La hora del ángelus

Domingo, a pocos minutos de las 12:00, la hora del ángelus.

Es extraño porque acostumbro a madrugar, pero hoy, víctima de un Valium 5 que me tomé anoche para relajar y rebajar, en la medida de lo posible, un dolor de cuello, se me han pegado las sábanas y he llegado al café a una hora vergonzosamente avanzada. Tras dicho desayuno tardío, Juan y yo —perdón, no he dicho que me acompañaba mi marido, quien también se ha levantado tarde pues aprovecha con fruición mis diazepam—, con el ánimo de mantener a raya mi nivel de glucosa en sangre, decidimos iniciar una larga caminata de varios kilómetros empezando por una de las pocas calles sin demasiada inclinación, ya que esta ciudad se caracteriza por estar plagada de cuestas; por otra parte, algo normal si tenemos en cuenta que se construyó en la falda de una montaña. Las cuestas, símbolo inequívoco de que aquí todo se hace un poco más difícil, sobre todo lo concerniente a los medios de transporte como tranvía o ferrocarril, dificultan nuestra andadura y merman las ganas de mantenerla y/o extenderla en el tiempo. Por ese motivo y porque el café del domingo estaba allí mismo, elegimos la vía pública conocida como Gran Eje para iniciar la marcha.

La cosa empezó bien. Me veo caminar con ímpetu, explicando a mi marido los distintos recorridos que hago a diario, las nuevas tiendas que han abierto, pocas, y las viejas que han cerrado, muchas. Y, así, caminamos felices, sin prisa pero sin pausa, esquivando con cierta continuidad y demasiada asiduidad los excrementos de animales variados, que, sin el conocimiento de éstos y con la poca cabeza de sus dueños, vienen a depositarse en la parte más centrada de la acera, como si pasearan con una cinta métrica, escuadra y cartabón, para detener a la mascota en el punto central y decirle: aquí.

Naturalmente, son más los que no recogen los excrementos que los que lo hacen, aunque alguno he visto. Y lo he visto porque también se sitúan bien centrados en la acera para que orinen y defequen sus amigos de otra especie, mucho más mimados y consentidos que cualquier niño humano, del que siempre opinan que mejor no darle caprichos. Cosa que no entiendo en absoluto. No sé si debería callarme esta afirmación, pero no me la callo. Me gustan los animales, algunos, pero me parto la cara por los niños.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Decía que caminábamos alegremente cogidos de la mano, cuando me acordé de que en breve iban a abrir una nueva librería en este Jaén que tan falto está de estos negocios, además una Re-Read, de libros baratos en buen estado. A mí me gustan nuevos, pero siempre es conveniente tenerlo todo estudiado. Una ráfaga de aire fresco roza mi rostro y siento que algo va a ocurrir de forma inminente. Tal vez ya hayan abierto la librería, o me haya tocado el cupón de la ONCE… Algo bueno, intuyo. Sobra decir que siempre he presumido de mi intuición. Total, que digo:

—Creo que nos la hemos pasado. Retrocedamos un poco, cariño —Y es que soy muy cariñosa hablando; a veces. No necesariamente están de acuerdo los demás con esta afirmación.

Damos la vuelta, quedando yo en la cara interna de la acera, a un metro escaso de los portales. Y, justo en ese instante, ya divisando mis ojos el escaparate de la librería, aún cubiertos los cristales de papeles que ocultan su interior a la par que anuncian su próxima apertura, miré el reloj: la hora del ángelus. Y entonces ocurrió. Una cantidad aproximada de cinco litros de agua, quizá más, quiero entender que de regar las macetas, aunque cabe también pensar que fuera de fregar la terraza o de vaciar alguna otra marranada, cayó sobre mi cabeza provocando en mí un amago de infarto, además de un estropicio en mi cabellera, en la ropa, las gafas y en mi escaso pero elegante maquillaje.

Mi marido, como acostumbra, tuvo más suerte. No le cayó ni gota. Un señor que pasaba por allí, con otro perro dispuesto a lo mismo que los mencionados con anterioridad, tuvo la fortuna de desviarse del trayecto para depositar algo en una papelera. Pero vio lo ocurrido.

Yo miré hacia arriba hecha unos zorros y bastante cabreada. Me fijé en el número: era el 35 de dicha avenida. En las terrazas no se veía un alma, como si toda vida humana hubiera abandonado el edificio. Sólo en el último piso se divisaban macetas, muchas por cierto y plagadas de bellísimas flores. Algún alma miserable, de aquellas a las que aún les queda mucho camino por recorrer para alcanzar el nirvana o, mejor dicho, un mínimo de vergüenza, se había escondido tras lanzar sus restos acuáticos desde un séptimo piso a las 12 de la mañana, cuando otros vecinos vestidos de boda, niño trajeado incluido, salían de su portal dos segundos después del aguacero, cuando personas mayores con sus andadores iban pisando boñigas de perro y arrastrándolas pegadas a sus zapatillas de paño hasta la iglesia de la acera de enfrente.

Pero la afortunada he sido yo. He de reconocer que siempre he sido una mujer suertuda; no podía ser menos en esta ocasión. Me cayó todo. Si llega a ser la lotería, me hincho.

En la Edad Media, año arriba o abajo, y sucesivas salvo la presente, las gentes, al menos más empáticas, antes de lanzar el contenido de sus bacines por las ventanas, gritaban: ¡agua va! Y los paseantes, ya precavidos por el aviso, se apartaban como podían, evitando, si no el olor nauseabundo, sí que les cayera encima.

El hecho, porque lo importante es el hecho, es que el paseo ha tenido que suspenderse, más por asco que por enfriamiento. Para mi desgracia, no he notado que el líquido, pensemos en agua, estuviera frío, sino más bien algo tibio. Lo que me hace acordarme de la progenitora del tipo o la tipa vacía-bacines o riega-macetas.

¿Acaso no está prohibido, si no por una ordenanza municipal, sí por el sentido común y cívico, regar macetas a esas horas del día?

Supongo que está igual de prohibido que dejar los excrementos centrados en las aceras, que tirar los papeles y todos los residuos en mitad de la calle, que escupir en el suelo o al filo del zapato del transeúnte, que apretarse un orificio nasal y soplar los mocos al aire por el otro, como veo a menudo por las cuestas de Jaén, ya sea subiéndolas o bajándolas…, que llenar los suelos de los bares de todo un lujo de servilletas de papel que han limpiado las bocas o, mejor dicho, los hocicos, ya que hay que ser cerdo para tirarlo todo al suelo en lugar de dejarlo en el plato si es que no hay papelera al uso, o quizá se trate de un extraño afán de abonar la solería con residuos orgánicos a modo de una especie de compost marrano.

El hecho, decía, es que me he vuelto rauda a casa para darme una larga, en el tiempo, ducha con una especial insistencia en restregarme con estropajo, gel y champú, mientras un pensamiento obsesivo ocupa mi mente: Que la intuición no me falla, aunque ande errada al juzgar en positivo los presagios, y que quizá, y sólo quizá, se minorarían las deudas municipales y veríamos la ciudad más limpia, también de Bernabé Soriano para abajo, si se empezara a multar en serio el comportamiento cochambroso de la pocilga humana.

La hora del ángelus… Hay que joderse.

La campanilla

Tanta energía en una mujer para estudiar, para aprender, para enseñar, para trabajar, para soñar, para proteger, para sobrevivir, para amar… apasiona a la par que agota. 

Desde que te conozco, y de eso hace ya muchos años, tantos que apenas recuerdo la vida sin ti, he dado por hecho, y he aceptado feliz, que me ibas a sobrevivir. Quizá por esa vitalidad, por tu mirada digna, por tu valentía y por esa fuerza que desprendes por cada poro de tu piel. Siempre te he pensado invencible. 

—Quiero irme primero; vivir sin ti ha de ser insoportable —me has repetido muchas veces.

— De eso nada; tienes cara de vivir cien años. O más —Siempre he estado convencido de que mi destino era ir por delante en esa cuestión. Aunque sólo sea por justicia. Pocas veces me dejas ir a la cabeza —. Sonrío y acaricio tu cabello.

—¿Tú crees?

—Sí. Además, ¿cómo me vas a dejar solo? ¿Quién me va a regañar, a dar las instrucciones…?, ¿quién me va a recordar cada noche que baje la basura?

Esta conversación la hemos tenido tantas veces… Y todo eso, que sonaba tan lejano, tan imposible, porque los seres humanos nos sabemos mortales, pero vivimos como si sólo lo fueran los demás, los otros, todo eso, insisto, al final llega. ¡Vaya si llega! 

Llevamos juntos tanto tiempo, amor mío, que me he acostumbrado a tus manías, a tus horarios, a tus excentricidades, como eso de la campanilla —que tocas como si llamaras a maitines, ¡ay, Dios!—, a tus cambios de humor, a tus presentimientos o intuiciones, como acostumbras a llamarlas, a que me cuentes tus sueños al despertar con la certeza absoluta de que quieren decir algo importante. 

Te veo sentada en tu sofá color cereza del Jerte, leyendo o escribiendo, con tus gafas bien colocadas, sin deslizarse ni un milímetro por tu nariz, entusiasmada. Parece mentira lo que te pueden gustar las palabras, su sonido, su melodía, su voz. Y yo, con mi libro, escuchando la radio o viendo la televisión y dando cabezadas. Hasta que un sonido metálico, un tilín agudo, familiar y, sin embargo, desagradable me provoca un pálpito que me acelera el corazón y me saca del sopor.

—Baja la basura —escucho a posteriori.

Y yo, arrastrando las zapatillas, renqueando con mi prótesis en la rodilla derecha, me dirijo al lavadero de la cocina, cierro la bolsa con maña y la bajo al contenedor.

Y ahora estoy aquí. Acabo de volver a casa, a nuestra casa, con lo que me queda de ti en una urna que, finalmente y tras mucho dilucidar, no resulta bonita.

Todo lo que no te dije porque siempre he sido callado y más bien soso, quiero decírtelo ahora. El silencio me pesa como una lápida, la que nunca quisiste tener. Me falta tu voz en cada habitación. Pero puedo olerte. Estás aquí, en el aire, en las cortinas, en los muebles… Y en los libros. Creo que, en cualquier momento, vas a aparecer a mi lado en la cocina, haciendo la comida, que tu lado de la cama va a estar cálido, que puedo agarrarte la mano, abrazarte y oler tu pelo mientras duermes.

¿Quién me regañará ahora? ¿Quién me dirá que no coma tanto? ¿Quién me mirará con resignación con cada nueva mancha que me caiga en el pijama, en la camisa, en el chaleco…? ¿Y quién me va a recordar que baje la basura?

Sentado en el sillón blanco abrazo la urna de tus cenizas y cierro los ojos. Es imposible sentir más mi soledad.

De repente, vuelve como en un eco ese sonido metálico, cantarín, ese tilín con el que los dioses o los ángeles, tú eres las dos cosas, envían un mensaje, una señal. Abro los ojos y, debo de estar soñando, porque me parece ver que tu campanilla se posa en la mesa, como si alguien la hubiera levantado y vuelto a soltar. Pero no hay nadie. Como en esas películas de Disney antiguas, las buenas, las que te hacían soñar, donde las teteras y las tazas cantaban y danzaban como reinas del celuloide. 

Tú sí que sabes contar cuentos, fabular, pienso en voz alta. 

Me levanto contigo en brazos, en tu urna, te dejo en la librería, junto a tus libros preferidos, y te enciendo una vela blanca. Miro a un lado y a otro y no sé qué hacer, ni dónde ir, ni qué decir. Y entonces escucho tu voz; tu voz, que nunca cambió, tu voz que es la única que me saca de mi ensimismamiento. Tu voz suena en la habitación y ni siquiera siento que sea un milagro. Me parece normal.

—Baja la basura —susurras.

Me levanto, feliz, y vuelvo a arrastrar mis zapatillas… y la prótesis de rodilla.

La verdad

(Mi relato para la Velada poética feminista organizada por la Concejalía de Igualdad del Ayto de Martos, 20/9/2024).

La verdad

Me duele el cuello. Y el túnel carpiano. Dicen que mi postura, escribiendo y leyendo sin hartazgo, no me va bien para las cervicales, ni para el brazo, ni la mano derecha. Pudiera ser, no digo yo que no, aunque luego me dolerá la escápula o la cabeza, porque lo malo de las poetas es que no nos queda claro si el dolor constante y cambiante es de escribir o de que no nos lean, que no nos oigan, que no nos vean. Si es de la ansiedad creativa que inunda el alma y aprieta en la mandíbula, o más bien de la vacuidad del corazón y del bolsillo. 

Me miro al espejo. No estoy mal, me digo en voz alta. “Para mi edad…”, me susurra mi mente, siempre mi peor enemiga.

Me siento frente al ordenador y miro los numerosos archivos de poemas y más poemas, años de arduo trabajo, de soñar despierta, de inmensa felicidad, que apenas dura un instante, y de terribles círculos del infierno; lo que me lleva a recordar a Dante y a Virgilio… a anhelar la Divina Comedia.

Conmovida, rebusco en los cuadernos que escribí antaño, entonces a mano, con esa letra redonda, cuidada, de trazo fuerte, una letra cabreada, herida… Más palabras, más poesía… Acaricio las portadas de mis libros,publicados con tanto esfuerzo como ilusión, y aspiro su aroma a vainilla, a historia, a cultura, a amor y odio. A poesía.

Lloro; no quiero hacerlo, pero lloro. Lloro de emoción, de orgullo, y también de rabia, por mí, por mis sueños rotos. Lloro de impotencia, de exceso de pasión inservible, traidora… Me pregunto si no podría ser menos vehemente, menos fervorosa… Pero entonces, no sería poeta. Siento decepción, angustia, ira… Y pienso en tantas otras mujeres antes de mí que pasaron invisibles por la literatura, por su mundo: ignoradas, rechazadas… O disfrazadas para ser leídas.

Confieso que no soy romántica, ni tierna, ni suave, que hay algo que bulle en mí, que me empuja y me desarma, que me abraza hasta asfixiarme, que me ama y me destroza… Que mi poesía es, cada vez más, una súplica, un lamento, casi una orden: ¡Léeme!¡Siénteme! Pero de vuelta no obtengo ni el eco.

Y pese a la crítica mordaz, por parte de propios y ajenos, de que tengo un concepto demasiado elevado de mí misma, trago saliva y vuelvo a escribir. Me sé poeta.

 Sirvan mis versos de lucha, de oración, de crítica, de liberación de mi alma o de la vuestra, porque la verdad, y en justicia os digo…, la verdad, insisto, es que soy buena. Muy buena.

Velada poética

Martos, 20/9/2024

IX Recital Poesía Feminista organizado por la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Martos, coordinado por María Ascensión Millán y amenizado por las magníficas voces de Lola Olvido y el coro “Verde y plata”. Recitan las compañeras del Taller itinerante de lectura y escritura La silla de anea.

Escritoras jiennenses invitadas:

Teresa Viedma Jurado

Ana Moreno Soriano

Rosario Sabariego

Colaboré con mi relato, “La verdad”, en el que me meto en la cabeza de una poeta para denunciar la invisibilidad que han sufrido y sufren las mujeres poetas.

Llegando a la Velada Poética
Leyendo mi relato “La verdad”
Con Chony Millán y las poetas Jiennenses Ana Moreno y Rosario Sabariego

Lola Olvido interpreta La flor de la canela

Los lectores opinan

Muchas gracias a todas las integrantes del Taller de lectura y escritura “La silla de anea” de Martos (Jaén) por leer mi novela “Gris plata” y especialmente a Chony Millán por esta reseña:

«Alicia acostumbraba a caminar rápido, con paso firme, erguido. Era una mujer segura de sí misma, sin complejos y muy atractiva. A sus cuarenta años, todavía había hombres que se giraban al verla pasar. Lo sabía pero hacía tiempo que no le importaba lo más mínimo sentirse admirada».

Así comienza Gris plata, de Teresa Viedma Jurado, una novela cuya lectura nos tiene totalmente entusiasmadas. ¿Quién habrá atropellado a Alicia? ¿Y por qué? La cuestión es que no podemos parar de leer… Hoy, lectura al lado de la Fuente de la Villa, con el sonido de sus aguas cantarinas de fondo. Un lujo de tarde de lectura.