El café

Apenas pasan unos minutos de las ocho de la mañana, ha refrescado a Dios gracias y estamos en una de nuestras dos opciones de cafetería —la otra está cerrada por vacaciones, lo que me altera un tanto—, remuevo la sacarina en el café descafeinado con leche desnatada preguntándome hasta qué punto toda esa serie de menosprecios a un café normal no acabará siendo perjudicial para la salud, y hablo… Me encanta hablar, y a veces incluso necesito que me contesten. No demasiado. Me conformo con algún monosílabo que me permita seguir la conversación como si la cosa fuera de dos en vez de algo sólo propio e intransferible.
Mi marido, el de siempre, el de toda la vida, me mira sin parpadear siquiera y me sonríe con esa sonrisa dulce, tierna, cómplice. Su mirada es tan atenta que caigo de nuevo en la trampa y sigo hablando. Le cuento sobre la nueva novela que publica uno que quisiera saber escribir, le leo la noticia que el propio ínclito ha esparcido por las redes sociales. Expongo mi valoración como un veredicto.
Mi esposo sigue mirándome.
Me emociono con su perenne atención e incluso me atrevo a preguntar algo, nada difícil, si acaso una opinión, un vestigio de participación por su parte en el cotilleo.
Él no me quita ojo. Se bebe el café e intercala un amable: “¿Quieres otro?”.
Asiento. Mira a la camarera y pide otros dos descafeinados, desnatados… y vuelve a su sonrisa. Callado. No contesta a mi pregunta. La repito. Me mira con atención. Casi devoción parecería a ojos de un observador desconocido.
Me escama.
Pero me sonríe. Con una sonrisa que ya me atrevo a interpretar, que parece decir: “No sé de qué me hablas, pero aquí estoy”.
Entonces recuerdo aquel relato que escribí no hace tanto, La extraña pareja, y le digo a bocajarro:
—¿Qué herencia? (Léase en mi blog).
Él parece salir del inframundo, de la caja vacía (léase asimismo en mi blog) o de dondequiera que se halle, me mira sorprendido, parpadea por primera vez y exclama:
—¿Querencia? ¿Quién y a qué?
Me trago el café.
No tiene arreglo. Pero no me enfado. Opino que es mejor así, sin discutir. Nunca me ha gustado que me lleven la contraria.
Eso sí: ahora ya sé por qué escribo. Es un arte que no necesita respuesta.


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6 opiniones en “El café”

  1. Ja Ja Ja….Lo de los inefables Tip y Coll y esto que publicas tiran del mismo ‘hilo’.Maravilloso !!!Y sí, está cerrado hasta Septiembre, echo de menos el olor a tostadas de ajo cuando paso por la puerta, me encantan las tostadas de ajo, que le voy a hacer !!!Impaciente por la ‘nueva novela’…

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    1. Muchas gracias, Germán.
      Deseando que abran mi primera opción de cafetería…, aunque la otra tb tiene un café buenísimo… Pero ya tengo cierta edad y necesito mis rutinas para poder acabar la novela…
      Un abrazo y muchas gracias por leerme.

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