Reseña de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”

Por Juan Alfonso Guzmán Viedma.

Naces, y no eliges dónde. Vives, y no decides cómo. Te apasionas, y no sabes por quién. Te hundes, y no sabes por qué. Sigues día tras día, año tras …

Reseña de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”

Doble de azúcar

Me senté en la terraza del Café du Trocadéro. Sólo quedaba una mesa libre, pero se trataba de la mejor posicionada. Desde ella podría verla venir. Sí… porque vendría, con toda seguridad, vendría. Conocía bien mi fuerza y mi capacidad de persuasión.

Me ajusté el nudo de la corbata y saqué un cigarrillo de la pitillera que ella me había regalado. Miré la inscripción:

A Dennis con amor. Therésè.

El camarero se acercó.

—¿Un café? —inquirió ofreciéndome lumbre.

—Sí, por favor. Espresso y con doble de azúcar.

—Enseguida, señor.

El camarero entró en el establecimiento y volvió a los pocos minutos con la bandeja y el espresso que desprendía un agradable aroma a café café.

Rasgué los dos sobres de azúcar y los eché a un tiempo en la taza. Removí con la cucharilla y, mientras daba el primer sorbo, la vi, aún en la distancia, inconfundible y a la vez distinta. Su cabello de un rubio más oscuro, casi castaño. Muy diferente al cobrizo habitual. Una blusa blanca y una falda rosa palo ajustada a la cintura que le marcaba unas curvas de ensueño.

Nunca la había visto de rosa. Su color favorito es el verde. Y también el rojo. Nunca rosa. Pero ahí estaba; era ella, Therésè, única e inimitable. Y tremendamente loca por mí.

Caminaba despacio, con la mirada evasiva, como buscando algo en la calzada. ¿Qué podía ser?

Parecía una diosa. Dulce y deliciosa. Y con los humos bajados. Domeñada al fin por su amor, por su Dennis. Por mí.

La noche anterior había jurado que no volvería a verme, pero yo, antes de dejarla con un portazo, le dije: 

—A las 11 en el Café du Trocadero. Irás y lo sabes. Siempre vas. 

Y allí estaba. Caminaba sin mirar al frente —seguramente avergonzada por su rendición—. Estaba claro que me había visto.

Therésè era una mujer moderna, de las que se dicen “libres” y discute, reivindica, se enoja. Pero, a mí…mejor me sabe la gloria de la victoria.

Ahí estaba, después de tanto jurar y perjurar su asco infinito por mí.

Estaba claro que no podía vivir sin mis abrazos, sin mi aliento en su boca, sin mi virilidad…

Y ¡tiene gracia! Hasta me trae flores…

No sabe cómo disculparse. Casi me da lástima. Pero sólo casi. Se merecía mi enojo y mis duras palabras. Ella debe saber que soy un hombre; y como tal tengo mis debilidades varoniles. Es normal que sienta celos cuando me sabe ligón y mujeriego. Pero el amor todo lo puede. Y Therésè muere de amor por mí.

Se acercó con paso firme. Podía oír el tap-tap de sus zapatos de tacón al chocar contra los adoquines. El ramo de flores sujeto con ambas manos. ¿Eran rosas? No las veía bien.

Se detuvo ante mí, me sonrió y bajó la mirada en actitud servil. Definitivamente estaba preparada para que le pidiera matrimonio.

—Hola, Therésè. Parece que finalmente has venido.

—Claro Dennis. Tenía que venir.

No pude evitar una carcajada. Sentía que el fuego ascendía por mi cuerpo, inflamaba mi orgullo y, por qué no decirlo, también mis gónadas.

—¿No vas a sentarte? —le mostré la silla junto a la mía.

—No, querido —contestó con una dulzura y un brillo en la mirada que me cautivaron, aunque también me desconcertaron.

Me metí la mano en el bolsillo, saqué una cajita de la joyería Le brillant y le mostré un anillo de oro blanco con una deslumbrante piedra verde. Su favorita: una esmeralda.

Entonces ocurrió algo inesperado por completo. Por más que había imaginado, incluso calculado, nuestra reconciliación, jamás habría podido prever su reacción.

Se aproximó radiante como una novia, cogió la joya con la mano izquierda y de la derecha dejó caer el ramo de flores.

¿Qué era aquello? No entendía lo que veía. Algo no me cuadraba.

Y sucedió. Dos disparos rápidos: al corazón y a la cabeza.

Mientras agonizaba, escuché su dulce voz:

—Como a ti te gusta: doble. Como el azúcar. 

Caí muerto. Mi alma inmortal la vio alejarse tranquila. Nadie se movió.

Cuando la policía llegó ella había desaparecido de la escena.

Más tarde la vi de nuevo. Lucía su aspecto habitual: cabello cobrizo y vestido verde hierba.  Contemplaba las profundas aguas del Sena. Con expresión satisfecha lanzó lejos un paquete atado con un cordel. Como espíritu que era, pude ver que contenía la peluca castaña, la blusa blanca y la falda rosa palo, y una pesada piedra que aseguraba su hundimiento.

En la estación de París Bercy cogió el primer tren a Florencia. En su dedo anular derecho portaba la esmeralda. La vendió al primer joyero del Ponte Vecchio. Hoy luce uno más valioso, más bello, que su nuevo novio italiano ha puesto en su dedo arrodillándose ante ella.

Y yo, muerto pero consciente, feo, decrépito y aburrido, me paseo por los círculos del infierno. Del segundo, con los lujuriosos, al noveno, con los traidores, en un instante. Y otros, aún más feos y decrépitos que yo, estafadores, violadores y asesinos, se ríen de mí. 

—Estúpido principiante —me escupen.

Y yo, con toda la eternidad por delante, grito en mi desesperación:

Hélas, Therésè! Quelle cochonne tu es!

O en español, que una vez muerto de todo se sabe:

¡Ay Therésè! Cuán puerca eres…

Presentación de “El asesino de la puntilla” en Alcaudete.

Una tarde-noche mágica hablando de literatura y de mi novela “El asesino de la puntilla” en La Casa de la Cultura de Alcaudete. Muchas gracias al Ayuntamiento de Alcaudete, a su alcaldesa, Yolanda Caballero, y a Gádor Moya.

Podéis verlo aquí https://youtu.be/7p73uat5fWg?si=oks4YDsYr0fuazrq

Una conducta deplorable

Tengo un amigo, un buen amigo, lo que no deja de ser extraño a día de hoy, que, leyendo mi artículo “Los bien nacidos”, me aconsejó no escribir de esa manera, no dejar entrever mi esencia, mis opiniones, mi vida… “La gente sabrá entonces demasiado”, sentenció. Y no deja de llevar razón en sus miedos.

No sé si en ese o en otros escritos dejo ver mis pensamientos, mi carácter burlón, mi sensibilidad, mi ideología liberal o mi buena o mala estrella. No sé si cuando escribo me hago presente como un espíritu que vaga por este mundo hasta hallar a su médium, las letras, para manifestarse.

En otros momentos de mi vida, dicho aviso amistoso me habría puesto en guardia: solía importarme lo que conocidos o desconocidos pensaran de mí y cualquier crítica o afrenta habría podido, y de hecho pudo, dañarme. Pero hoy, más por los daños que por los años, y más por las alegrías que por las penas, me da absolutamente igual que alguien sepa o intuya saber algo o todo sobre mí. Aunque, la verdad, me considero muy interesante para mí y poco o nada para los demás. Quizá hubo un tiempo en que lo fui para ciertas personas de conducta mejorable, ya fuera por el cargo que otrora ocupaba o por algún otro atractivo a la vista de aquellos, ya fuera este físico o económico, del que solían aprovecharse cuando me cogían desprevenida.

Si releo cualquiera de mis artículos, compruebo que fácilmente se intuye lo que pienso sobre la política o los políticos, mi idea de la libertad, la importancia que le doy a la cultura y a una buena ortografía y, más aún, lo que para mí significa mi familia, y no hablo en el sentido siciliano del término, que también. Y más claro aún se lee y se ve que no perdono la cobardía. En cada una de mis novelas ahí estoy yo de nuevo: la lucha de una mujer fuerte y capaz por ser tratada con respeto, aunque bien es cierto que mis protagonistas lo logran y yo no siempre lo conseguí en el ámbito laboral, aunque sí en el personal que es mucho más importante e interesante. En los relatos, en los cuentos infantiles… es cierto que se me puede identificar, aunque los personajes sean de lo más dispares. Incluso cuando se trata de personajes contrarios a mis ideales y creencias, que manifiestan lo contrario a lo que pienso, se nota que son mis antagonistas, y por tanto que representan aquello que odio o en lo que no creo.

Realmente, si dejo ver algo de mí en mis palabras no es por poseer un concepto muy elevado de mí misma, un exceso de amor propio, egocentrismo u orgullo mal entendido. No es que sea yo misma en cada golpe de letra que sale de mi alma. En absoluto. Mis personajes se enfocan en distintas direcciones, tienen luces y sombras, ninguno es puro ni perfecto, pero hay algunos que, por más que se endurezcan, que hayan sufrido, nunca son capaces de cualquier cosa para obtener lo que anhelan, que no venden su alma, y otros que, como Fausto, no dudan en hacerlo y no vacilan en matar, física o socialmente, por conseguir lo que pretenden. Estos últimos no suelen tener miedo a que los cojan, y sí que poseen un concepto demasiado elevado de sus capacidades.

Por supuesto, las personas que creen ver en mis escritos mis más profundos sentimientos, temores, sufrimientos o anhelos es porque ya tienen una idea preconcebida, buena o mala, generalmente lo segundo, de mí. Y les agradezco que me lean, que me comparen, que piensen que tengo la mala leche de Rebeca, la suerte de Alicia, la inseguridad de Clara o cualquier otro atributo de mis protagonistas. Pero lo que verdaderamente me fascina es esa gente que me lee sin conocerme, sin haber hablado conmigo, sin imaginarme más que por la foto, realmente favorecedora, de la solapa de algún libro o de las publicadas en mi blog o en las redes sociales. Que no saben en qué he trabajado, qué era mi padre, o cómo pensaba mi madre. Si tengo hermanos, si mi marido me ama de verdad, si tengo hijos, si me gusta cocinar, si he engordado o sigo conservando mi aspecto, antaño favorecedor. A qué partido político voto, si soy feminista de las antiguas o de las confusas de hoy en día… Y que, a pesar de ello, se imaginan a Rebeca Zabala en «El asesino de la puntilla», con su cabello rojo y su vestido de punto verde hierba, inteligente, exigente, curiosa y resolutiva, y no piensan en la autora, o sea, en mí, o si lo hacen es como en alguien abstracto capaz de dar vida a historias que entretienen, que les gustan… O que no.

Y eso me hace feliz. Por tanto, y a pesar de que sé que mi amigo me aconseja lo que cree que es mejor para mí, no dejo de gritar al mundo a golpe de letra las palabras que creo que han de alimentar al menos a un espíritu libre: el mío.

Después de todo, soy de la opinión de que cualquier escritor deja siempre en cuanto escribe algo suyo, su impronta, sus ideales, su manera de ver el mundo, sus ilusiones o desilusiones, aun diciendo lo contrario, aun denunciando aquello en lo que uno cree. La época elegida en una novela histórica muestra el gusto, o disgusto, por la sociedad de la época. Los mundos fantásticos de la literatura de Tolkien señalan la capacidad de soñar, de indagar, de ahondar en lo más profundo de la naturaleza, del hombre e incluso de Dios, o de los dioses… Y las novelas de misterio protagonizadas por mujeres fuertes, aunque sensibles, apuntan a una persona que sueña con la justicia, con el triunfo de la verdad, de la paz.

Así que no, no tengo miedo a que me conozcan en cada letra, en cada palabra, en cada pensamiento que transmito en un artículo porque, si algo he aprendido con la edad, es que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, te van a dar lo mismo y yo, al menos, quiero vivir y morir haciendo y diciendo siempre lo que me sale del alma. Todo lo demás, por más que nos engañemos, no deja de ser una conducta deplorable.