La rara

Siempre me ha asombrado lo poco que les duele la cabeza a algunas personas; a muchas. Como esas que siempre acompañan las publicaciones, historias, reels y todas esas cosas de las redes sociales con música desagradable, al menos para mis oídos; música alta, con percusión violenta, de estribillos cansinos y poco mensaje en sus letras. Me dan punzadas en la cabeza e inmediatamente quito el volumen al móvil y paso de largo.

Me pregunto qué milagro de la naturaleza les ha dotado de esa salud de hierro que les proporciona una vitalidad asombrosa, casi hercúlea, de manera que, a edades ya significativas, sigue apeteciéndoles en cualquier momento y situación una feria o, peor aún, una boda, con su tarea de hablar con unos y otros, sin ton ni son, sobre asuntos poco claros y para nada importantes; vestidos además con ropa incómoda, a menudo ridícula, y rematados, en el caso de las mujeres, por un calzado que, si bien eleva el trasero y perfila los muslos, también, y por contra, estruja y maltrata los pies hasta casi desfallecer.

Me intriga sobremanera cómo es posible que personas que rondan los 60 coman, engullan mejor dicho, con ansias y sin ardores; fumen en las puertas del lugar, haga frío, calor o caigan chuzos de punta; bailen la conga dando un espectáculo ridículo y beban alcohol como si no hubiera un mañana. Porque cuando uno es joven aguanta lo que le echen, aunque bien es cierto que yo, que siempre fui rara, me comportaba igual que ahora, quiero decir que no me gustaban nada ni conciertos ni bodas ni ferias ni espectáculos de luz, sonido y aglomeraciones de gente, se laven o no. Pero, cumplida cierta edad, tanto vigor, tanto brío, puede deberse a un prodigio de la naturaleza.

Además, y para mayor gloria de mi sexo, lleva de moda algunos años ya el agravante femenino que consiste en colocarse un número indeterminado de mujeres (¿acaso amigas?, lo dudo) pubis contra culo, con el objeto de no mostrar a la cámara sus abdómenes, consiguiendo de esta forma una imagen mujeril absurda que las denigra desde la primera hasta la última.

Para más inri, algunas de mis semejantes llevan tocados o pamelas —lo que es considerado por los expertos el culmen de la elegancia— tan grandes como una sombrilla de playa, lo que dificulta aún más el objetivo de arrimar el mismísimo propio al trasero o ano de otra hembra de su misma especie.

Y todo ello al son de una música mala, demasiado alta y asesina, que va golpeando mi cabeza abruptamente mientras huyo desesperada hacia cualquier otro lugar, generalmente mi casa, donde el silencio reine por encima de todas las cosas.

Y ya con el pijama, lo primero es lo primero, me tomo un analgésico y al cabo de un rato mis sienes se aplacan, un poco, nunca del todo; descanso con una toalla húmeda y fresca en la frente y no deseo escuchar ni a los pájaros que trinan en el patio. Silencio absoluto, sólo roto por unas palabras suaves, agradables y familiares que me preguntan:

¿Te apetece un té?

Siento que estoy en el paraíso y contesto:

Sí. Verde y con limón, por favor.

Y cuando la tetera y las tazas suenan en la cocina, víctimas del ajetreo y la amabilidad marital, la cabeza se resiente de nuevo, pero entonces me tapo ligeramente los oídos, casi de manera imperceptible, y pienso:

Peccata minuta.

Y es que mucho peor es siempre una boda.

Encuentro con lectores: Club de lectura Jaén Catedral.

21/1/2025

El asesino de la puntilla…

Se sabían la novela casi mejor que yo…

Una tarde mágica con el Club de lectura Jaén Catedral.
Muchas gracias por leer “El asesino de la puntilla», por compartir vuestras opiniones, por vuestro ánimo y vuestra sonrisa.
Con lectores así, da gusto…📚

Nos tuvieron que echar porque cerraban…

Reseña de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”

Por Juan Alfonso Guzmán Viedma.

Naces, y no eliges dónde. Vives, y no decides cómo. Te apasionas, y no sabes por quién. Te hundes, y no sabes por qué. Sigues día tras día, año tras …

Reseña de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”

Doble de azúcar

Me senté en la terraza del Café du Trocadéro. Sólo quedaba una mesa libre, pero se trataba de la mejor posicionada. Desde ella podría verla venir. Sí… porque vendría, con toda seguridad, vendría. Conocía bien mi fuerza y mi capacidad de persuasión.

Me ajusté el nudo de la corbata y saqué un cigarrillo de la pitillera que ella me había regalado. Miré la inscripción:

A Dennis con amor. Therésè.

El camarero se acercó.

—¿Un café? —inquirió ofreciéndome lumbre.

—Sí, por favor. Espresso y con doble de azúcar.

—Enseguida, señor.

El camarero entró en el establecimiento y volvió a los pocos minutos con la bandeja y el espresso que desprendía un agradable aroma a café café.

Rasgué los dos sobres de azúcar y los eché a un tiempo en la taza. Removí con la cucharilla y, mientras daba el primer sorbo, la vi, aún en la distancia, inconfundible y a la vez distinta. Su cabello de un rubio más oscuro, casi castaño. Muy diferente al cobrizo habitual. Una blusa blanca y una falda rosa palo ajustada a la cintura que le marcaba unas curvas de ensueño.

Nunca la había visto de rosa. Su color favorito es el verde. Y también el rojo. Nunca rosa. Pero ahí estaba; era ella, Therésè, única e inimitable. Y tremendamente loca por mí.

Caminaba despacio, con la mirada evasiva, como buscando algo en la calzada. ¿Qué podía ser?

Parecía una diosa. Dulce y deliciosa. Y con los humos bajados. Domeñada al fin por su amor, por su Dennis. Por mí.

La noche anterior había jurado que no volvería a verme, pero yo, antes de dejarla con un portazo, le dije: 

—A las 11 en el Café du Trocadero. Irás y lo sabes. Siempre vas. 

Y allí estaba. Caminaba sin mirar al frente —seguramente avergonzada por su rendición—. Estaba claro que me había visto.

Therésè era una mujer moderna, de las que se dicen “libres” y discute, reivindica, se enoja. Pero, a mí…mejor me sabe la gloria de la victoria.

Ahí estaba, después de tanto jurar y perjurar su asco infinito por mí.

Estaba claro que no podía vivir sin mis abrazos, sin mi aliento en su boca, sin mi virilidad…

Y ¡tiene gracia! Hasta me trae flores…

No sabe cómo disculparse. Casi me da lástima. Pero sólo casi. Se merecía mi enojo y mis duras palabras. Ella debe saber que soy un hombre; y como tal tengo mis debilidades varoniles. Es normal que sienta celos cuando me sabe ligón y mujeriego. Pero el amor todo lo puede. Y Therésè muere de amor por mí.

Se acercó con paso firme. Podía oír el tap-tap de sus zapatos de tacón al chocar contra los adoquines. El ramo de flores sujeto con ambas manos. ¿Eran rosas? No las veía bien.

Se detuvo ante mí, me sonrió y bajó la mirada en actitud servil. Definitivamente estaba preparada para que le pidiera matrimonio.

—Hola, Therésè. Parece que finalmente has venido.

—Claro Dennis. Tenía que venir.

No pude evitar una carcajada. Sentía que el fuego ascendía por mi cuerpo, inflamaba mi orgullo y, por qué no decirlo, también mis gónadas.

—¿No vas a sentarte? —le mostré la silla junto a la mía.

—No, querido —contestó con una dulzura y un brillo en la mirada que me cautivaron, aunque también me desconcertaron.

Me metí la mano en el bolsillo, saqué una cajita de la joyería Le brillant y le mostré un anillo de oro blanco con una deslumbrante piedra verde. Su favorita: una esmeralda.

Entonces ocurrió algo inesperado por completo. Por más que había imaginado, incluso calculado, nuestra reconciliación, jamás habría podido prever su reacción.

Se aproximó radiante como una novia, cogió la joya con la mano izquierda y de la derecha dejó caer el ramo de flores.

¿Qué era aquello? No entendía lo que veía. Algo no me cuadraba.

Y sucedió. Dos disparos rápidos: al corazón y a la cabeza.

Mientras agonizaba, escuché su dulce voz:

—Como a ti te gusta: doble. Como el azúcar. 

Caí muerto. Mi alma inmortal la vio alejarse tranquila. Nadie se movió.

Cuando la policía llegó ella había desaparecido de la escena.

Más tarde la vi de nuevo. Lucía su aspecto habitual: cabello cobrizo y vestido verde hierba.  Contemplaba las profundas aguas del Sena. Con expresión satisfecha lanzó lejos un paquete atado con un cordel. Como espíritu que era, pude ver que contenía la peluca castaña, la blusa blanca y la falda rosa palo, y una pesada piedra que aseguraba su hundimiento.

En la estación de París Bercy cogió el primer tren a Florencia. En su dedo anular derecho portaba la esmeralda. La vendió al primer joyero del Ponte Vecchio. Hoy luce uno más valioso, más bello, que su nuevo novio italiano ha puesto en su dedo arrodillándose ante ella.

Y yo, muerto pero consciente, feo, decrépito y aburrido, me paseo por los círculos del infierno. Del segundo, con los lujuriosos, al noveno, con los traidores, en un instante. Y otros, aún más feos y decrépitos que yo, estafadores, violadores y asesinos, se ríen de mí. 

—Estúpido principiante —me escupen.

Y yo, con toda la eternidad por delante, grito en mi desesperación:

Hélas, Therésè! Quelle cochonne tu es!

O en español, que una vez muerto de todo se sabe:

¡Ay Therésè! Cuán puerca eres…