generalmente abominable, introducen vocablos en inglés, todos relativos a la mercadotecnia, o, como dirían ellos, al marketing.  Es de suponer que desconocen sus homónimas en castellano. Los más aventajados tienen estudios de Empresariales, varios hijos a los que ven poco y, en el mejor de los casos, por videoconferencia. Pero es igual, porque ese rato también se les hace largo. Su mayor satisfacción, como digo, es convocar una tanda de Skype empresarial y, aprovechando el juego, poner verdes a unos delante de los otros. Como motivación es lo peor, pero, en su defensa, diremos que, como terapia de grupo para fomentar el odio, es única. A veces se halaga a uno de los miembros y este respira…, pero, a la primera de cambio, reculan culpando al susodicho, o susodicha, para que no se enfaden las mías, de las decisiones que primero aplaudieron. Y, en estas reuniones tan ejemplares como útiles, también están los que soportan con resignación las humillaciones que, por lo visto, comporta el hecho de cobrar un sueldo.

Lo dicho, de todo hay en la viña… Los que saben hacer solo una cosa, los que apenas hacen nada, los que saben hacer de todo, los que putean a diestro y siniestro para justificar que hacen algo…  y, como broche de oro, el “Torquemada” de turno, que solo sirve para destrozar con el fuego, lo que otros, mucho mejores que él, han conseguido con mucho esfuerzo.

Este prototipo, llamémosle con cariño “pequeño destrozón”, es un individuo con crecientes muestras de imbecilidad, felón, traidor y falsario. Su trabajo consiste en ir pavoneándose de unos atributos inexistentes y, de un vistazo, calcular el tiempo que le llevará quemar la tierra que pisa sin más fin que acabar no solo con el negocio, sino también con las personas. ¿Motivo? Se juntan varios.

El primero y principal: la pereza, cuanto más destroce menos trabajo tiene; el segundo, la obediencia ciega al que le manda, diríase que es un cura, por el voto; y el tercero, lejos de ser la pobreza, es la envidia, el más mezquino de los vicios, que, parafraseando a Ovidio, se arrastra por el suelo como una serpiente.

A estos, los que viven de destrozar el trabajo ajeno, les auguro muchas videoconferencias, un reloj barato cada veinticinco años de servicio y un enorme, escurridizo e irritado orificio anal de tanto ponerse ofrecidos. Dios se lo conserve muchos años.