NOVEDADES

La extraña pareja

(Dedicado a Magdalena, Susana y Mari de la Cafetería Batallas de la calle Rastro de Jaén. No la hay mejor).

Hoy, como cada mañana desde hace años, alrededor de las 8:00 entro en la cafetería, siempre la misma, tomo asiento en una de esas mesas altas y pido mi café. Me gusta esa sensación familiar de estar en mi sitio, de saber lo que quiero, lo que me gusta, y disfrutar de esa media hora exquisita. La clientela, salvo extrañas circunstancias, es la misma y nos saludamos con la familiaridad que da la cotidianeidad. Los gestos se repiten sin llegar a ser aburridos, sino muy al contrario, tremendamente tranquilizadores. Todo está controlado.

Pero hoy, como ayer, una pareja extraña ha entrado en el escenario. Con la mirada huidiza, casi culpable, juntan sus cabezas para hablar, mejor dicho susurrar, sin que ninguno de nosotros, los tertulianos, se entere de su sinuosa conversación. Ella tiene el cabello rubio, me temo que no es completamente natural, sino que un tinte, para nada barato, cubra parte de sus cabellos antaño de un castaño claro y ahora canos. Rubia, digamos, para abreviar. No es alta, ni baja, tampoco es gruesa, aunque si me estiro con la excusa de alcanzar una servilleta del servilletero, que previamente he alejado de mi lado, puedo observar una ligera molla que sobresale por encima de la cinturilla de sus vaqueros Green Coast. Hace calor, yo llevo manga corta y ella también, aunque compruebo que su piel es más morena que la mía. De ese tono y textura que apenas necesita exponerse al sol para lucir como si llevara dos meses en la playa. No soy envidiosa, pero eso siempre me ha fastidiado. En el escote en v de su camiseta luce un colgante de plata: un nudo de bruja.

—¿De qué querrá o tendrá que protegerse esta mujer?

Lleva sandalias de esas de cuerdas, para mí incomodísimas, absolutamente planas. Siempre he temido tener que ponerme unas y que todos los excrementos de canes y humanos se me adhieran a los dedos de los pies, o quizá a los talones. Incluso a menudo observo que las cucarachas caminan por las calles de nuestra ciudad como si pagaran sus impuestos. Sin miedo por su parte ni resarcimiento en nuestros bolsillos por parte de la municipalidad.

Lleva las uñas de pies y manos pintadas de un color burdeos, muy oscuro, casi negro. No me gusta.

Ella me mira mal, no parece muy simpática, como si le molestara mi presencia. O como si a mí me interesara su absurda conversación. Ha hecho lo posible y lo imposible para que no la oiga, pero la segunda parte de la misteriosa y afuerina pareja, el hombre, no es tan cuidadoso y le responde en un tono unos pocos decibelios más elevado. Hablan de una herencia. Me pregunto si, al salir del café, no irán a la notaría que hay una calle más arriba.

Ella le dice algo al hombre y él, que viste un pantalón chino en color beis y un polo de un desagradable azul cobalto, mira indiscreto hacia mi mesa. Nuestra mesa. Tiene los ojos oscuros, el cabello cano y el cuello demasiado grueso como para resultar atractivo.

Le hago señas a mi marido para que se percate del descaro de la extraña pareja, pero no se entera de lo que le quiero decir. Como no deseo que me escuche nadie, no me queda otra que enviarle un WhatsApp.

—¿Cuánto crees que heredarán? —escribo.

Él no oye el pitido del mensaje y, ajeno a la señal, da un último bocado a su tostada.

Sigo observando, por gusto, porque realmente no me interesa. Tengo una idea e inmediatamente me trago el café, bajo de la banqueta y me acerco a la barra.

—Ponme otro, por favor —pido con la amabilidad que me caracteriza.

La camarera se acerca con la taza y aprovecho para susurrar.

—¿Los conoces?

La camarera encoge los hombros y niega.

Me vuelvo con otro café que no me ha servido para nada. Pero está bueno.

De repente, ella, la mujer rubia, abre el bolso, coge un sobre que contiene algunos documentos, o quizá una agenda, y me mira. Nuevamente desconfiada. Contrariada. Pero sigue mirándome. Me inquieta esa mirada desafiante y turbia. No me gustan las personas tan descaradas, tan entrometidas.

Sigo preguntándome qué herencia cobrarán. ¿De la familia de ella o de la de él? Pienso que se trata de ella. Siempre es ella. Una mujer con suerte, que se pone morena y hereda sin apenas esfuerzo. Seguramente no notará los excrementos que roce con sus pies, que no lo he dicho pero son feos; huesudos y egipcios. De esos en que el dedo que hay junto al gordo es un centímetro más largo que el propio y se retuerce en el zapato de invierno hasta deformarse.

Mi marido me mira impávido, sin entender qué hago, en qué pienso ni qué digo. Pero se da cuenta de que tengo un segundo café y se apresura a pedir otro para él.

Suspiro. No hay manera de llevar una conversación.

Ahora es el hombre el que me mira. Y me sonríe. Siento pavor. A menudo, los asesinos en serie hacen una especie de seguimiento de sus víctimas e intentan tomar contacto para ganar la confianza de las pobres criaturas indefensas.

No quisiera corresponder, pero mi natural instinto me hace devolver la sonrisa a la par que me pregunto qué querrá de mí esa extraña pareja. Doy con el zapato en la pantorrilla de mi marido para que se percate del riesgo. Él se agacha y se limpia el polvo del pantalón, también beis. La ropa de los hombres suele ser tan previsible como uniforme.

Entonces, la rubia con el colgante de nudo de bruja se acerca a nuestra mesa con el sobre en la mano y, en un gesto carente de toda elegancia, mete los dedos y saca un libro. Mi último libro.

—Disculpe, me dice. Ayer entramos por casualidad y la reconocí. Hemos vuelto con el ánimo de encontrarles de nuevo y que me dedique el libro. Si es tan amable.

—¡Oh, sí! Por supuesto —digo cogiendo un bolígrafo que me ofrece mi marido con una sonrisa burlona. Parece que, después de todo, conocía mis sospechas…

—A Sara y Cosme —me informan.

Pienso que él debe de ser de Torredonjimeno. Les dedico el libro y se marchan dando las gracias.

La camarera se acerca.

—Os han invitado —manifiesta sorprendida.

Mi marido, encantado con el ahorro, me mira.

—¿Qué historia te estabas inventando? Es que no paras…

Nos marchamos también, hasta la mañana siguiente, pero yo no me voy tranquila. Ellos saben quiénes somos, dónde desayunamos y lo que nos gusta hacer. Sin embargo, yo sigo sin saber qué herencia va a recibir la extraña, aunque lectora, pareja.

Mi marido mira su móvil al fin y lee mi WhatsApp.

—¿Herencia? ¿Qué herencia?

Un nuevo afán

(Publicado en el periódico digital Jaén hoy el 9/7/20025)

Lo mejor de un libro es cuando te toca el alma. Palabras mágicas que parecen conocerte, que te atrapan y te sumergen en un mundo nuevo que te impide ceder al sueño. Palabras que enhebran historias que aguardan ser descubiertas para mostrarte el amor y el dolor, la entrega y la traición. Que te hacen ser más sabio, que te convierten en un alma vieja, un espíritu libre.

En estos tiempos convulsos en los que uno se levanta cada día con el temor a encontrarse con un nuevo escándalo y la cartera vacía, en los que confiar en el poder político es algo que supera los límites de la fe, en los que prima la traición, acudo a mis libros y recuerdo las palabras de Gandalf el Gris en El señor de los anillos: “Los traidores siempre son desconfiados”.

Debo confesar que en mi vida he conocido traidores. Muchos. ¿Quién no? Pero últimamente los que observo no son sólo traidores de éstos de andar por casa, compañeros de trabajo, conocidos o amigos, por llamarlos de alguna manera.

Hablo de otro estatus de traidores. Aquellos que se unen en el fornicio para jodernos a los demás, como si fuéramos esa basura que ni se ve ni se mira, y que, de naturaleza desconfiada, responden al dicho “cree el ladrón que son todos de su condición”; y, a la par que se unen en el negocio, se mantienen ojo avizor sin fiarse ni de su madre.

Marca inequívoca de esta desconfianza es el uso y abuso de las tecnologías para dejar constancia del vicio, incorregible y costeado con dinero ajeno, la hipocresía más abyecta y los actos contrarios a la ley y a la moral más básica.

Así son, desconfiados. Se graban los unos a los otros y lo guardan en discos duros que esconden en los lugares más insospechados, siempre con el ánimo de defenderse de una posible traición de aquel al que traicionan. Y es que la vida del hampa es dura… ¿Quién les dijo que iba a ser fácil?

Cada día nos golpean las noticias hasta dejarnos sonados, como esos boxeadores que ya no entienden, aunque sí sufren. Pero no hay que detenerse en exceso en cada una, porque mañana habrá más y posiblemente de mayor enjundia y, como señala la Biblia (Mt 6, 34), «no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”. 

Sólo nos queda respirar hondo y ser valientes porque, siguiendo con Tolkien, “los héroes desempeñan siempre un pequeño papel en las grandes hazañas”, y ese pequeño papel, ese diminuto grano de arena, como los buenos libros, también deja su impronta y puede significar la diferencia entre la desesperanza y el renacer de un nuevo día. Con su propio nuevo afán

Pecado capital

Mírala, qué fea se ha puesto…
Dice que no, pero seguro que está a dieta. Anda por ahí más delgada, sí, pero eso le hace la cara más arrugada. Además, el culo no hay quien se lo arregle.
Siempre fue culona y de poco pecho. Ahora tiene el culo plano, como una torta de maíz, pero a lo ancho, y el pecho en el ombligo. Y es que ya tiene una edad.
Y esos picos de las caderas… Ésos no se los quita ni con un cincel. Horrorosa, con esa carita de buena…
La muy puerca se metió en medio y me quitó el novio.
Cierto que no era mi novio todavía, pero eso da igual, porque lo iba a ser… Él no lo sabía, ni ella tampoco; pero yo sí.
Mírala ahora, mi amiga: fea y viuda. Un poquito de veneno para las ratas en el café y el tonto se fue para el otro mundo.
¿Para qué se lo bebió el muy cretino? No era para él. Mira tú por dónde, a ella no le gusta el café. Siempre ha sido muy tiquismiquis.
Y él venga a beber, el idiota. Pues nada, que se joda.
Y ella ahí va, paseándose por la playa. Ya me mira, ya me mira…
—¡Hola! —la saludo en la distancia.
Se quita el sombrero y me sonríe.
¡La muy envidiosa!

Si sabes quién eres

En ocasiones, si tienes suerte y un par de dedos de frente, si no has sucumbido a la torpeza, empiezas a contemplar la vida desde otra perspectiva. Han pasado los años, has luchado y has caído, pero también te has levantado mil veces. La piel pierde tersura, el cabello se torna quebradizo y cano, tu cuerpo ya no es el de antaño. Y, de repente, evitas las voces y los tumultos, el ruido cansino de la hipocresía, el LinkedIn, los trajes ajustados y los zapatos incómodos. Sin embargo, si sabes quién eres, si te quieres como te mereces, si te importas más que la imagen que proyectas, la energía volverá a destilar por tus poros y sentirás la inmensa felicidad de estar vivo. Tu corazón y tu alma cobijarán de nuevo a aquel niño valiente y soñador que luchaba contra los gigantes y sonreía al cielo. Y, llegado ese tiempo, lo importante se limita bastante y lo urgente ya no lo es tanto. Vives cada instante como es: único, irrepetible. Lo valioso es un paseo, esa maravillosa luz que te ilumina, una sonrisa, la mano que sostiene la tuya, un café, un buen libro, aquella receta de tu madre, una conversación sincera, los silencios que lo dicen todo, la verdad, la brisa fresca que acaricia tu rostro y ese abrazo que te envuelve y te resucita. Los tuyos. El amor.

(Lo publiqué en marzo de 2024 en Diario Jaén, pero creo que toca recordarlo).

El refajo

Este mes cumplo 60 años. Soy una abuela.
Ahora que uno puede concederse e imprimirse todos los títulos que quiera, me haré uno de anciana.
Abro el armario y observo interesada su interior: no encuentro nada adecuado para mi edad. Sólo tengo ropa de cuando era joven, o de cuando me creía joven, hace más o menos un mes.
Ahora lo que me iría bien, lo que pegaría, sería algún tipo de refajo negro. Y un delantal gris encima.
En mis delicados pies, unas alpargatas negras, o peor, azul marino, que mira que es feo el color, de esas con las que se amenaza a los niños que se burlan de una al grito de “¡vieja!”.
Además, no me apetece salir. ¿Dónde voy? Sólo quiero estar sola o con mi marido, que ya me tiene calada y me obvia con educación. Y con mi hijo, cuando me regala su valioso tiempo de persona joven que sueña con alcanzar la gloria. ¿Qué le vamos a hacer? Es ley de vida.
No me quedan demasiadas amigas, ni amigos… Creo que pasaron a mejor vida. Quiero decir que las que fueron amigas desde la infancia ya no lo son; o tal vez no lo habían sido nunca.
En esto de las amistades pesa mucho el qué obtengo a cambio. Es un toma y daca. Y yo ya no aporto mucho. Ni patrocino ni enchufo. Pero ofrezco letras, palabras, historias inventadas que nacen en mí con sólo abrir la boca. Historias cómicas, mejor dicho: tragicómicas.
No necesito ni proponérmelo. Me viene. Veo escenas, conversaciones, asesinatos, amores extraños, envidias, ruindades, bondades…
Lo veo todo y todo empieza a fluir, pero me duele el hombro, la cabeza y el cuello. Sin olvidarme del estómago. El calor de este Jaén tan amado me mata, me aburre, me aturde, me exaspera, me deprime, me derrite y me molesta.
Siento la necesidad imperiosa de salir, hablar con personas, ver paisajes, echarme por los hombros una chaqueta, deleitarme en un sueño en el que aún es posible ser yo.
Me miro en el espejo y compruebo que ya vuelvo a lucir canas. Bueno, lucir lucir… no luzco una mierda.
Con lo que yo he sido, con lo que he presumido como si la juventud no tuviera un final.
A los 40 estaba más guapa que con 30, que ya es decir. (He de decir que siempre he tenido un concepto muy elevado de mí misma). A los 50, con mi vestido rojo de Purificación García, señoreaba sonrisa y cintura impropias del medio siglo, feliz de sostener en la mano El caso de las magdalenas envenenadas… ¡Qué tiempos!
Pero uno va subiendo hasta que cae. Y la caída puede ser escalofriante… De repente, mis brazos tienen alas de murciélago. He hecho lo posible por tornearlos, pero, a determinada edad, la fuerza de la gravedad es más fuerza y más gravedad que antes, y la flacidez, otrora silenciosa, avanza ahora escandalosa.
Me rindo, aunque no del todo. Que le den al espejo. Tengo pocos amigos, pero son los mejores. Cuento con un fisioterapeuta que me quita el dolor y encima me lee. Doblemente masoquista el tipo. Y mi familia me quiere, que se dice fácil, pero no lo es.
Vuelvo al armario. Muevo las perchas. Tengo bermudas beiges, verdes y azules; camisetas monas; faldas vaqueras que muestran un margen de pierna —¿procede a mi edad? ¿Y a mí qué me importa?, me respondo—; vestidos que me caben, pero que no definen el cuerpo que yo conocía.

Hay de todo en este armario: cosas antiguas, elegantes, de las que no pasan de moda; cosas nuevas,
la mayoría sin estrenar; cosas bonitas; cosas feas…
Pero no, no hay refajo. Quizá caiga en mi cumpleaños.