Un corto cualquiera

Siempre he pensado que en la vida todas las cosas pasan por algo. Las pasiones que vivimos, los amigos de la infancia, los amores inventados y aquellos otros que sí son verdaderos, las circunstancias familiares, las necesidades económicas, los encuentros e incluso los desencuentros. Todo tiene su razón, todo deja huella y todo nos lleva a tomar un camino y no otro, a escoger una carrera, un trabajo y un estilo de vida donde intentas crecer y triunfar, consiguiéndolo a veces, para después darnos cuenta de que, en la mayoría de los casos, no era eso lo que realmente deseaba esa alma inmortal que llevamos dentro. Pero es lo que hay… y si lo pensamos bien, todo eso que ahora con total rotundidad afirmamos que no era lo nuestro, es lo que nos ha llevado a ser lo que somos y a descubrir lo que verdaderamente deseamos ser.

Pero en ocasiones, en mitad de esta lucha diaria por descubrirnos, aparece un imbécil. Puede ser de cualquier raza y condición, tampoco importa el sexo, ni si es rubio o moreno o más o menos torpe en sus andares, ni si tiene buena planta y estatura o tal vez se dé la circunstancia de que sea algo bajito. Pero establezcamos una hipótesis, como cuando estudiábamos Matemáticas o Física y suponíamos que la temperatura era de 0 grados centígrados, la presión de x atmósferas y que, en todo caso, la aceleración permanecía constante, y pongamos por caso que dicho imbécil, además, renquea al desplazarse y que más que un poco bajito es corto, tanto de miras como de estatura. Un hombrecito de esos fatuos que siempre dicen conocer famosos, de los que se arriman al “amo” y presumen de su irreverente e irresponsable amistad con él. Porque estos tipos son así: repugnantes. Este pobre diablo carece de cultura, sentimientos y estatura,  pero en compensación sí que tiene algo, el favor de su amo; al menos durante un tiempo.

Va por ahí jugando al “buenismo”, como un ser solidario y comprometido con el medio ambiente, procurando tener siempre a mano un discapacitado a quien empujar en su silla ante las cámaras fotográficas y ofrecer a boca llena su país, que no su casa, a cuantos no tienen nada.

Pero este corto cualquiera es un ser envidioso y patético que cuando tropieza con alguien de espíritu libre e independiente, con cierta cultura y mucha dignidad, alguien que no agacha la cabeza ni pone el culo ante el perro del amo ni ante el amo mismo, este corto cualquiera, digo, se revuelve en su propia miseria y justo entonces aflora su verdadero yo, el de acomplejado chivato de la clase, ese niño desagradable, llorica y gorrón que siempre fue, que corre a venderte acusándote de algo, que no es otra cosa que de ser mejor que él.

Así que el cortito cualquiera te quita de en medio, pero como decía Nietzsche: “Ser independiente es cosa de una minoría, es el privilegio de los fuertes”. Y comprendes que toda tu vida, todo el trabajo que has hecho, todo aquello que has levantado de la nada, las horas gastadas, los amigos que has atesorado y los cobardes que te han traicionado… , todo te ha llevado a encontrar tu vocación y tu destino, un destino donde ya jamás vas a admitir a ningún corto cualquiera. Y sonríes, pasas página y olvidas.