Una lectora empedernida

El recuerdo favorito de mi infancia es abrir un libro, acercármelo a la nariz e impregnarme de ese aroma a vainilla. La explicación científica, aunque entonces no lo sabía, es la lignina, un polímero orgánico que se forma a partir de la degradación de la celulosa y que desprende ese típico olor. Pero, además, en cada libro es único; depende de la proporción de tinta, pegamentos y calidad del papel… También depende de si es nuevo o viejo, percibiendo pinceladas de madera, tierra o humo, siempre con el deje de la vainilla. El caso es que algo tan primitivo como el olfato, que el hombre fue perdiendo cuando empezó a caminar sobre dos pies, puede trasladarte a tiempos que perviven en tu memoria.

Con el descubrimiento de las letras, nació mi amor por las palabras. Leer, para mí, fue el reto más maravilloso jamás conquistado. Nada comparable a esa magia que lograba descifrar enigmas, convertir la soledad en compañía, viajar con la mente y vivir miles de vidas sin necesidad de abandonar la mía.

Tuve muy claro desde los tres años que quería ser escritora, aunque, parafraseando a Borges, siempre estaré más orgullosa de lo que he leído que de lo que he escrito o pueda escribir en mi vida. Ni un día, desde que aprendí, he dejado de leer, no concibo la vida de otra manera y a veces me cuesta entender a quienes viven sin literatura. Como dice Irene Vallejo en su maravillosa obra “El infinito en un junco”, “somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos”.

Pero los humanos tenemos la mala costumbre de comer cada día y es difícil que ese vicio te lo pague la literatura, así que una, a la par que escribía, iba ocupándose de otras actividades, bastante menos interesantes, por decirlo finamente. Leer, escribir, soñar, un proceso íntimo al que solo acudíamos los más allegados. Hasta que un día la suerte, el destino, Fortuna o qué se yo, me ofrecieron las páginas de mi periódico, Diario JAÉN, el que cada día me informa, me hace fruncir la ceja con alguna noticia desagradable o sonreír plenamente con otras. Ya son once años los que llevo como colaboradora, con todas las satisfacciones que ello me ha proporcionado.

Cuando contemplo y evalúo a mi periódico desde mi faceta de lectora, observo que cumple con su función social de informar a la vez que sirve como herramienta para interpretar el mundo. Pero, además, Diario JAÉN, a mi modo de ver, es el último reducto de la resistencia pacífica de esta provincia ya que pone de manifiesto el verdadero clamor de la sociedad jiennense, lo que en realidad nos importa, lo que necesita el tendero o el agricultor. Y reitera, sin descanso, que Jaén se siente herida, asfixiada y abandonada.

Como colaboradora agradezco verme y leerme junto a estupendos periodistas y escritores. Mi columna me ha dado la oportunidad de conocer, y que me conozca, mucha gente, de que me lean. Me ha obligado y enseñado a escribir mejor, me ha pulido, me ha impulsado a escribir novela y publicar, a llevar un blog de relatos, cuentos, cartas y artículos, me ha dado aliento de felicidad al hacer de mi vocación mi profesión, al sentirme realizada y auténtica. Y todo eso me ha enseñado a sacar fuerzas de flaqueza y seguir luchando, cual soldado de Salamina, por ese sueño de escritora, de lectora empedernida, que nació en mí entre las páginas de mis primeros libros…

Aparte de mi columna y otras colaboraciones esporádicas, me gustaría destacar algo que me ha hecho crecer, no solo como escritora, sino como persona, lo que es más importante. Me refiero a Mujer y punto. Tres años conociendo y entrevistando mujeres de Jaén del más variopinto pelaje y en todas ellas lo que más me ha impactado es esa fuerza para resurgir de las cenizas, para sostener a los suyos. Madres por encima de todo y de todos. Muchas horas de charla, con un té o un café. Montones de cuadernos con notas que guardaré toda la vida. He aprendido a reconocer en los ojos de las mujeres sus pasiones, preocupaciones, sueños y sacrificios. Hay mucho de sacrificio en las mujeres.

Mujer y punto me ha enseñado a valorar mi vida y las suyas; a valorar mi provincia y mi suerte; a descubrir la inteligencia tantas veces oculta: el valor femenino de esta provincia… Diario JAÉN me ha permitido dedicar la contraportada de los sábados a poner en valor a las mujeres de Jaén. Esto es algo muy importante, rompedor, una apuesta que no hacen muchos medios.

En resumidas cuentas: me encanta colaborar con mi columna. Para mí escribir no es solo un “hobby”, es una vocación, un sueño y una profecía autocumplida. Y Diario JAÉN me ha ayudado a hacerla realidad. Por eso estoy en este barco, por eso lo considero mi casa y a los que están,o han estado, a bordo, compañeros y amigos.

Felicidades por esos 80 años de periodismo y los que queden…

La escupidera

Hay momentos en la vida en que un poco de soledad no solo se agradece, sino que se anhela. Pero cuando tenemos la desgracia de toser tres veces, acompañadas o no de un pico de fiebre, y nos aíslan en el dormitorio como auténticos apestados, ya no nos hace tanta gracia. Y el caso es que algunos, que no todos, tenemos la suerte de disponer de libros, ordenador portátil, fibra óptica, wifi y smartphone para pasar la cuarentena viendo series, leyendo, que es lo propio, o tonteando con las redes sociales. Y lo más importante: el baño dentro del aposento. Pero entre tanta diversidad de entretenimiento y disfrute, uno, tremendamente aburrido y bastante acojonado, echa de menos algo tan intenso y en ocasiones ignorado como un abrazo. El contacto físico es tan inherente, tan consustancial y natural para el ser humano como el aire que respira, pero no nos damos cuenta hasta que nos lo prohíben. Entonces, los más aventajados en edad, aquellos que pasamos de largo el medio siglo, que crecimos viendo a “los peques” irse a la cama y normalmente formábamos parte de una familia numerosa, recordamos cómo se conseguía entonces la inmunidad de rebaño.  

Hice la comunión con seis años vestida con un hábito blanco, nada que ver con esos vestidos de princesa o novia que ahora llevan las preadolescentes cuando comulgan por primera vez. Completaban mi indumentaria unas sandalias, con sus correspondientes calcetines, estilo guiri, todo del color de la pureza, y un crucifijo de madera que colgaba de mi cuello y que yo, ya en esa edad, hubiera preferido que fuese más pequeño. Tíos, primos, hermanos, abuelos y algunos amigos, de los padres, claro, que no míos. Lo pasamos bien, si bien es cierto que al día siguiente presentaba unas pequeñas ronchas que inmediatamente mi madre identificó como una enfermedad infecciosa.

Y como mi caso, muchos.

“Estos tres ya lo han pasado, así que ten ahí a la pequeña, que aún no lo ha tenido”, decían.

Y te metían en la cama a tu hermana.

Como es natural, aún no se estilaba nada de tecnología, un cuento, y mucho era, al que dabas vueltas leyendo y releyendo mientras que, siempre a escondidas, te rascabas las molestas ronchas que tanto picaban a pesar de los polvos de talco que tu madre te echaba. Por supuesto, nada de un baño a tu disposición, ese era para los siete, pero no por ello debías salir enferma de tu habitación y recorrer el largo pasillo cada vez, ni muchos menos contener tus necesidades más básicas. Para eso estaba el artilugio más increíble jamás inventado y que, en Jaén, nuestros mayores adquirían en “Furnieles”: la escupidera. Las más artísticas eran de porcelana y, por más cuidado que se ponía, a menudo andaban desportilladas; aunque ya empezaban a comercializarse en plástico de distintos colores: azul para los niños y rosa palo para las nenas. Material este que celebrábamos con alegría por su resistencia y fácil lavado, sin saber la que nos iba a caer con el reciclaje a pocos años vista.

Cuando la necesidad apretaba, sumida en ronchas y fiebre, tirabas del recipiente que asomaba por debajo de la colcha y allí, en asombrosa multitud familiar, entre tu cama y las de tus hermanas, te despachabas a gusto. Todo era más natural que ahora. Y allí quedaba. Tu madre se ocupaba luego de llevársela y devolverla oliendo a lejía para tu uso o el de otro pariente.

Solíamos pasar la enfermedad de dos en dos, o tres; dependía del número de hermanos y de la diferencia de edad. Todos vacunados. Y no es que fuera algo benigno o sin importancia, pero nuestros mayores tenían claro que formaba parte de la infancia ir mostrando por rachas distintos tipos de ronchas ya que, nos aclaraban, lo peligroso era pasarlo de mayores. No sé si es cierto, pero siempre corría el rumor de que tal o Pascual lo tuvo ya de “mocico” y por eso no pudo traer descendencia.

A falta de redes sociales donde comprobar las lindezas o estupideces de los amigos que apenas conoces, pasabas el mal trago con tus hermanos, leyendo e imaginando auténticas aventuras al estilo de “Los cinco” de Enid Blyton con los amigos de verdad, a los que no veías ni llamabas mientras duraba la cosa, pero sabías que estaban ahí, como aquel que dice, a vuelta de escupidera.

Así que ahora, cuando echo la vista atrás recuerdo con cariño aquel hábito blanco, las sandalias feísimas y a mis tías diciendo: “Qué bonica está la niña con esas pecas que le han salido”.

Pecas, pecas, como que no eran.

¿Cómo no íbamos a adquirir la inmunidad de rebaño? En primer lugar, éramos eso, rebaño, camada, y compartíamos habitación, cama, cuento, sarampión y escupidera.