NOVEDADES

El expreso imaginario

En 1983 cogí la maleta de cuero que mi abuelo José Jurado había regalado a mi madre en su boda —por supuesto sin ruedas ni otras comodidades al uso—, subí al autobús de la Alsina Graells y me fui a Granada a estudiar la carrera de Derecho. La autovía, que ahora se hace tan rápida, no existía, y el vehículo, en ocasiones no sin cierta dificultad, entraba en los pueblos y se detenía en plazas o estaciones para que unos viajeros subieran y otros bajaran. No todos los de a bordo éramos estudiantes, más de uno iba a otros asuntos y, a menudo, se acompañaba de una jaula con un par de gallinas. Todo es necesario.

Muchos años después (como comienza Cien años de soledad) habría un autobús “directo”, que quería decir sin transbordos, que paraba menos, que no entraba en Campillo de Arenas… Pero yo, pobre criatura inconformista, nunca contenta con nada, solía imaginar que pronto —el mes siguiente, o el curso siguiente, o el año siguiente, o el siguiente al otro—, podría ir en tren a mi destino. Mucho más cómodo, ni que decir tiene, porque uno podía levantarse y pasear por sus vagones, o ir al aseoen caso de extrema necesidad…. Es decir, más rápido, más directo, más entretenido.

Yo, en mi ensoñación adolescente, me veía más moderna, más intrépida —como las protagonistas de las novelas—,bajándome de un tren en vez de hacerlo de un autobús. Como todo el mundo sabe, es en las estaciones de tren donde se conoce a las personas interesantes. ¡Qué cosas!

Mis amigas, y amigos, de la residencia —mixta, ya digo que era una chica moderna para la época—, en su mayoría de Almería, iban y venían en tren de Granada a casa y viceversa (si bien es cierto que, para esa birria de kilómetros, tenían que hacer transbordo tirando de maletas enormes llenas de libros y ropa sucia en las fechas más señaladas).

Y yo soñaba… Soñaba con un tren. Hay que decir que siempre he sido fan de Agatha Christie: normal, por tanto,mi pasión por los trenes.

Treinta y siete años después de acabar la carrera y otro montón de cosas, puedo afirmar que hay autovía Jaén–Granada, ¡menos mal! —aunque ni siquiera lograron acabarla con vistas al 92, que era la fecha límite para todo—. Su estado, actualmente, y dicho sea de paso, deja mucho que desear, y, aunque no hayan pasado cien años, Jaén sigue en soledad. La soledad del náufrago, del gaucho, del viudo o del hombre lobo (todo ello válido para el otro sexo). 

No obstante, con mi recién obtenida licenciatura, hice un postgrado en Córdoba, de ésos de gestión de pymes, muy en boga en aquellos años, y entonces sí que iba en tren… Y es cierto que era más cómodo, sobre todo porque nunca se paró, nunca me dejó tirada…, y eso que Córdoba no era ni la sombra de aquello en lo que se convirtió en el 92, con la Expo.

Ese tren iba y venía, puntual y barato. Tenía una máquina de refrescos y aperitivos, servicios sucios ya a primera hora y megafonía anunciando las estaciones más variopintas.

Y mis padres, y mi novio, hoy marido, sabían siempre lahora a la que yo llegaría a la estación. Entonces había certezas; algunas de profunda raigambre.

Hoy, siglo XXI, Anno Domini 2025, pronto 2026, no oso ya pensar en ese idolatrado tren moderno; más bien anhelo el antiguo, ese que no se paraba en pleno descampado a 50 grados. La edad, el paisaje de olivos que me vio nacer y su néctar verde que me alimenta, me han convertido en una mujer pragmática: sé que no veré ni usaré en vida un AVE que salga y regrese a Jaén, o que simplemente pase y se detenga un instante. Dejé de soñar, así de duro. Aunquebien es cierto que, sin pensarlo, sin proponérmelo, sin cerrar los ojos y suspirar, en mi próxima novela — ya mediada— un tren avanza por la provincia de Jaén con especial dignidad y protagonismo.

Ya veis, una nunca cambia del todo. El que nace lechón… 

(Publicado en En Jaén donde resisto el 14/8/2025)

Darjeeling en la veranda

La vi de lejos. Caminaba lentamente con esa cadencia en las caderas tan propia de ella. Su cabello rojizo, que caía en elegantes rizos sobre sus hombros, sólo conseguía aumentar su belleza, su presencia, su prestancia.
Me miró desde la distancia y sus ojos verdes sonrieron a la par que sus labios. Sostuvo en su mano derecha un cesto de flores, margaritas blancas, símbolo de inocencia y pureza, y me saludó con la izquierda.
No era la primera vez que recogía margaritas en el prado, pero hoy el cesto lucía como nunca.
Siguió caminando en dirección a la casa. Yo, sentado en la veranda, bebía con deleite una taza de té Darjeeling.
Gracias a Dios que ella, mi dulce Amanda, me había perdonado. Atrás había quedado la desagradable historia de aquella chica ordinaria… No significó nada, sólo sexo. Así se lo había dicho a Amanda esa misma mañana: «sólo sexo».
Ella no me había dicho ni una palabra, pero a la vista estaba que lo había entendido. Cuando se ama, se entiende. Es lo que yo siempre digo. Había salido por la puerta con el cesto colgado del brazo. Me miró al irse y una sonrisa de Gioconda se dibujó en su rostro, lo que me llevó a compararme con el gran Leonardo. Él la pintó, sí, pero es mi amor el que la dibuja aun sin lienzo, sin tabla en este caso.

Se marchó; llevaba su sombrero de apicultora para recoger la miel que habían de catar mis labios.

Ahora la veo volver enamorada como el primer día. Más aún, si cabe.
Cada paso que daba la aproximaba a mí y sentí que el amor la desbordaba. ¡Qué Amanda ésta!… Pero, después de todo, yo era el hombre que amaba.

Amanda, la única. O casi.

Ya llegaba junto a mí. Se detuvo y sacó una margarita del cesto, yo me apoyé en la baranda de la veranda y extendí el brazo para coger la flor que me ofrecía. Y la olí.
Ella siguió hurgando en el cesto, algunas margaritas cayeron al suelo. Sonrió de nuevo y me ofreció otra flor.
—¿Otra? —pregunté.
—Ésta es la tuya —me dijo—. Huélela.

La acerqué a mi rostro para saborear su aroma. Me lo esperaba sutil y fresco. Herbáceo. Dulce. Pero percibí algo distinto, extravagante, fuerte… Una abeja salió de repente y se introdujo en mi sorprendida boca abierta. Me picó antes de que me la tragara.
Tras ese último bocado, mi epiglotis se cerró y sentí que me ahogaba. No podía respirar. Siempre he sido alérgico a las abejas; y Amanda lo sabía.

Un momento… ¡Lo sabía!

La miré con desesperación y ella volvió a sonreír.
—¡Te picó! Pero no te preocupes, es sólo sexo —dijo.
Mis ojos se abrieron como platos mientras mis pulmones sufrían.
—No te mato, pero te doy veneno para que te mueras —me confesó radiante.
Me vio caer, con el rostro de una bella coloración en morados y verdes, sobre la taza de Darjeeling.

Recolocó las margaritas en el cesto, se atusó un rizo de su maraviloso pelo y se marchó.
Hoy, días después, descanso, por decirlo de alguna manera, en un indigno e innoble nicho del camposanto del pueblo.
La que fue sólo sexo vino a verme. Escupió en la lápida. Siempre fue una grosera.
Amanda viene cada viernes, limpia el mármol, tira las flores secas, suelta una abeja, sonríe y del cesto de margaritas escoge el ramo que adorna mi jarrón.
Éstas huelen bien. Su aroma es puro, a hierba y a vida. Pero el mío no. El mío es hediondo. Ni yo mismo me aguanto.

Se marcha al panal, con sus abejas… Lo que yo daría por recuperar esa última taza de Darjeeling en la veranda. Mi dulce Amanda.

La extraña pareja

(Dedicado a Magdalena, Susana y Mari de la Cafetería Batallas de la calle Rastro de Jaén. No la hay mejor).

Hoy, como cada mañana desde hace años, alrededor de las 8:00 entro en la cafetería, siempre la misma, tomo asiento en una de esas mesas altas y pido mi café. Me gusta esa sensación familiar de estar en mi sitio, de saber lo que quiero, lo que me gusta, y disfrutar de esa media hora exquisita. La clientela, salvo extrañas circunstancias, es la misma y nos saludamos con la familiaridad que da la cotidianeidad. Los gestos se repiten sin llegar a ser aburridos, sino muy al contrario, tremendamente tranquilizadores. Todo está controlado.

Pero hoy, como ayer, una pareja extraña ha entrado en el escenario. Con la mirada huidiza, casi culpable, juntan sus cabezas para hablar, mejor dicho susurrar, sin que ninguno de nosotros, los tertulianos, se entere de su sinuosa conversación. Ella tiene el cabello rubio, me temo que no es completamente natural, sino que un tinte, para nada barato, cubra parte de sus cabellos antaño de un castaño claro y ahora canos. Rubia, digamos, para abreviar. No es alta, ni baja, tampoco es gruesa, aunque si me estiro con la excusa de alcanzar una servilleta del servilletero, que previamente he alejado de mi lado, puedo observar una ligera molla que sobresale por encima de la cinturilla de sus vaqueros Green Coast. Hace calor, yo llevo manga corta y ella también, aunque compruebo que su piel es más morena que la mía. De ese tono y textura que apenas necesita exponerse al sol para lucir como si llevara dos meses en la playa. No soy envidiosa, pero eso siempre me ha fastidiado. En el escote en v de su camiseta luce un colgante de plata: un nudo de bruja.

—¿De qué querrá o tendrá que protegerse esta mujer?

Lleva sandalias de ésas de cuerdas, para mí incomodísimas, absolutamente planas. Siempre he temido tener que ponerme unas y que todos los excrementos de canes y humanos se me adhieran a los dedos de los pies, o quizá a los talones. Incluso a menudo observo que las cucarachas caminan por las calles de nuestra ciudad como si pagaran sus impuestos. Sin miedo por su parte ni resarcimiento en nuestros bolsillos por parte de la municipalidad.

Lleva las uñas de pies y manos pintadas de un color burdeos, muy oscuro, casi negro. No me gusta.

Ella me mira mal, no parece muy simpática, como si le molestara mi presencia. O como si a mí me interesara su absurda conversación. Ha hecho lo posible y lo imposible para que no la oiga, pero la segunda parte de la misteriosa y afuerina pareja, el hombre, no es tan cuidadoso y le responde en un tono unos pocos decibelios más elevado. Hablan de una herencia. Me pregunto si, al salir del café, no irán a la notaría que hay una calle más arriba.

Ella le dice algo al hombre y él, que viste un pantalón chino en color beis y un polo de un desagradable azul cobalto, mira indiscreto hacia mi mesa. Nuestra mesa. Tiene los ojos oscuros, el cabello cano y el cuello demasiado grueso como para resultar atractivo.

Le hago señas a mi marido para que se percate del descaro de la extraña pareja, pero no se entera de lo que le quiero decir. Como no deseo que me escuche nadie, no me queda otra que enviarle un WhatsApp.

—¿Cuánto crees que heredarán? —escribo.

Él no oye el pitido del mensaje y, ajeno a la señal, da un último bocado a su tostada.

Sigo observando, por gusto, porque realmente no me interesa. Tengo una idea e inmediatamente me trago el café, bajo de la banqueta y me acerco a la barra.

—Ponme otro, por favor —pido con la amabilidad que me caracteriza.

La camarera se acerca con la taza y aprovecho para susurrar.

—¿Los conoces?

La camarera encoge los hombros y niega.

Me vuelvo con otro café que no me ha servido para nada. Pero está bueno.

De repente, ella, la mujer rubia, abre el bolso, coge un sobre que contiene algunos documentos, o quizá una agenda, y me mira. Nuevamente desconfiada. Contrariada. Pero sigue mirándome. Me inquieta esa mirada desafiante y turbia. No me gustan las personas tan descaradas, tan entrometidas.

Sigo preguntándome qué herencia cobrarán. ¿De la familia de ella o de la de él? Pienso que se trata de ella. Siempre es ella. Una mujer con suerte, que se pone morena y hereda sin apenas esfuerzo. Seguramente no notará los excrementos que roce con sus pies, que no lo he dicho pero son feos; huesudos y egipcios. De esos en que el dedo que hay junto al gordo es un centímetro más largo que el propio y se retuerce en el zapato de invierno hasta deformarse.

Mi marido me mira impávido, sin entender qué hago, en qué pienso ni qué digo. Pero se da cuenta de que tengo un segundo café y se apresura a pedir otro para él.

Suspiro. No hay manera de llevar una conversación.

Ahora es el hombre el que me mira. Y me sonríe. Siento pavor. A menudo, los asesinos en serie hacen una especie de seguimiento de sus víctimas e intentan tomar contacto para ganar la confianza de las pobres criaturas indefensas.

No quisiera corresponder, pero mi natural instinto me hace devolver la sonrisa a la par que me pregunto qué querrá de mí esa extraña pareja. Doy con el zapato en la pantorrilla de mi marido para que se percate del riesgo. Él se agacha y se limpia el polvo del pantalón, también beis. La ropa de los hombres suele ser tan previsible como uniforme.

Entonces, la rubia con el colgante de nudo de bruja se acerca a nuestra mesa con el sobre en la mano y, en un gesto carente de toda elegancia, mete los dedos y saca un libro. Mi último libro.

—Disculpe, me dice. Ayer entramos por casualidad y la reconocí. Hemos vuelto con el ánimo de encontrarles de nuevo y que me dedique el libro. Si es tan amable.

—¡Oh, sí! Por supuesto —digo cogiendo un bolígrafo que me ofrece mi marido con una sonrisa burlona. Parece que, después de todo, conocía mis sospechas…

—A Sara y Cosme —me informan.

Pienso que él debe de ser de Torredonjimeno. Les dedico el libro y se marchan dando las gracias.

La camarera se acerca.

—Os han invitado —manifiesta sorprendida.

Mi marido, encantado con el ahorro, me mira.

—¿Qué historia te estabas inventando? Es que no paras…

Nos marchamos también, hasta la mañana siguiente, pero yo no me voy tranquila. Ellos saben quiénes somos, dónde desayunamos y lo que nos gusta hacer. Sin embargo, yo sigo sin saber qué herencia va a recibir la extraña, aunque lectora, pareja.

Mi marido mira su móvil al fin y lee mi WhatsApp.

—¿Herencia? ¿Qué herencia?

Un nuevo afán

(Publicado en el periódico digital Jaén hoy el 9/7/20025)

Lo mejor de un libro es cuando te toca el alma. Palabras mágicas que parecen conocerte, que te atrapan y te sumergen en un mundo nuevo que te impide ceder al sueño. Palabras que enhebran historias que aguardan ser descubiertas para mostrarte el amor y el dolor, la entrega y la traición. Que te hacen ser más sabio, que te convierten en un alma vieja, un espíritu libre.

En estos tiempos convulsos en los que uno se levanta cada día con el temor a encontrarse con un nuevo escándalo y la cartera vacía, en los que confiar en el poder político es algo que supera los límites de la fe, en los que prima la traición, acudo a mis libros y recuerdo las palabras de Gandalf el Gris en El señor de los anillos: “Los traidores siempre son desconfiados”.

Debo confesar que en mi vida he conocido traidores. Muchos. ¿Quién no? Pero últimamente los que observo no son sólo traidores de éstos de andar por casa, compañeros de trabajo, conocidos o amigos, por llamarlos de alguna manera.

Hablo de otro estatus de traidores. Aquellos que se unen en el fornicio para jodernos a los demás, como si fuéramos esa basura que ni se ve ni se mira, y que, de naturaleza desconfiada, responden al dicho “cree el ladrón que son todos de su condición”; y, a la par que se unen en el negocio, se mantienen ojo avizor sin fiarse ni de su madre.

Marca inequívoca de esta desconfianza es el uso y abuso de las tecnologías para dejar constancia del vicio, incorregible y costeado con dinero ajeno, la hipocresía más abyecta y los actos contrarios a la ley y a la moral más básica.

Así son, desconfiados. Se graban los unos a los otros y lo guardan en discos duros que esconden en los lugares más insospechados, siempre con el ánimo de defenderse de una posible traición de aquel al que traicionan. Y es que la vida del hampa es dura… ¿Quién les dijo que iba a ser fácil?

Cada día nos golpean las noticias hasta dejarnos sonados, como esos boxeadores que ya no entienden, aunque sí sufren. Pero no hay que detenerse en exceso en cada una, porque mañana habrá más y posiblemente de mayor enjundia y, como señala la Biblia (Mt 6, 34), «no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”. 

Sólo nos queda respirar hondo y ser valientes porque, siguiendo con Tolkien, “los héroes desempeñan siempre un pequeño papel en las grandes hazañas”, y ese pequeño papel, ese diminuto grano de arena, como los buenos libros, también deja su impronta y puede significar la diferencia entre la desesperanza y el renacer de un nuevo día. Con su propio nuevo afán

Pecado capital

Mírala, qué fea se ha puesto…
Dice que no, pero seguro que está a dieta. Anda por ahí más delgada, sí, pero eso le hace la cara más arrugada. Además, el culo no hay quien se lo arregle.
Siempre fue culona y de poco pecho. Ahora tiene el culo plano, como una torta de maíz, pero a lo ancho, y el pecho en el ombligo. Y es que ya tiene una edad.
Y esos picos de las caderas… Ésos no se los quita ni con un cincel. Horrorosa, con esa carita de buena…
La muy puerca se metió en medio y me quitó el novio.
Cierto que no era mi novio todavía, pero eso da igual, porque lo iba a ser… Él no lo sabía, ni ella tampoco; pero yo sí.
Mírala ahora, mi amiga: fea y viuda. Un poquito de veneno para las ratas en el café y el tonto se fue para el otro mundo.
¿Para qué se lo bebió el muy cretino? No era para él. Mira tú por dónde, a ella no le gusta el café. Siempre ha sido muy tiquismiquis.
Y él venga a beber, el idiota. Pues nada, que se joda.
Y ella ahí va, paseándose por la playa. Ya me mira, ya me mira…
—¡Hola! —la saludo en la distancia.
Se quita el sombrero y me sonríe.
¡La muy envidiosa!