Siempre he sido más intuitiva que observadora; al menos, nunca he recordado qué ropa llevaba aquella persona o el color de sus ojos, pero sí que sabía con exactitud si todo, absolutamente todo, lo que me había contado era pura mentira o, si por el contrario, se trataba de un alma noble y sencilla.
Y casi nunca, y digo «casi» para no parecer que tengo un concepto demasiado elevado de mí misma, me equivoco. Las primeras impresiones son, a mi modo de ver, fundamentales, aunque suene a paradoja, para un análisis riguroso.
La sonrisa impostada, la mirada huidiza, la repetición de frases hechas, aprendidas sin dificultad por su escasa profundidad, el desprecio en la voz y esa respuesta rápida, como de gatillo, de un «y yo más», siempre referido al verbo tener.
El caso es que, a medida que envejezco, observo con resignación, pero no sin cierta pena, que la mayoría de las personas tienden a empeorar tanto en el aspecto físico como en el ético.
Vamos a peor. Hace tiempo, tras una reunión de esas de antiguas alumnas del colegio, una amiga de la infancia, de las que son buenas personas de verdad, me dijo acerca del encuentro: «La verdad es que nada ha cambiado. La que era fea sigue fea; la que era guapa sigue guapa. Y la que era gilipollas sigue gilipollas. Si bien todas un poco más gordas».
La síntesis, tengo que admitirlo, no podía ser más acertada. Yo, incluso, seguía cayéndoles mal a aquellas a las que caía mal con doce años o con dieciséis. Los grupos seguían siendo los mismos y la deriva en las vidas había sido la esperada.
Hoy recuerdo aquellas palabras tan atinadas de mi amiga y pienso: «Es cierto; los malos, llamémoslos así, sólo cambian a peor».
Pareciera como si todo el sufrimiento o la decepción acumulada a lo largo de los años hubiera hecho mella en sus almas, mostrando ahora la cara, antaño oculta, que no es otra que una cara dura impresionante para insultar, para desear y exigir con todas sus fuerzas el fracaso ajeno.
Pero lo bueno, o quizá no tan bueno, es que mi intuición también ha mejorado, o se ha acentuado con la edad, cosa que pasa cuando a las brujas se nos suma la experiencia —ya se sabe que el diablo sabe más por viejo que por diablo—, y, por tanto, de aquellas dudosas primeras impresiones ahora hago un perfil completo, y a veces incluso un personaje de novela.
Ya no dudo, ya no me confundo, ya no necesito segundas opiniones ni terceras impresiones. Ya sé perfectamente quién me quiere engañar, quién me va a criticar cuando me dé la vuelta, quién me va a estorbar, a fastidiar, a ponerme la zancadilla… En definitiva, a jorobar.
Y como yo tampoco puedo ni quiero cambiar más de lo que lo he hecho, cuando me regalan el oído, me prometen lindezas o me desean lo mejor con esa voz hipócrita y mentirosa, echo una mirada sucinta y matadora y con intuición de bruja vieja pienso: «A mí me vas tú a engañar».
Y es que las primeras impresiones, si son malas, nunca fallan.