NOVEDADES

Un día de suerte

El frenazo sonó discordante, cabreado, inarmónico. Como yo.

La verdad es que nunca he sabido controlar mi mal genio. He saltado y bufado como una cafetera italiana en cuanto las cosas se han torcido, pero esto último ya erainsoportable.

Me miré en el retrovisor. Estaba guapa. Como siempre.

Entre mis múltiples y variadas cualidades está la de tener un cabello rubio cobrizo que cae en ondas sobre mi rostro acariciando levemente mis bellos labios. En fin, has acertado: tengo un concepto muy elevado de mí misma.

Mi madre solía decir que para que los demás te vieran espectacular bastaba con moverse con seguridad y creerse más guapa que nadie.

Así que, ¿qué importa cómo sea? Yo me veo estupenda, me siento estupenda, me oigo estupenda…

Cogí el bolso del asiento del copiloto y me bajé del coche dando un portazo. Lo miré. Estaba mal aparcado, pero no me importaba en esos momentos. No tenía tiempo para andar con minucias.

Aunque, en realidad —soy impulsiva pero no idiota—, algo me preocupé; no me convenía una multa en ese lugar a esa hora. No quería pruebas. 

Pero no me detuve. Seguí adelante. Iba a acabar con aquello de una vez. Esa cabrona de crítica no volvería a hablar mal de ninguno de mis libros en su repugnante podcast de tres al cuarto.

Abrí el bolso y saqué la careta de Donald Trump que acababa de comprar en un chino de lujo. Me la puse.

Con paso decidido, segura y sin soltar mi bolso, avancé hasta la esquina de la calle y entré en el bar. Nunca había estado allí, pero era tal y como me lo imaginaba: cutre. Muy cutre. Como la cateta que tomaba un cortado con los labios pintados por fuera de sus bordes. Sobre la banqueta alta, la ínclita se rascaba disimuladamente el trasero, sin ningún éxito en su intento de que dicho comportamiento pasara desapercibido. 

La miré. Me miró. Un amago de bigote color café hacía juego con su propia pelusilla negra. 

No sé si me reconoció o creyó ver a Donald Trump con botines y bolso a juego. Se frotó los ojos —más le habría valido hacerlo con el hocico—, como creyéndose sumergida en un profundo sueño húmedo en el que una entrevista al presidente de los EEUU la catapultaba a una fama deseada y para nada merecida.

Ella sí que escribía mal. Pensaba mal. Hablaba mal.

Ante su sorpresa, y la del camarero que dormitaba sobre la barra, abrí el bolso, saqué la jeringuilla con una dosis alta de pentobarbital sódico y corrí hacia su cuello. 

La muy zorra me esquivó en el último instante, lo que provocó que la jeringa acabara clavada en el cuadro barato de un olivar que coronaba la pared tras su enorme cabeza.

Intentó zafarse de mí. Pidió ayuda llamando al camarero:

Manolo, Manolo… ¡Trump me quiere matar!

Comprobé que no me había confundido: era idiota. Siempre lo había sido y, si no acababa pronto con ella, iba a seguir siéndolo.

El tal Manolo abrió los ojos.

—¡Fuera de aquí, no quiero líos! —exclamó.

Se ve que no era una cliente de esas que se dejan el sueldo. Siempre lo sospeché.

Así que, cuando la bocera internauta corría hacia la puerta, la muy cobarde, me detuve en seco, extraje de mi bolso —ese pozo sin fondo— la cerbatana y, con un fuerte y elegante soplido, le lancé un dardo envenenado con curare.

Es bueno ir preparada.

Cayó en el acto. Yacía inmóvil, la muy furcia, con su bigote natural laureado por el artificial.

Ya no iba a criticar más mis bellísimas e inteligentes novelas. Ni mis relatos. Nada. Muda quedó.

Cierto es que sé aceptar con madurez los elogios, pero no me ocurre igual con las críticas. No se puede ser perfecta.

Con un paso largo pasé por encima de ella, sin pisarla. Tampoco era necesario ser cruel. No va conmigo lo de ensañarse.

Al doblar la esquina, me quité la careta y la guardé de nuevo en mi bolso. Ojalá no me hiciera falta nuevamente, pero nunca está una libre de peligros…

Llegué a mi deportivo rojo. Un agente uniformado se agachaba, esforzándose incómodo con su barriga, en una clara pretensión de comprobar la matrícula y multarme. 

Ya estaba a punto de sacar de nuevo la cerbatana cuando al mencionado agente le sonó un aviso en el móvil. Lo leyó y profirió unos juramentos. Su jefe lo acababa de despedir por WhatsApp. Como dijo don Sebastián a don Hilarión en La verbena de la Paloma: “Las ciencias adelantan que es una barbaridad”.

Me miró, rompió el papel en mil pedazos y los lanzó al aire en un claro comportamiento incívico a mi modo de ver. Me jacto de respetar las normas. Algunas normas.

Me subí al coche y arranqué.

Definitivamente, era mi día de suerte.

Y es que cuando los astros se alinean, se alinean.

 

Mi color favorito

Cada uno tiene sus costumbres y sus gustos, y en ellos se deleita. Digamos que sobrevivimos aferrados a unos usos, a unas rutinas que, cuando menos, engañan a la mente en el continuo empeño de perpetuarnos en este mundo que, con sus más y sus menos, es el único que conocemos. Sobre todo, cuando uno cruza el umbral de la cincuentena y anda cerca de que le llamen “anciano”, o “anciana”, que es casi peor. 

Pues, como digo, en el devenir de mis ritos cotidianos, una de mis usanzas es caminar por la ciudad, mínimo una hora, para controlar algunas de mis deficiencias orgánicas, como la subida de azúcar, de tensión, de colesterol… En fin, todo sube, dicen. ¿Por qué iba yo a ser diferente?

El caso, a ver si acabo ya con las digresiones, es que en ese caminar matutino me tienta siempre algún escaparate que me muestra un jersey de mi color favorito. Me gusta el tacto de la lana suave, el punto suelto, ancho, que se posa en mi piel como hecho a medida. Y me gusta el verde, pero no el verde pistacho, ni el verde limón. No, ésos no. Me gusta el verde musgo, el verde hierba, el verde de las hojas de los árboles en primavera. El verde del paisaje de Irlanda o de Escocia. Ése es mi verde. Y mi armario está lleno de jerséis de ese verde.

Pero uno no debe circunscribirse a un pensamiento único, eso es de gente sin escrúpulos, autoritaria. Aburrida.

Así que hoy, en mi paseo matutino, que intento explicar sin demasiado éxito, veo un maravilloso jersey rojo. Sí, rojo. Y me gusta casi más que los verdes.

Venzo las dificultades que me ocasionan unas cervicales cada vez más jodidas, tengo tortícolis, y giro lentamente la cabeza para contemplar en su conjunto dicha prenda.

Compruebo que, efectivamente, me atrae, pero, para someterme al hechizo, necesito ver el precio del pulóver, que aparece impreso en un pequeño cartel al pie del maniquí que lo porta junto con un pantalón que no me interesa en absoluto.

Doy un paso hacia el escaparate, segura de mí, con ganas de encontrar un coste asequible a mi malhadada economía y enfoco los ojos tras mis gafas en el cartelito.

¡Mmm…, es caro!

Me niego al gasto en mi pecunio propio, pero se me ocurre que quizá podrían regalármelo mis chicos por Navidad. Una gran idea, ya que me permitiría tenerlo sin desembolsar ni un céntimo.

Inmediatamente me imagino cómo mejora mi aspecto con el jersey bermejo. En mis ensoñaciones debo de andar por los 18 años, porque me veo como solía ser, y no como soy.

En esa nebulosa de querer y no poder, y de ser y no ser, ocurre algo insólito. Y digo insólito por lo que me fastidia, por lo que no debería ser, pero es. ¡Vaya si es!

Un caballero, por llamarlo de alguna manera, un varón blanco, caucásico —creo que ahora no es antropológicamente correcto decirlo así, aunque quién sabe si no venga este hombre del Cáucaso…—, un varón caucásico, decía, sin presentar molestia alguna en sus cervicales a pesar de su edad, tan cercana, año arriba o abajo, a la mía, gira el cuello con la agilidad de un búho y escupe.

Un lapo de mi color favorito, el verde, sale sin piedad de sus entrañas para ir a caer justo delante del escaparate de mi jersey rojo, ese que sueño como regalo de Navidad, y roza casi imperceptiblemente mis zapatos nuevos, cómodos, relucientes. Elegantes a la par que informales.

Y el caucásico blanco devuelve su cuello a la posición de inicio y sigue caminando como si nada extraño hubiera ocurrido. Como si la educación cívica de toda una vida se hubiera evaporado en una demencia temprana.

A mí me enseñaron que no se escupía en la calle, ni tampoco en interiores. Para ese menester, en caso de extrema necesidad, estaban los inodoros o retretes, que contaban con cisternas para eliminar las pruebas, también las escupideras, que se limpiaban ipso facto después del uso, y, en defecto de todos ellos, siempre era necesario hacer uso discreto de un pañuelo; hoy, por suerte, de papel, pero antaño de tela… Un fastidio, sin duda.

Recuerdo que la primera vez que subí a un autobús urbano leí un cartel escrito a bolígrafo: “Prohibido escupir en el autobús”. Yo, extrañada, pensé en la inconcebible necesidad de recordárselo por escrito a los usuarios de semejante medio de transporte…

Pero, por lo visto, era necesario. Igual que se hace necesario ahora ponerlo en los escaparates de las tiendas de jerséis.

Ahora mismo, siento una tremenda necesidad de quitarme el zapato o cortarme el pie y tirárselo a la cabeza. Pero el caballero va rápido, ha girado y mis cervicales me impiden ver con claridad dónde se halla.

Miro las punteras de mis zapatos, los filos de las suelas; parece que no lo llevo incorporado. Me refiero al lapo. Luce verde en el suelo.

Quizá ha sido un mensaje del hado —ya se sabe que algunos caminos son inescrutables—, recordándome que, al fin y al cabo, mi color favorito es, y siempre será, el verde.

La víctima

La noche se desploma sobre mí a una hora aún temprana e, ipso facto, las luces navideñas comienzan a alumbrar, permanente o intermitentemente, según el capricho del ingeniero, campanas, ángeles y figuras geométricas que para nada representan, pero quieren festejar, la figura de Jesús nacido. El Redentor.

De las tiendas, todas ellas abiertas, entran y salen personas capaces de comprar cualquier cosa con sus tarjetas de crédito, para celebrar, un año más, la venida. Créditos que, a menudo, cuesta Dios y ayuda pagar… Pero ¿a quién le importa eso en estos momentos de felicidad obligada?

Los niños, con los móviles de sus madres en las manos, incluso levantan la vista para vislumbrar entusiasmados nuevas pantallas de lo que sea.

Escaparates iluminados y adornados con belenes y espumillón muestran todo tipo de objetos. Navidad…, cuando todo es más bello y la gente tiende a pensar, sin mucho acierto y ningún motivo, que es buena. Que se merecen la felicidad, la fiesta y hasta el premio de la lotería.

Camino despacio por las calles del centro. Suena música de villancicos. Los niños dan saltitos y tiran del brazo de sus progenitores pidiendo otra vuelta en el tiovivo.

Hace frío, mucho frío; me abrocho hasta arriba el abrigo y me cubro bien el cuello con la bufanda: verde. Me gusta el verde. A mi espalda llevo una mochila del mismo color con todo lo necesario para mis planes en esa hora turbia. Pesa, pero no me importa.

Llevo la cabeza alta, siempre la llevo, y los ojos vivaces, que miran inquietos y sedientos de un lado a otro… Buscando. La sangre corre por mis venas más deprisa que nunca, la adrenalina se me dispara y mi paso, antes lento, se acelera.

De repente, a pesar del viento gélido que amenaza nieve, siento una extraña sensación de fuego en el cuerpo. Ansiosa, me aflojo un tanto la bufanda dejando que el aire frío entre en mí por la boca como si mis labios también quisieran mirar y ver.

Necesito una nueva víctima. 

Me decido por girar a la derecha y adentrarme en una estrecha calle comercial. Choco con un matrimonio mayor, educada pido disculpas, aunque ellos, maleducados, sólo me miran mal y siguen su camino renegando. Después, con unos jóvenes con cortes de pelo repugnantes, a mi modo de ver, que ríen de forma desmesurada. Reír por no llorar, pienso. Ninguno de ellos sirve a mis propósitos.

Las cafeterías están abarrotadas de familias, parejas y amigos que meriendan churros, chocolate, cafés o bebidas espirituosas. Paso de largo.

Me duele el omóplato derecho y el peso de la mochila no ayuda. Llego al final de la calle, que desemboca en otra peatonal. Un espectáculo de luz y sonido mantiene a una horda de paisanos con los ojos fijos en la cúpula iluminada y la boca abierta. Aplausos y murmullos de aceptación. La gente es feliz en su ignorancia.

Mi necesidad de víctima es cada vez mayor. A lo lejos diviso a una antigua compañera de colegio. Hace cuarenta años que no la veo, pero sigue teniendo esa expresión malvada en la comisura de la boca. Se ha tintado de rubio. Siento ganas de clavarle algo en esos ojos mezquinos. No me parece una buena opción. Empiezo a desesperarme.

Siempre me ha gustado la Navidad, confío en mi suerte y sigo caminando. En la Catedral, un grupo abultado de gente se empuja para asistir al concierto de Navidad de la Escolanía. Me cuelo dentro.

Arrastrada por la gente voy a dar con mis posaderas contra una bella columna renacentista, o vaya usted a saber, frente al coro. Entonces lo veo. Allí está. Con su esposa. Antonio, mi chapista. Me hace señales de salutación y me muestra una silla vacía a su lado. Es mi momento. He de aprovechar el ruido de fondo antes de que dé inicio el concierto. Una sonrisa, no del todo hipócrita, aparece en mi rostro y avanzo hacia ellos.

— ¡Hola! Qué casualidad; mi mujer lleva tiempo queriendo conocerte. Le gustan mucho tus libros.

—¿Sí? Muchas gracias. Antonia, ¿verdad? Tu marido me habla siempre de ti. Que te gusta leer…

—Mucho, sobre todo las novelas estas de crímenes. Me han encantado tus libros, los dos.

— ¿De verdad?

—De verdad, claro que sí… —el matrimonio ríe al observar mi cara de satisfacción desmedida —. Estarás con otro proyecto, ¿no?

Asiento con la cabeza, pero mi mente sólo piensa en otra cosa. Un sabor dulce inunda mi saliva, el corazón se me acelera, los ojos me pican, casi me lloran…, y, juntando dolorosamente mis escápulas, suelto la mochila de mi espalda, la cojo, abro la cremallera, meto la mano derecha, agarro con fuerza el arma. La saco y apunto con ella.

—¿Dos? ¿Es que no has leído el último?

Antonia mira con cierto asombro el libro que sostengo en su dirección.

—A ver… No, éste no. ¿Dónde puedo comprarlo?

— Aquí mismo, en el coro.

El chapista busca en su bolsillo.

—No llevo dinero. ¿Puedo hacerte un bizum?

—Claro. No hay problema.

—Antonio —dice Antonia—, podíamos regalarle otro a mi hermana, que no sé qué llevarle a la cena de Nochebuena.

—Pues sí, y otro a la mía. Y a mi madre. Así nos quitamos el problema de los regalos de en medio. No traerás más, ¿verdad?

Las lunillas de mis ojos se dilatan como las de un gato. Con agilidad vuelvo a buscar en la mochila y saco cuatro ejemplares, y una bolsa de papel de color rojo decorada con figuritas de Papá Noel.

Los miembros de la Escolanía salen en fila con sus túnicas rojas y ocupan sus posiciones. La directora levanta la batuta.

Antonia coge entusiasmada los libros y la bolsa. Su marido me mira y susurra:

—¿Cuánto es?

Empieza el concierto. Las voces angelicales se elevan al cielo. No puedo hablar, pero necesito rematar a mis víctimas, así que abro la calculadora del móvil y, poniendo la pantalla delante de sus ojos, escribo el precio de uno y lo multiplico por cuatro. Miro a mi chapista y, aunque no sé francés, mis ojos dicen: C’est tout. Eso es todo.

El chapista abre su aplicación del banco y trastea en ella. Noto mi energía. Como esferas invisibles gira en las palmas de mis manos. Puedo detenerla, cambiar el sentido del giro, acelerarla o frenarla. Como Henley, en su poema Invictus, me siento dueña de mi destino y capitán de mi alma.

Me llega la notificación del banco: He recibido un bizum.

Miro a Antonio, luego a Antonia, y susurro: Feliz Navidad.

Percibo la energía también en la parte superior de la cabeza, en las terminaciones nerviosas de la piel que recubre mi afortunado, aunque algo destartalado, cráneo.

Deposito en el suelo la mochila, verde. El frío arrecia entre las piedras de la inmensa catedral. Me envuelvo el cuello y la boca con mi bufanda, verde; cierro los ojos, siento la música que acaricia mi alma y pienso: “Ha sido una buena venta”.

Reseña de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”

Por Juan Alfonso Guzmán Viedma.

Naces, y no eliges dónde. Vives, y no decides cómo. Te apasionas, y no sabes por quién. Te hundes, y no sabes por qué. Sigues día tras día, año tras …

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