Un estatus que mantener

(Publicado el 30/4/2025 en Jaén hoy Grupo Joly)

Tengo sueño. Después de un día, una noche y otra madrugada sin luz, sin teléfono, sin internet y, lo que es peor, sin ascensor. Sin batería en los móviles ni gasoil en los coches (lo confieso, son de gasoil), pero con la ansiada y amada compañía de mis chicos, cuando por fin llegaron, y de una pieza de colección, que encontré exhausta tras registrar los cajones, un bien de incalculable valor: una pequeña radio a pilas que me informaba de cómo otras ciudades iban recuperando la conexión y la civilización, mientras nosotros en este Jaén nuestro, que para todo es siempre el menos suertudo, seguíamos en tinieblas comiendo pan bimbo y galletas, aparte de la dosis diaria de medicamentos.

Yo, feliz con la radio de siempre —que, a diferencia de la televisión y de internet, nunca falla—, me acompañé de una linterna y unas velas (las había normales, del montón, y aromáticas; estas últimas con un fuerte y adorable olor a frutas del bosque, por lo que consideré que el postre iba incluido en el pack).

Mientras escuchaba atenta cómo nuestro país pasaba de prometedor a tercermundista, cómo miles de viajeros continuaban, después de horas y horas, encerrados en los trenes y otros tantos en los ascensores…, daba gracias a Dios por haberme librado de dichas situaciones. Para mí habría sido fatídico. Baste decir que mi claustrofobia es tan fuerte que me habrían sacado de allí directa al tanatorio. Pero, mientras sufría con la mala suerte de tantos otros escuchando las noticias en el pequeño, barato y omnipotente artefacto vintage provisto de una coqueta antena periscópica, debo reconocer que esperaba, y ansiaba, una explicación de por qué, cuando a las 12:30 del mediodía me senté en el sofá con un libro y el ordenador, dispuesta a leer o escribir, sin previo aviso se apagó la luz de mi lámpara blanca de pie y no volvió en más de veinte horas.

Lo de la escasez de iluminación estaba mal, pero la ausencia de línea telefónica, de WhatsApp, de correo electrónico y el cansino trauma de ver durante horas la misma noticia en las redes sociales (una que aludía a una juez de Badajoz que procesaba a un conocido músico), eso era mucho peor.

Ansiosa, en mi línea, me preguntaba por qué me había pillado el apagón sin apenas batería en el móvil, por qué todo fallaba en mi tranquilo mundo artificial. No podía pensar con claridad (siempre paso por unos minutos, muchos, de protesta enérgica antes de hacerlo), pero mis chicos, cuando llegaron, tuvieron el acierto de bajar, para más tarde y en repetidas ocasiones subir, las ocho plantas hasta el garaje donde, a oscuras, reposaban los coches familiares para arrancarlos y cargar en ellos los móviles que habrían de mantenernos igual de incomunicados, pero que en algún momento nos darían una alegría. Alegría a la que se unió la de habérseme ocurrido, justo antes del caos, cocinar una olla de pasta con tomate. Me pregunto si siempre habré sido una visionaria sin saberlo…

Aunque yo no pude abrir la boca para tragar, ellos, mis chicos, sí comieron. He de decir que lo último que pierden es el hambre. Así, mientras se atiborraban de pasta fría y gazpacho casi templado, yo seguía con el estómago estragado escuchando la radio y esperando que alguien me explicara si habían sido los rusos, los chinos, los israelíes o, peor aún, los nuestros.

El hecho, y lo importante es el hecho, es que, con o sin intención, alguien metió la pata. Mi experiencia me demuestra que la pata la suele meter siempre alguien que obedece ciega y obcecadamente a otro inútil, su superior jerárquico, sin más motivo que el de mantenerse en el puesto.

Esto me recuerda que, en cierta ocasión, ya casi olvidada, un hasta entonces buen amigo y jefe asistió a otros en sus envidias y consintió en mi salida de determinada organización. Le dio vergüenza, está claro, porque sólo después de quince meses se atrevió a llamarme e implorar mi perdón, ya que, me explicó, él tenía un estatus que mantener. No le quedaba otra que obedecer. No cayó el pobre infeliz con estatus, que yo también lo tenía…, que todos tenemos algo que queremos mantener.

Pues bien, la pasada noche del apagón, llamémosla la primera por si hubiera más, yo me entretenía pensando quién sería el del estatus en esta ocasión. Quién obedeció la orden a sabiendas de que se la daba alguien con fuertes carencias en materia energética. Seguramente, uno de esos que ahora abundan, de los que dicen que no es bueno saber demasiado del tema para el que te contratan.

Y es que, en esto del estatus, da igual si se trata de empresa privada o pública. O de si es pública camuflada bajo un “paraguas” de privadas (ahora se lleva hablar del paraguas). O de si es privada participada y mandoneada por, como diría un buen romano, la res publica.

Así que ahora tengo sueño. A pesar del silencio y de la oscuridad, no he dormido un carajo, agobiada como estaba por comprobar el saldo de mi cuenta en cuanto el dichoso móvil dejara de escupirme esas palabras: “Sin servicio”.

Y es que soy desconfiada con qué pasa en los apagones. Después de todo, yo también tengo un estatus… Como aquel jefe que tuve y que Dios confunda. Como el obediente o el torpe de la red eléctrica.

Héroes y villanos

A menudo resultaría de lo más conveniente tener a mano uno de esos superhéroes que surcan el cielo con su capa al viento o saltan de edificio en edificio. Que salvan vidas y ponen en su sitio a villanos del más variado pelaje. Estos héroes que llevan el prefijo “super-” son personas de valores sin parangón, fuertes e inteligentes. Criaturas de otros mundos o, de ser terrícolas, resultado de un experimento científico o víctimas de la picadura de un arácnido.

Pero que estos sean personajes de ficción no significa que, a nuestro alrededor, no existan héroes y heroínas de los de a pie, sin capa ni calzoncillos por fuera. No hay muchos, pero alguno queda. Son los que, fieles a sus principios, no se venden, ni se callan, ni clavan el puñal en la espalda de un inocente aun a sabiendas del coste que supone defender la dignidad propia y ajena. Decía Scott Fitzgerald, novelista de la llamada Generación Perdida:“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. Muy cierto; porque héroe es ese tipo molesto que te pone frente al espejo y te enseña la etiqueta de tu cobardía. Y, claro, eso no gusta. Tener dignidad se paga, pero no olvidemos nunca que lo barato sale caro y que el precio por mantenerla siempre merece la pena.

Seis pastillas

En la historia del mundo ocurren de vez en cuando, y entre periodos de enorme aburrimiento, acontecimientos importantes que suponen un cambio brusco, un salto en el tiempo, el inicio de una nueva era. Hechos como el descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la escritura, la conquista de América, la Revolución francesa o la bomba atómica provocan que la vida deje de ser como venía siendo y se abalance con valentía, o sin más remedio, a lo desconocido. 

Lo mismo sucede, a grandes rasgos, en nuestra pequeña historia. Los días se repiten sin pena ni gloria, pasan los años de manera suave y escalonada y vamos cubriendo etapas: bautizo, comunión, colegio, universidad, trabajo, boda… De niño a adulto, de hijo a padre, sin enterarte, hasta que de repente te percatas de cuán mayor te has hecho y cuentas los años que te quedan para ir al cine con descuento y cobrar la pensión, si es que queda algo cuando llegues. Ya no eres el que siempre has sido, a pesar de seguir siendo el mismo. Y la ropa no te queda igual, aunque ocurra el hecho insólito de que tengas la misma talla. Ni pesas igual. Se ha producido una metamorfosis profunda. El capullo se ha convertido en mariposa. O viceversa.

Esto es lo que sucede en ese instante mágico en el que uno deja temporalmente, la felicidad no dura para siempre, de asistir a bodas (lo que da un cierto respiro), para pasar a ser convocado cada vez con mayor asiduidad a funerales y exequias. Toca despedir a amigos y familiares que, en el mejor de los casos, tenían cierta edad, que incluso a veces son de la tuya. O menos… Lo que te pone aún más los pelos de punta.

Tú asistes con cara de circunstancia y, si el tiempo lo permite, con un jersey oscuro de cuello vuelto, que siempre viene bien para ocultar los signos inequívocos de la edad, aunque tienes claro que los que están allí la conocen; pero alegrándote secretamente de tu suerte: después de todo estás vivo y ahí sigues, dando guerra, yendo a entierros. Con tus seis pastillas diarias de media, más las de los dolores, los “paracetamoles”, cuyo número varía según la meteorología.

¿Qué le vamos a hacer? La otra opción, la de ser el protagonista del sarao, es peor. En estos casos es preferible ser actor secundario. Además, como decía Gandalf el mago en El Señor de los anillos: “Un héroe sólo juega un pequeño papel en las grandes hazañas”. C’est la vie. Sólo nos queda esperar que, la que nos quede, nos dejen vivirla en paz algunos políticos que padecemos, cuyo deseo es convertir este país en Gotham, y sin murciélago que lo evite. De ésos quizá sí, más pronto que tarde, y en sentido figurado, te gustaría asistir a su funeral y, dependiendo de tus creencias, proclamar en tono circunspecto: ¡Por fin! ¡Todo llega! o ¡Alabado sea el Señor!

Entonces, compasivo después de todo, rememorarás aquel salmo que dice: “Que en verdes praderas me hace recostar. Junto a tranquilas aguas me conduce, me infunde nuevas fuerzas…”. A lo que el coro de los desesperados contestará: “Amén”. Y, emocionado, sueñas despierto… Y que yo lo vea.

(Publicado en el diario digital Jaén hoy el 11/2/2025).

Estado de necesidad

(Publicado en Jaén Hoy el 15/1/2025)

Lo malo de llegar a cierta edad es que a uno le ha dado tiempo a vivir demasiadas situaciones irracionales e injustas. Lo bueno, que sigues vivo, y por tanto susceptible de ser nuevamente utilizado, engañado y/o bendecido, esto último, casi siempre, en la esfera privada. En la pública, cada vez con mayor frecuencia, el descaro con el que se usa y abusa de la ley me provoca una sensación de irrealidad que me hace preguntarme si vivo en un Estado de Derecho o más bien de necesidad.

Cuando era una joven estudiante que se adentraba en la letra y el espíritu de la ley, me sentí una privilegiada porque me amparaba una constitución que me garantizaba, ante todo, justicia. Nunca me imaginé que mi seguridad jurídica, y la de todos, pendiera de un hilo tan frágil e incontrolable, como el que tejían las Moiras griegas. Que un país, o su gobierno, pudiera caer en una guerra de argucias y traiciones. Pero, como dijo Sun Tzu, la clave de la guerra es el engaño.

Y esto, con independencia del coraje, lo que provoca es asco. Como cuando vas a comprar fruta y te la dan podrida. Y tú la ves podrida. Y te la cobran. Y se ríen. Entonces te sientes humillado por saberte engañado y saber que el que te engaña sabe que lo sabes… Pero el sátrapa cree que te aguantarás porque tienes miedo. Porque aquellos que deberían protestar, que para eso cobran, se agachan tanto y con tal flexibilidad yóguica que se les ve el culo. En pompa. Y casi circunstancia. Como la famosa marcha de Edward Elgar.

Por eso, en estos tiempos tan indecentes en los que cuesta caro ser decente, se hace imposible permanecer inmóvil y prudente, y vuelvo a preguntarme dónde quedaron los principios básicos que garantizaban la libertad, la igualdad y la seguridad jurídica.

Me enseñaron que la justicia es una diosa ciega, que no distingue entre las personas y que se aplica de forma equitativa. Entonces, ¿cómo es posible tanta burla? ¿Cómo es posible tanto cobarde?

Callados y arrogantes a la par que arrastrados.  Como decía Unamuno: “A veces el silencio es la peor mentira”.

La ley es lo más sagrado que tenemos. Tanto que el concepto de justicia lo atribuimos a Dios. Es por eso que, hasta en los momentos más duros de la vida, uno ha de defender la verdad, la honestidad, la justicia, la bondad y el decoro. Y no permitir que nada ni nadie nos arrebate lo único con lo que nacemos: la libertad de ser y de querer ser. Ningún gobierno debería negar a sus ciudadanos el derecho a defenderse, a poder acudir a sus jueces, independientes e imparciales, a vivir en paz, a luchar por lo suyo, a pensar como quiera y a expresarse con toda la libertad del mundo.

Y, de hacerlo, no queda otra que levantarse y luchar contra la tiranía.

Porque, tal vez, esa escasez tan manifiesta de principios y valores que se da mucho en la “res publica”, la cosa pública, en ocasiones próxima a la “cosa nostra”, tal vez, decía, se deba únicamente a una desconsiderada y total carencia de vergüenza. Y de dignidad.

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Annus horribilis

Annus horribilis

A veces los astros se alinean sin piedad, con cierta dosis de saña, y empiezan a ocurrirte hechos, en el mejor de los casos un tanto desagradables, que se suceden uno tras otro en una especie de efecto dominó, dando lugar a lo que llamamos un año malo. Lloramos nuestra mala suerte y nos olvidamos de esas cosas auténticas de la vida que, a fin de cuentas, son lo único que importa, como esa persona que te ama de verdad, esa familia que te ampara o el techo que te cobija.

De cualquier manera, es cierto que hay años peores que otros, años en los que perdemos a seres queridos, sufrimos decepciones profesionales o personales y aprendemos, a la fuerza, que hemos hecho uso de la palabra amistad muy alegremente. Demasiado. “Ad nauseam”, diría yo.

Dicen que unas veces se gana y otras se aprende. Vendrán años buenos y malos, podrás incumplir millones de propósitos, llorar y patalear o mirarte al espejo, sonreír y aprender a caminar solo. Y si aprendes a recuperarte, a seguir adelante sin aquellas personas que pensaste que siempre estarían en tu vida y a hacer las cosas por ti mismo, entonces, además de aprender, habrás ganado. Porque la única persona que volverá a ponerte siempre de pie no es otra que tú.