Uno de esos momentos 

Después de una larga y agotadora jornada, cansada de bregar con unos y otros, arribo a casa y me percato con poco entusiasmo de que me toca hacer la cena, más que nada porque no hay nadie que me reciba dando saltos -quizás debiera comprarme un perro-. Mi mente, toda aguda, opta por abrir un bote de espárragos blancos, que todo el mundo sabe que son muy sanos y además no ensucian más que un plato. Abro la despensa ansiosa por la incertidumbre de si habrá o no, y sonrío feliz al divisar uno medio oculto entre otros de acelgas, mucho más difíciles de cocinar, de eso no cabe duda. Este me sirve, pienso, y lo agarro con decisión. Con la ayuda de las paletas superiores le quito el precinto de plástico y procedo a abrir la tapa. Mal rollo, está muy dura. No importa, me sé el truco, me digo henchida de paciencia. Le doy la vuelta al envase y le golpeo el trasero, como si se mereciera unos azotes, y vuelvo a intentar girar la tapadera. Nada, tampoco. Abro el grifo; alguien me ha contado que por esa ley de la física que afirma que el calor dilata los cuerpos, si dejas caer agua caliente sobre un recipiente de cristal, más pronto que tarde y tras un leve apretón de mano, el dichoso tapón cederá y sonará el típico “plom” que dejará los espárragos a mi merced. Pero no, tampoco. Entonces recuerdo ese maravilloso regalo que a menudo hacen las madres: el famoso abrebotes, y me lío a revolver ese cajón de la cocina donde van a parar todos esos objetos que nunca uso. No lo encuentro, pero a cambio me corto leve pero desagradablemente con un cuchillo enorme que no sabía que tuviera. Nada, no hay narices. Intento con otro cajón; sigo sin dar con el instrumento.

Me hago la fuerte, agarro el bote como si lo fuera a estrangular e imagino la cara tan horrible que debo tener mientras intento desesperadamente hacerme con ocho espárragos. El hambre es cada vez más fuerte; los jugos gástricos empiezan a hacer de las suyas y se escucha en el silencio el rugido de mi estómago. Avergonzada pongo la tele para que la vecina no me oiga. Sigo sola; miro el reloj: aún falta media hora para que alguien abra mi puerta, gire el tapón de los cojones y me ofrezca el insípido alimento ante mis incrédulos ojos.

Ya no me siento tan henchida de paciencia. Abro la nevera, engancho el queso, cojo el cuchillo cuya existencia desconocía hasta hacía poco y sirviéndome de una tablilla de madera, corto un trozo, muy mal por cierto, me lo meto en la boca y casi me ahogo del grosor con que lo he “laminado”… pero me calma el rugido del estómago. Desesperada miro el frasco y lo intento de nuevo con todas mis fuerzas, pero lo único que consigo es que me duelen las manos. Un latigazo me llega desde la muñeca hasta el tuétano del parietal derecho; debo estar empezando ya con una artrosis galopante que también desconocía que tuviera. 

Cabreada devuelvo el bote de espárragos a la despensa pensando que tampoco era para tanto y mis ojos descubren un maravilloso tarro de paté ibérico de la Sierra de Cazorla que promete un sensual aroma de cereza. Imagino su sabor y vuelven los rugidos estomacales. Inicio de nuevo el procedimiento pensando que, al ser de menor envergadura su tamaño, seré capaz de abrirlo, pero tampoco lo consigo. Ahora vuelvo a estar henchida pero de una mezcla de hambre y angustia a la vez. Respiro hondo, cuento hasta diez, pellizco la barra de pan y me llevo un trozo a la boca. Vuelvo a mirar el reloj y pienso que este es uno de esos momentos en que, al fin y a la postre, me percato de la perentoria, asombrosa y sutil necesidad de contar con un hombre en casa.

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