Hoy, después de muchos años, diez o más, diría yo, he vuelto a Alcalá la Real, un pueblo de Jaén al que solía venir muy a menudo por motivos de trabajo. Entonces, ocupada en los presupuestos de ventas, no me parecía tan bonito ni tan espectacular como lo he visto ahora.
Pero hoy, ya retirada de la carrera de ratas, más calmada y con menos ganas de hablar y más de vivir, por primera vez, me he detenido a contemplar con la boca abierta el Convento de Capuchinos, he paseado por el parque, me he sentado en un café a merendar y a hacer mis lecciones de Duolingo.
Recuerdo todo de aquellos días: dónde aparcaba, algunas conversaciones intrascendentes, quejas, risas… Las oficinas a las que solía ir siguen en las mismas ubicaciones, aunque algunas personas a las que llegué a apreciar mucho ya no estén entre nosotros. Me he sentido invadida de nostalgia, me recuerdo joven, con un abrigo rojo, llena de energía… Me pregunto qué les parecería verme ahora, y también qué sentiría yo al verlos a ellos.
El comercio del pueblo ha crecido una barbaridad. Tiendas de ropa, zapaterías, herboristerías, farmacias elegantísimas, agencias de viajes, restaurantes y muchas tiendas tipo bazar. Me ha sorprendido. Me he detenido en los escaparates, preciosos, por cierto, como todo el pueblo, un pueblo limpio, ordenado y ya decorado de Navidad.
Hay muchas madres jóvenes con carritos de bebés, y el Aula Abierta de la universidad de mayores, abarrotada.
Me ha encantado. Todo. Ni que decir tiene el Castillo, la Fortaleza de la Mota. Nada más caer la tarde, se ha iluminado y parece flotar entre las nubes ofreciendo al observador una imagen mágica.
Es bonito pasear por un lugar antaño conocido y descubrir que, a pesar de recordar las calles, todo cobra nueva vida. Todo es extraño a la par que familiar. No conoces a nadie. Y, sin embargo, es posible que muchos fueran clientes míos en otros tiempos.
Lo cierto es que, en aquellos años, más joven, más fuerte, más soñadora y con una ilusión capaz de superar todos los obstáculos, sólo me fijaba en los rótulos de agencias y corredurías de seguros, en las estadísticas y en las campañas comerciales. Buscaba el negocio. Quería triunfar, lo que quiera que eso significara en aquel momento.
Un paseo maravilloso, la promesa y las ganas de volver pronto y subir al castillo, de comprarme esos zapatos que hoy a duras penas dejé en el escaparate…
¡Qué lugar, Dios mío! Cuántos recuerdos, cuánta nostalgia, cuánta belleza… Y yo, que fui aquélla y ahora ésta, sigo aquí. Simplemente.
No se puede pedir más.