Darjeeling en la veranda

La vi de lejos. Caminaba lentamente con esa cadencia en las caderas tan propia de ella. Su cabello rojizo, que caía en elegantes rizos sobre sus hombros, sólo conseguía aumentar su belleza, su presencia, su prestancia.
Me miró desde la distancia y sus ojos verdes sonrieron a la par que sus labios. Sostuvo en su mano derecha un cesto de flores, margaritas blancas, símbolo de inocencia y pureza, y me saludó con la izquierda.
No era la primera vez que recogía margaritas en el prado, pero hoy el cesto lucía como nunca.
Siguió caminando en dirección a la casa. Yo, sentado en la veranda, bebía con deleite una taza de té Darjeeling.
Gracias a Dios que ella, mi dulce Amanda, me había perdonado. Atrás había quedado la desagradable historia de aquella chica ordinaria… No significó nada, sólo sexo. Así se lo había dicho a Amanda esa misma mañana: «sólo sexo».
Ella no me había dicho ni una palabra, pero a la vista estaba que lo había entendido. Cuando se ama, se entiende. Es lo que yo siempre digo. Había salido por la puerta con el cesto colgado del brazo. Me miró al irse y una sonrisa de Gioconda se dibujó en su rostro, lo que me llevó a compararme con el gran Leonardo. Él la pintó, sí, pero es mi amor el que la dibuja aun sin lienzo, sin tabla en este caso.

Se marchó; llevaba su sombrero de apicultora para recoger la miel que habían de catar mis labios.

Ahora la veo volver enamorada como el primer día. Más aún, si cabe.
Cada paso que daba la aproximaba a mí y sentí que el amor la desbordaba. ¡Qué Amanda ésta!… Pero, después de todo, yo era el hombre que amaba.

Amanda, la única. O casi.

Ya llegaba junto a mí. Se detuvo y sacó una margarita del cesto, yo me apoyé en la baranda de la veranda y extendí el brazo para coger la flor que me ofrecía. Y la olí.
Ella siguió hurgando en el cesto, algunas margaritas cayeron al suelo. Sonrió de nuevo y me ofreció otra flor.
—¿Otra? —pregunté.
—Ésta es la tuya —me dijo—. Huélela.

La acerqué a mi rostro para saborear su aroma. Me lo esperaba sutil y fresco. Herbáceo. Dulce. Pero percibí algo distinto, extravagante, fuerte… Una abeja salió de repente y se introdujo en mi sorprendida boca abierta. Me picó antes de que me la tragara.
Tras ese último bocado, mi epiglotis se cerró y sentí que me ahogaba. No podía respirar. Siempre he sido alérgico a las abejas; y Amanda lo sabía.

Un momento… ¡Lo sabía!

La miré con desesperación y ella volvió a sonreír.
—¡Te picó! Pero no te preocupes, es sólo sexo —dijo.
Mis ojos se abrieron como platos mientras mis pulmones sufrían.
—No te mato, pero te doy veneno para que te mueras —me confesó radiante.
Me vio caer, con el rostro de una bella coloración en morados y verdes, sobre la taza de Darjeeling.

Recolocó las margaritas en el cesto, se atusó un rizo de su maraviloso pelo y se marchó.
Hoy, días después, descanso, por decirlo de alguna manera, en un indigno e innoble nicho del camposanto del pueblo.
La que fue sólo sexo vino a verme. Escupió en la lápida. Siempre fue una grosera.
Amanda viene cada viernes, limpia el mármol, tira las flores secas, suelta una abeja, sonríe y del cesto de margaritas escoge el ramo que adorna mi jarrón.
Éstas huelen bien. Su aroma es puro, a hierba y a vida. Pero el mío no. El mío es hediondo. Ni yo mismo me aguanto.

Se marcha al panal, con sus abejas… Lo que yo daría por recuperar esa última taza de Darjeeling en la veranda. Mi dulce Amanda.

Si sabes quién eres

En ocasiones, si tienes suerte y un par de dedos de frente, si no has sucumbido a la torpeza, empiezas a contemplar la vida desde otra perspectiva. Han pasado los años, has luchado y has caído, pero también te has levantado mil veces. La piel pierde tersura, el cabello se torna quebradizo y cano, tu cuerpo ya no es el de antaño. Y, de repente, evitas las voces y los tumultos, el ruido cansino de la hipocresía, el LinkedIn, los trajes ajustados y los zapatos incómodos. Sin embargo, si sabes quién eres, si te quieres como te mereces, si te importas más que la imagen que proyectas, la energía volverá a destilar por tus poros y sentirás la inmensa felicidad de estar vivo. Tu corazón y tu alma cobijarán de nuevo a aquel niño valiente y soñador que luchaba contra los gigantes y sonreía al cielo. Y, llegado ese tiempo, lo importante se limita bastante y lo urgente ya no lo es tanto. Vives cada instante como es: único, irrepetible. Lo valioso es un paseo, esa maravillosa luz que te ilumina, una sonrisa, la mano que sostiene la tuya, un café, un buen libro, aquella receta de tu madre, una conversación sincera, los silencios que lo dicen todo, la verdad, la brisa fresca que acaricia tu rostro y ese abrazo que te envuelve y te resucita. Los tuyos. El amor.

(Lo publiqué en marzo de 2024 en Diario Jaén, pero creo que toca recordarlo).

El refajo

Este mes cumplo 60 años. Soy una abuela.
Ahora que uno puede concederse e imprimirse todos los títulos que quiera, me haré uno de anciana.
Abro el armario y observo interesada su interior: no encuentro nada adecuado para mi edad. Sólo tengo ropa de cuando era joven, o de cuando me creía joven, hace más o menos un mes.
Ahora lo que me iría bien, lo que pegaría, sería algún tipo de refajo negro. Y un delantal gris encima.
En mis delicados pies, unas alpargatas negras, o peor, azul marino, que mira que es feo el color, de esas con las que se amenaza a los niños que se burlan de una al grito de “¡vieja!”.
Además, no me apetece salir. ¿Dónde voy? Sólo quiero estar sola o con mi marido, que ya me tiene calada y me obvia con educación. Y con mi hijo, cuando me regala su valioso tiempo de persona joven que sueña con alcanzar la gloria. ¿Qué le vamos a hacer? Es ley de vida.
No me quedan demasiadas amigas, ni amigos… Creo que pasaron a mejor vida. Quiero decir que las que fueron amigas desde la infancia ya no lo son; o tal vez no lo habían sido nunca.
En esto de las amistades pesa mucho el qué obtengo a cambio. Es un toma y daca. Y yo ya no aporto mucho. Ni patrocino ni enchufo. Pero ofrezco letras, palabras, historias inventadas que nacen en mí con sólo abrir la boca. Historias cómicas, mejor dicho: tragicómicas.
No necesito ni proponérmelo. Me viene. Veo escenas, conversaciones, asesinatos, amores extraños, envidias, ruindades, bondades…
Lo veo todo y todo empieza a fluir, pero me duele el hombro, la cabeza y el cuello. Sin olvidarme del estómago. El calor de este Jaén tan amado me mata, me aburre, me aturde, me exaspera, me deprime, me derrite y me molesta.
Siento la necesidad imperiosa de salir, hablar con personas, ver paisajes, echarme por los hombros una chaqueta, deleitarme en un sueño en el que aún es posible ser yo.
Me miro en el espejo y compruebo que ya vuelvo a lucir canas. Bueno, lucir lucir… no luzco una mierda.
Con lo que yo he sido, con lo que he presumido como si la juventud no tuviera un final.
A los 40 estaba más guapa que con 30, que ya es decir. (He de decir que siempre he tenido un concepto muy elevado de mí misma). A los 50, con mi vestido rojo de Purificación García, señoreaba sonrisa y cintura impropias del medio siglo, feliz de sostener en la mano El caso de las magdalenas envenenadas… ¡Qué tiempos!
Pero uno va subiendo hasta que cae. Y la caída puede ser escalofriante… De repente, mis brazos tienen alas de murciélago. He hecho lo posible por tornearlos, pero, a determinada edad, la fuerza de la gravedad es más fuerza y más gravedad que antes, y la flacidez, otrora silenciosa, avanza ahora escandalosa.
Me rindo, aunque no del todo. Que le den al espejo. Tengo pocos amigos, pero son los mejores. Cuento con un fisioterapeuta que me quita el dolor y encima me lee. Doblemente masoquista el tipo. Y mi familia me quiere, que se dice fácil, pero no lo es.
Vuelvo al armario. Muevo las perchas. Tengo bermudas beiges, verdes y azules; camisetas monas; faldas vaqueras que muestran un margen de pierna —¿procede a mi edad? ¿Y a mí qué me importa?, me respondo—; vestidos que me caben, pero que no definen el cuerpo que yo conocía.

Hay de todo en este armario: cosas antiguas, elegantes, de las que no pasan de moda; cosas nuevas,
la mayoría sin estrenar; cosas bonitas; cosas feas…
Pero no, no hay refajo. Quizá caiga en mi cumpleaños.

Un estatus que mantener

(Publicado el 30/4/2025 en Jaén hoy Grupo Joly)

Tengo sueño. Después de un día, una noche y otra madrugada sin luz, sin teléfono, sin internet y, lo que es peor, sin ascensor. Sin batería en los móviles ni gasoil en los coches (lo confieso, son de gasoil), pero con la ansiada y amada compañía de mis chicos, cuando por fin llegaron, y de una pieza de colección, que encontré exhausta tras registrar los cajones, un bien de incalculable valor: una pequeña radio a pilas que me informaba de cómo otras ciudades iban recuperando la conexión y la civilización, mientras nosotros en este Jaén nuestro, que para todo es siempre el menos suertudo, seguíamos en tinieblas comiendo pan bimbo y galletas, aparte de la dosis diaria de medicamentos.

Yo, feliz con la radio de siempre —que, a diferencia de la televisión y de internet, nunca falla—, me acompañé de una linterna y unas velas (las había normales, del montón, y aromáticas; estas últimas con un fuerte y adorable olor a frutas del bosque, por lo que consideré que el postre iba incluido en el pack).

Mientras escuchaba atenta cómo nuestro país pasaba de prometedor a tercermundista, cómo miles de viajeros continuaban, después de horas y horas, encerrados en los trenes y otros tantos en los ascensores…, daba gracias a Dios por haberme librado de dichas situaciones. Para mí habría sido fatídico. Baste decir que mi claustrofobia es tan fuerte que me habrían sacado de allí directa al tanatorio. Pero, mientras sufría con la mala suerte de tantos otros escuchando las noticias en el pequeño, barato y omnipotente artefacto vintage provisto de una coqueta antena periscópica, debo reconocer que esperaba, y ansiaba, una explicación de por qué, cuando a las 12:30 del mediodía me senté en el sofá con un libro y el ordenador, dispuesta a leer o escribir, sin previo aviso se apagó la luz de mi lámpara blanca de pie y no volvió en más de veinte horas.

Lo de la escasez de iluminación estaba mal, pero la ausencia de línea telefónica, de WhatsApp, de correo electrónico y el cansino trauma de ver durante horas la misma noticia en las redes sociales (una que aludía a una juez de Badajoz que procesaba a un conocido músico), eso era mucho peor.

Ansiosa, en mi línea, me preguntaba por qué me había pillado el apagón sin apenas batería en el móvil, por qué todo fallaba en mi tranquilo mundo artificial. No podía pensar con claridad (siempre paso por unos minutos, muchos, de protesta enérgica antes de hacerlo), pero mis chicos, cuando llegaron, tuvieron el acierto de bajar, para más tarde y en repetidas ocasiones subir, las ocho plantas hasta el garaje donde, a oscuras, reposaban los coches familiares para arrancarlos y cargar en ellos los móviles que habrían de mantenernos igual de incomunicados, pero que en algún momento nos darían una alegría. Alegría a la que se unió la de habérseme ocurrido, justo antes del caos, cocinar una olla de pasta con tomate. Me pregunto si siempre habré sido una visionaria sin saberlo…

Aunque yo no pude abrir la boca para tragar, ellos, mis chicos, sí comieron. He de decir que lo último que pierden es el hambre. Así, mientras se atiborraban de pasta fría y gazpacho casi templado, yo seguía con el estómago estragado escuchando la radio y esperando que alguien me explicara si habían sido los rusos, los chinos, los israelíes o, peor aún, los nuestros.

El hecho, y lo importante es el hecho, es que, con o sin intención, alguien metió la pata. Mi experiencia me demuestra que la pata la suele meter siempre alguien que obedece ciega y obcecadamente a otro inútil, su superior jerárquico, sin más motivo que el de mantenerse en el puesto.

Esto me recuerda que, en cierta ocasión, ya casi olvidada, un hasta entonces buen amigo y jefe asistió a otros en sus envidias y consintió en mi salida de determinada organización. Le dio vergüenza, está claro, porque sólo después de quince meses se atrevió a llamarme e implorar mi perdón, ya que, me explicó, él tenía un estatus que mantener. No le quedaba otra que obedecer. No cayó el pobre infeliz con estatus, que yo también lo tenía…, que todos tenemos algo que queremos mantener.

Pues bien, la pasada noche del apagón, llamémosla la primera por si hubiera más, yo me entretenía pensando quién sería el del estatus en esta ocasión. Quién obedeció la orden a sabiendas de que se la daba alguien con fuertes carencias en materia energética. Seguramente, uno de esos que ahora abundan, de los que dicen que no es bueno saber demasiado del tema para el que te contratan.

Y es que, en esto del estatus, da igual si se trata de empresa privada o pública. O de si es pública camuflada bajo un “paraguas” de privadas (ahora se lleva hablar del paraguas). O de si es privada participada y mandoneada por, como diría un buen romano, la res publica.

Así que ahora tengo sueño. A pesar del silencio y de la oscuridad, no he dormido un carajo, agobiada como estaba por comprobar el saldo de mi cuenta en cuanto el dichoso móvil dejara de escupirme esas palabras: “Sin servicio”.

Y es que soy desconfiada con qué pasa en los apagones. Después de todo, yo también tengo un estatus… Como aquel jefe que tuve y que Dios confunda. Como el obediente o el torpe de la red eléctrica.

Los lectores opinan

José Gómez Garrido

Cadena SER Jaén

TERESA VIEDMA JURADO

El asesino de la puntilla

#RECOMENDACIÓN: Acabo de terminar ‘El asesino de la puntilla’, la última novela de Teresa Viedma Jurado. Tengo que decir que su narrativa es absolutamente pulcra, bien construida y sin rimbombantes triquiñuelas lingüísticas que casi nunca te llevan a ningún lado.

Teresa tiene algo que me ha parecido fascinante, la construcción de personajes. La autora es tremendamente brillante en este aspecto, y consigue desde el principio que nos imaginemos a pies juntillas cada uno de los personajes que aparecen en escena. Su novela entra como una cerveza fresquita en verano, exquisitamente bien. Por cierto, la protagonista tiene algo de sí misma (o, al menos, a un servidor se lo parece

Publicado por José Gómez Garrido en Facebook