Mi color favorito

Cada uno tiene sus costumbres y sus gustos, y en ellos se deleita. Digamos que sobrevivimos aferrados a unos usos, a unas rutinas que, cuando menos, engañan a la mente en el continuo empeño de perpetuarnos en este mundo que, con sus más y sus menos, es el único que conocemos. Sobre todo, cuando uno cruza el umbral de la cincuentena y anda cerca de que le llamen “anciano”, o “anciana”, que es casi peor. 

Pues, como digo, en el devenir de mis ritos cotidianos, una de mis usanzas es caminar por la ciudad, mínimo una hora, para controlar algunas de mis deficiencias orgánicas, como la subida de azúcar, de tensión, de colesterol… En fin, todo sube, dicen. ¿Por qué iba yo a ser diferente?

El caso, a ver si acabo ya con las digresiones, es que en ese caminar matutino me tienta siempre algún escaparate que me muestra un jersey de mi color favorito. Me gusta el tacto de la lana suave, el punto suelto, ancho, que se posa en mi piel como hecho a medida. Y me gusta el verde, pero no el verde pistacho, ni el verde limón. No, ésos no. Me gusta el verde musgo, el verde hierba, el verde de las hojas de los árboles en primavera. El verde del paisaje de Irlanda o de Escocia. Ése es mi verde. Y mi armario está lleno de jerséis de ese verde.

Pero uno no debe circunscribirse a un pensamiento único, eso es de gente sin escrúpulos, autoritaria. Aburrida.

Así que hoy, en mi paseo matutino, que intento explicar sin demasiado éxito, veo un maravilloso jersey rojo. Sí, rojo. Y me gusta casi más que los verdes.

Venzo las dificultades que me ocasionan unas cervicales cada vez más jodidas, tengo tortícolis, y giro lentamente la cabeza para contemplar en su conjunto dicha prenda.

Compruebo que, efectivamente, me atrae, pero, para someterme al hechizo, necesito ver el precio del pulóver, que aparece impreso en un pequeño cartel al pie del maniquí que lo porta junto con un pantalón que no me interesa en absoluto.

Doy un paso hacia el escaparate, segura de mí, con ganas de encontrar un coste asequible a mi malhadada economía y enfoco los ojos tras mis gafas en el cartelito.

¡Mmm…, es caro!

Me niego al gasto en mi pecunio propio, pero se me ocurre que quizá podrían regalármelo mis chicos por Navidad. Una gran idea, ya que me permitiría tenerlo sin desembolsar ni un céntimo.

Inmediatamente me imagino cómo mejora mi aspecto con el jersey bermejo. En mis ensoñaciones debo de andar por los 18 años, porque me veo como solía ser, y no como soy.

En esa nebulosa de querer y no poder, y de ser y no ser, ocurre algo insólito. Y digo insólito por lo que me fastidia, por lo que no debería ser, pero es. ¡Vaya si es!

Un caballero, por llamarlo de alguna manera, un varón blanco, caucásico —creo que ahora no es antropológicamente correcto decirlo así, aunque quién sabe si no venga este hombre del Cáucaso…—, un varón caucásico, decía, sin presentar molestia alguna en sus cervicales a pesar de su edad, tan cercana, año arriba o abajo, a la mía, gira el cuello con la agilidad de un búho y escupe.

Un lapo de mi color favorito, el verde, sale sin piedad de sus entrañas para ir a caer justo delante del escaparate de mi jersey rojo, ese que sueño como regalo de Navidad, y roza casi imperceptiblemente mis zapatos nuevos, cómodos, relucientes. Elegantes a la par que informales.

Y el caucásico blanco devuelve su cuello a la posición de inicio y sigue caminando como si nada extraño hubiera ocurrido. Como si la educación cívica de toda una vida se hubiera evaporado en una demencia temprana.

A mí me enseñaron que no se escupía en la calle, ni tampoco en interiores. Para ese menester, en caso de extrema necesidad, estaban los inodoros o retretes, que contaban con cisternas para eliminar las pruebas, también las escupideras, que se limpiaban ipso facto después del uso, y, en defecto de todos ellos, siempre era necesario hacer uso discreto de un pañuelo; hoy, por suerte, de papel, pero antaño de tela… Un fastidio, sin duda.

Recuerdo que la primera vez que subí a un autobús urbano leí un cartel escrito a bolígrafo: “Prohibido escupir en el autobús”. Yo, extrañada, pensé en la inconcebible necesidad de recordárselo por escrito a los usuarios de semejante medio de transporte…

Pero, por lo visto, era necesario. Igual que se hace necesario ahora ponerlo en los escaparates de las tiendas de jerséis.

Ahora mismo, siento una tremenda necesidad de quitarme el zapato o cortarme el pie y tirárselo a la cabeza. Pero el caballero va rápido, ha girado y mis cervicales me impiden ver con claridad dónde se halla.

Miro las punteras de mis zapatos, los filos de las suelas; parece que no lo llevo incorporado. Me refiero al lapo. Luce verde en el suelo.

Quizá ha sido un mensaje del hado —ya se sabe que algunos caminos son inescrutables—, recordándome que, al fin y al cabo, mi color favorito es, y siempre será, el verde.

Silencio, se rueda

De los votos que, creo, sigue exigiendo la vida monástica, el que más dificultad tendría, sin duda, en acatar es el de silencio.

Porque el de pobreza, quien más y quien menos, en esta época y con este gobierno, ya lo tiene asumido. El de castidad, después de todo quien no come por haber comido… Y en cuanto al de obediencia, como escribió  Góngora: 

“Ande yo caliente y ríase la gente.

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno…”.

Pues eso, que a mí ya me importa poco quien quiera destacar siempre y cuando me dejen en paz. 

Pero el silencio no, el silencio es aterrador. De ahí que se castigue el mal comportamiento de los presos con el aislamiento.

Yo, que siempre he sido una gran conversadora;  yo, que acostumbraba a hablar horas y horas; yo, que, toda idiota, aseguraba necesitar un momento de silencio… Pero nada es eterno.

Y ahora, que por escuchar una voz, me sorprendo hablando conmigo misma mientras cocino, paseo, escribo o pienso; que, por desear una conversación a cualquier precio, me hallo aquí una tarde más, con la vista clavada en la pared, anhelando que aquellas caras de Belmez, que tanto misterio y conversación urdieron, se manifiesten ante mí y me cuenten sus cuitas…

Silencio no, prefiero la muerte.

Silencio nunca. Ni aunque me maten.

La hora del ángelus

Domingo, a pocos minutos de las 12:00, la hora del ángelus.

Es extraño porque acostumbro a madrugar, pero hoy, víctima de un Valium 5 que me tomé anoche para relajar y rebajar, en la medida de lo posible, un dolor de cuello, se me han pegado las sábanas y he llegado al café a una hora vergonzosamente avanzada. Tras dicho desayuno tardío, Juan y yo —perdón, no he dicho que me acompañaba mi marido, quien también se ha levantado tarde pues aprovecha con fruición mis diazepam—, con el ánimo de mantener a raya mi nivel de glucosa en sangre, decidimos iniciar una larga caminata de varios kilómetros empezando por una de las pocas calles sin demasiada inclinación, ya que esta ciudad se caracteriza por estar plagada de cuestas; por otra parte, algo normal si tenemos en cuenta que se construyó en la falda de una montaña. Las cuestas, símbolo inequívoco de que aquí todo se hace un poco más difícil, sobre todo lo concerniente a los medios de transporte como tranvía o ferrocarril, dificultan nuestra andadura y merman las ganas de mantenerla y/o extenderla en el tiempo. Por ese motivo y porque el café del domingo estaba allí mismo, elegimos la vía pública conocida como Gran Eje para iniciar la marcha.

La cosa empezó bien. Me veo caminar con ímpetu, explicando a mi marido los distintos recorridos que hago a diario, las nuevas tiendas que han abierto, pocas, y las viejas que han cerrado, muchas. Y, así, caminamos felices, sin prisa pero sin pausa, esquivando con cierta continuidad y demasiada asiduidad los excrementos de animales variados, que, sin el conocimiento de éstos y con la poca cabeza de sus dueños, vienen a depositarse en la parte más centrada de la acera, como si pasearan con una cinta métrica, escuadra y cartabón, para detener a la mascota en el punto central y decirle: aquí.

Naturalmente, son más los que no recogen los excrementos que los que lo hacen, aunque alguno he visto. Y lo he visto porque también se sitúan bien centrados en la acera para que orinen y defequen sus amigos de otra especie, mucho más mimados y consentidos que cualquier niño humano, del que siempre opinan que mejor no darle caprichos. Cosa que no entiendo en absoluto. No sé si debería callarme esta afirmación, pero no me la callo. Me gustan los animales, algunos, pero me parto la cara por los niños.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Decía que caminábamos alegremente cogidos de la mano, cuando me acordé de que en breve iban a abrir una nueva librería en este Jaén que tan falto está de estos negocios, además una Re-Read, de libros baratos en buen estado. A mí me gustan nuevos, pero siempre es conveniente tenerlo todo estudiado. Una ráfaga de aire fresco roza mi rostro y siento que algo va a ocurrir de forma inminente. Tal vez ya hayan abierto la librería, o me haya tocado el cupón de la ONCE… Algo bueno, intuyo. Sobra decir que siempre he presumido de mi intuición. Total, que digo:

—Creo que nos la hemos pasado. Retrocedamos un poco, cariño —Y es que soy muy cariñosa hablando; a veces. No necesariamente están de acuerdo los demás con esta afirmación.

Damos la vuelta, quedando yo en la cara interna de la acera, a un metro escaso de los portales. Y, justo en ese instante, ya divisando mis ojos el escaparate de la librería, aún cubiertos los cristales de papeles que ocultan su interior a la par que anuncian su próxima apertura, miré el reloj: la hora del ángelus. Y entonces ocurrió. Una cantidad aproximada de cinco litros de agua, quizá más, quiero entender que de regar las macetas, aunque cabe también pensar que fuera de fregar la terraza o de vaciar alguna otra marranada, cayó sobre mi cabeza provocando en mí un amago de infarto, además de un estropicio en mi cabellera, en la ropa, las gafas y en mi escaso pero elegante maquillaje.

Mi marido, como acostumbra, tuvo más suerte. No le cayó ni gota. Un señor que pasaba por allí, con otro perro dispuesto a lo mismo que los mencionados con anterioridad, tuvo la fortuna de desviarse del trayecto para depositar algo en una papelera. Pero vio lo ocurrido.

Yo miré hacia arriba hecha unos zorros y bastante cabreada. Me fijé en el número: era el 35 de dicha avenida. En las terrazas no se veía un alma, como si toda vida humana hubiera abandonado el edificio. Sólo en el último piso se divisaban macetas, muchas por cierto y plagadas de bellísimas flores. Algún alma miserable, de aquellas a las que aún les queda mucho camino por recorrer para alcanzar el nirvana o, mejor dicho, un mínimo de vergüenza, se había escondido tras lanzar sus restos acuáticos desde un séptimo piso a las 12 de la mañana, cuando otros vecinos vestidos de boda, niño trajeado incluido, salían de su portal dos segundos después del aguacero, cuando personas mayores con sus andadores iban pisando boñigas de perro y arrastrándolas pegadas a sus zapatillas de paño hasta la iglesia de la acera de enfrente.

Pero la afortunada he sido yo. He de reconocer que siempre he sido una mujer suertuda; no podía ser menos en esta ocasión. Me cayó todo. Si llega a ser la lotería, me hincho.

En la Edad Media, año arriba o abajo, y sucesivas salvo la presente, las gentes, al menos más empáticas, antes de lanzar el contenido de sus bacines por las ventanas, gritaban: ¡agua va! Y los paseantes, ya precavidos por el aviso, se apartaban como podían, evitando, si no el olor nauseabundo, sí que les cayera encima.

El hecho, porque lo importante es el hecho, es que el paseo ha tenido que suspenderse, más por asco que por enfriamiento. Para mi desgracia, no he notado que el líquido, pensemos en agua, estuviera frío, sino más bien algo tibio. Lo que me hace acordarme de la progenitora del tipo o la tipa vacía-bacines o riega-macetas.

¿Acaso no está prohibido, si no por una ordenanza municipal, sí por el sentido común y cívico, regar macetas a esas horas del día?

Supongo que está igual de prohibido que dejar los excrementos centrados en las aceras, que tirar los papeles y todos los residuos en mitad de la calle, que escupir en el suelo o al filo del zapato del transeúnte, que apretarse un orificio nasal y soplar los mocos al aire por el otro, como veo a menudo por las cuestas de Jaén, ya sea subiéndolas o bajándolas…, que llenar los suelos de los bares de todo un lujo de servilletas de papel que han limpiado las bocas o, mejor dicho, los hocicos, ya que hay que ser cerdo para tirarlo todo al suelo en lugar de dejarlo en el plato si es que no hay papelera al uso, o quizá se trate de un extraño afán de abonar la solería con residuos orgánicos a modo de una especie de compost marrano.

El hecho, decía, es que me he vuelto rauda a casa para darme una larga, en el tiempo, ducha con una especial insistencia en restregarme con estropajo, gel y champú, mientras un pensamiento obsesivo ocupa mi mente: Que la intuición no me falla, aunque ande errada al juzgar en positivo los presagios, y que quizá, y sólo quizá, se minorarían las deudas municipales y veríamos la ciudad más limpia, también de Bernabé Soriano para abajo, si se empezara a multar en serio el comportamiento cochambroso de la pocilga humana.

La hora del ángelus… Hay que joderse.