Por fin la vi

Aparqué en zona de minusválidos —no quedaba otra, la protagonista del acto tenía mucho predicamento y aquello estaba abarrotado—. Subí las escaleras, empujé la puerta y entré apresurada. Quería verla cuanto antes, pero me vi obligada a desplegar mis encantos, la consabida hipocresía, y saludar a unos, dar el pésame a otros, incluso recibirlo de algunos desconocidos. Me deshice como pude, con más pena que gloria, de todos ellos, llegué al fondo de la sala y, tras el cristal, rodeada de flores, con un traje caro y unos zapatos Rebeca Sanver, que para mí los quisiera, con el cabello rubio que le caía en ondas sobre los hombros y maquillada para un cóctel, por fin la vi. Allí estaba, muerta la muy puta.

Justo el día de antes la había llamado desde el aeropuerto.  

—Tenemos que hablar… —le dije—. Me lo debes. 

Pero ella, con esa maravillosa voz suave y toda la condescendencia de la que pudo armarse, me contestó:

—Ya quisiera yo ayudarte, Clara, cariño, pero flaco favor te haría… Tienes que aprender a valerte por ti misma. En serio, adminístrate mejor, búscate un marido… Ya sé que para ti es complicado… Quizá un trabajo. Sí, eso, un trabajo. 

Me acerqué más al cristal. Allí estaba, helándose. Habían hecho un buen trabajo con ella, parecía dormida.Era guapa, siempre lo había sido, desde niña. Pérfida pero guapa. Con su culo perfecto, sus pechos perfectos, enhiestos, sus ojos verdes y su piel blanca sin una sola mácula y el cabello rubio, fuerte y sedoso que siempre había envidiado. Habría pasado, estaba segura, por el cirujano, ya tenía una edad. Pero, a pesar de ello, era tan perfecta que bien merecido tenía que la hubieran matado. Porque no me cabe duda: aunque los más inocentes hablaban de un fatídico accidente de caza, todos los indicios apuntaban a que alguien se me había adelantado con un certero disparo en su negro corazón. Además, ¿cuándo había ido Justina de caza? No era su estilo. 

Y, no es algo que pueda manifestar en voz alta, pero lo cierto es que no puedo culpar al que lo haya hecho. Era una arpía.

Un ruido metálico, como un chasquido, a mi espalda me hizo volver la cabeza asustada. Una señora mayor, sentada en la esquina de un sofá, tejía una especie de bufanda de punto de un exquisito color verde.

—¿Era familia suya? Me sonrió cariñosa.

—No, sólo éramos amigas.

La anciana detuvo el chasquido y me miró fijamente. En ese instante me arrepentí de haber pronunciado la palabra “sólo”.

—Ya entiendo —contestó. Y continuó tejiendo.

El chasquido de las agujas, lejos de ser molesto, era casi tranquilizador. Un sonido rítmico, como la lluvia en los cristales de una tarde de otoño. Me fijé en su bolso, del que asomaban otro par de agujas y más ovillos de lana. La dejé con lo suyo preguntándome quién sería.

Tomé asiento en el otro extremo del sofá donde la señora del punto seguía con su encantador concierto. La prenda que tejía ya estaba casi acabada y me sorprendió un deseo irrefrenable de hacerme con la bufanda. El punto quedaba muy suelto, la lana se veía suave y el color era, sencillamente, el mío. De repente, algo me hizo levantarme y acercarme de nuevo hasta que mi nariz quedó pegada al frío escaparate. Dejé escapar un grito ahogado.

—¡Mierda!

La anciana levantó los ojos.

—Disculpe, no puedo reprimir mi pena —Intenté soltar una lágrima.

La finada lucía en su muñeca derecha una bonita pulsera de oro blanco con una piedra verde, una pequeña esmeralda. Me encantó.

El funerario, con rostro afligido, como corresponde a su oficio, pasó junto a ellas y se dirigió al receptáculo, revisó el termostato y se fue.

Discretamente empujé la puerta y entré. Hacía frío allí dentro. Me acerqué y le quité la pulsera. Después de todo, a ella ya no le servía. Me la puse. Me quedaba preciosa y me iría bien con el verde de la bufanda de aquella señora.

Volví a mirarla. Era jodidamente bella. No tenía ni la más leve cicatriz en su rostro ovalado, ni de un grano de la juventud… Llevaba medias. Justina siempre las llevaba caras y perfectas. Sería gracioso que ahora la enterraran con una carrera. Me acerqué e intenté rompérselas con las uñas, pero no lo conseguí. Tenía los dedos helados. Una idea pasó por mi cabeza. Salí. El vibrante chasquido de las agujas se había detenido, dando paso a un sonido menos hipnótico: ronquidos. La señora, tras acabar la prenda, había caído en un profundo sueño. No había nadie más, seguramente estaban todos en la cafetería del tanatorio hinchándose de bocadillos y tapas de ensaladilla rusa. Me acerqué con cuidado y cogí una aguja del bolso. Volví a entrar, me acerqué entusiasmada a Justina, le clavé la aguja en la pantorrilla y la arrastré por la pierna hasta el tobillo dejando una enorme carrera. Ya no era criatura perfecta.

La felicidad se apoderó de mí, pero la muy zorra seguía guapa. Con atención introduje la aguja en su pelo hasta deshacerle sus maravillosos bucles… Pero aún conservaba ese encanto natural, tan suyo.

Quizá si la dejara tuerta… como la princesa de Évoli, pero sin parche. 

Me puse a ello; clavé la aguja en el ojo derecho, el que solía guiñar a los hombres. Y me animé. Me sentí volar. Salí a por la otra aguja y chasqueándolas me propuse destrozarle el maquillaje, tal vez sacarle algún diente…

Lo único que recuerdo es que la anciana me rodeó el cuello con la maravillosa bufanda mientras el guardia de seguridad y el funerario me sujetaban las manos.

Ahora, junto a la ventana del hospital psiquiátrico, con la bufanda verde en mi cuello, miro llover. Dicen que vuelvo a ponerme agresiva cuando intentan quitármela. Por el altavoz suena el chasquido de las agujas de punto que tan amablemente me grabó la anciana. Y me siento bien.

 

Una conducta deplorable

Tengo un amigo, un buen amigo, lo que no deja de ser extraño a día de hoy, que, leyendo mi artículo “Los bien nacidos”, me aconsejó no escribir de esa manera, no dejar entrever mi esencia, mis opiniones, mi vida… “La gente sabrá entonces demasiado”, sentenció. Y no deja de llevar razón en sus miedos.

No sé si en ese o en otros escritos dejo ver mis pensamientos, mi carácter burlón, mi sensibilidad, mi ideología liberal o mi buena o mala estrella. No sé si cuando escribo me hago presente como un espíritu que vaga por este mundo hasta hallar a su médium, las letras, para manifestarse.

En otros momentos de mi vida, dicho aviso amistoso me habría puesto en guardia: solía importarme lo que conocidos o desconocidos pensaran de mí y cualquier crítica o afrenta habría podido, y de hecho pudo, dañarme. Pero hoy, más por los daños que por los años, y más por las alegrías que por las penas, me da absolutamente igual que alguien sepa o intuya saber algo o todo sobre mí. Aunque, la verdad, me considero muy interesante para mí y poco o nada para los demás. Quizá hubo un tiempo en que lo fui para ciertas personas de conducta mejorable, ya fuera por el cargo que otrora ocupaba o por algún otro atractivo a la vista de aquellos, ya fuera este físico o económico, del que solían aprovecharse cuando me cogían desprevenida.

Si releo cualquiera de mis artículos, compruebo que fácilmente se intuye lo que pienso sobre la política o los políticos, mi idea de la libertad, la importancia que le doy a la cultura y a una buena ortografía y, más aún, lo que para mí significa mi familia, y no hablo en el sentido siciliano del término, que también. Y más claro aún se lee y se ve que no perdono la cobardía. En cada una de mis novelas ahí estoy yo de nuevo: la lucha de una mujer fuerte y capaz por ser tratada con respeto, aunque bien es cierto que mis protagonistas lo logran y yo no siempre lo conseguí en el ámbito laboral, aunque sí en el personal que es mucho más importante e interesante. En los relatos, en los cuentos infantiles… es cierto que se me puede identificar, aunque los personajes sean de lo más dispares. Incluso cuando se trata de personajes contrarios a mis ideales y creencias, que manifiestan lo contrario a lo que pienso, se nota que son mis antagonistas, y por tanto que representan aquello que odio o en lo que no creo.

Realmente, si dejo ver algo de mí en mis palabras no es por poseer un concepto muy elevado de mí misma, un exceso de amor propio, egocentrismo u orgullo mal entendido. No es que sea yo misma en cada golpe de letra que sale de mi alma. En absoluto. Mis personajes se enfocan en distintas direcciones, tienen luces y sombras, ninguno es puro ni perfecto, pero hay algunos que, por más que se endurezcan, que hayan sufrido, nunca son capaces de cualquier cosa para obtener lo que anhelan, que no venden su alma, y otros que, como Fausto, no dudan en hacerlo y no vacilan en matar, física o socialmente, por conseguir lo que pretenden. Estos últimos no suelen tener miedo a que los cojan, y sí que poseen un concepto demasiado elevado de sus capacidades.

Por supuesto, las personas que creen ver en mis escritos mis más profundos sentimientos, temores, sufrimientos o anhelos es porque ya tienen una idea preconcebida, buena o mala, generalmente lo segundo, de mí. Y les agradezco que me lean, que me comparen, que piensen que tengo la mala leche de Rebeca, la suerte de Alicia, la inseguridad de Clara o cualquier otro atributo de mis protagonistas. Pero lo que verdaderamente me fascina es esa gente que me lee sin conocerme, sin haber hablado conmigo, sin imaginarme más que por la foto, realmente favorecedora, de la solapa de algún libro o de las publicadas en mi blog o en las redes sociales. Que no saben en qué he trabajado, qué era mi padre, o cómo pensaba mi madre. Si tengo hermanos, si mi marido me ama de verdad, si tengo hijos, si me gusta cocinar, si he engordado o sigo conservando mi aspecto, antaño favorecedor. A qué partido político voto, si soy feminista de las antiguas o de las confusas de hoy en día… Y que, a pesar de ello, se imaginan a Rebeca Zabala en «El asesino de la puntilla», con su cabello rojo y su vestido de punto verde hierba, inteligente, exigente, curiosa y resolutiva, y no piensan en la autora, o sea, en mí, o si lo hacen es como en alguien abstracto capaz de dar vida a historias que entretienen, que les gustan… O que no.

Y eso me hace feliz. Por tanto, y a pesar de que sé que mi amigo me aconseja lo que cree que es mejor para mí, no dejo de gritar al mundo a golpe de letra las palabras que creo que han de alimentar al menos a un espíritu libre: el mío.

Después de todo, soy de la opinión de que cualquier escritor deja siempre en cuanto escribe algo suyo, su impronta, sus ideales, su manera de ver el mundo, sus ilusiones o desilusiones, aun diciendo lo contrario, aun denunciando aquello en lo que uno cree. La época elegida en una novela histórica muestra el gusto, o disgusto, por la sociedad de la época. Los mundos fantásticos de la literatura de Tolkien señalan la capacidad de soñar, de indagar, de ahondar en lo más profundo de la naturaleza, del hombre e incluso de Dios, o de los dioses… Y las novelas de misterio protagonizadas por mujeres fuertes, aunque sensibles, apuntan a una persona que sueña con la justicia, con el triunfo de la verdad, de la paz.

Así que no, no tengo miedo a que me conozcan en cada letra, en cada palabra, en cada pensamiento que transmito en un artículo porque, si algo he aprendido con la edad, es que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, te van a dar lo mismo y yo, al menos, quiero vivir y morir haciendo y diciendo siempre lo que me sale del alma. Todo lo demás, por más que nos engañemos, no deja de ser una conducta deplorable.