NOVEDADES

Naturaleza o virtud


De joven estudié que Rousseau, en su obra “Emilio o De la educación”, afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Y yo, víctima de una cándida ingenuidad que me duró más de lo pertinente, lo creí con
rotundidad.
Sin embargo, un paseo por la historia nos muestra un rostro más amargo, menos virtuoso. Guerras santas, genocidios, personajes siniestros que lanzan sus ejércitos a degüello después de pactar una tregua, violaciones, destrucción, sufrimiento y lágrimas.
Esas cosas que, en palabras de Lawrence Durrell, “los niños presencian o acumulan para fortalecer o desorientar sus vidas”.
Maldad y miseria con la excusa de una justicia falaz, espuria, cuando no es sino ansia de poder y, sobre todo, de dinero, el poderoso caballero que inmortalizó Quevedo.
No, el hombre no es bueno por naturaleza. El hombre es bueno o malo según su naturaleza, abundando más lo segundo que lo primero.

Y, lo que es más grave, al malo la sociedad lo empeora y al bueno lo fustiga. Además, entre los malos, los hay locos. Locos perversos, peligrosos. Locos que matan, de uno en uno, con sublime armonía y
empeño, o que gustan de acabar con muchos a la vez. Locos de atar y locos que atan, que masacran, como Putin, el hijo de.

Héroes y villanos

A menudo resultaría de lo más conveniente tener a mano uno de esos superhéroes que surcan el cielo con su capa al viento o saltan de edificio en edificio. Que salvan vidas y ponen en su sitio a villanos del más variado pelaje. Estos héroes que llevan el prefijo “super-” son personas de valores sin parangón, fuertes e inteligentes. Criaturas de otros mundos o, de ser terrícolas, resultado de un experimento científico o víctimas de la picadura de un arácnido.

Pero que estos sean personajes de ficción no significa que, a nuestro alrededor, no existan héroes y heroínas de los de a pie, sin capa ni calzoncillos por fuera. No hay muchos, pero alguno queda. Son los que, fieles a sus principios, no se venden, ni se callan, ni clavan el puñal en la espalda de un inocente aun a sabiendas del coste que supone defender la dignidad propia y ajena. Decía Scott Fitzgerald, novelista de la llamada Generación Perdida:“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. Muy cierto; porque héroe es ese tipo molesto que te pone frente al espejo y te enseña la etiqueta de tu cobardía. Y, claro, eso no gusta. Tener dignidad se paga, pero no olvidemos nunca que lo barato sale caro y que el precio por mantenerla siempre merece la pena.

Seis pastillas

En la historia del mundo ocurren de vez en cuando, y entre periodos de enorme aburrimiento, acontecimientos importantes que suponen un cambio brusco, un salto en el tiempo, el inicio de una nueva era. Hechos como el descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la escritura, la conquista de América, la Revolución francesa o la bomba atómica provocan que la vida deje de ser como venía siendo y se abalance con valentía, o sin más remedio, a lo desconocido. 

Lo mismo sucede, a grandes rasgos, en nuestra pequeña historia. Los días se repiten sin pena ni gloria, pasan los años de manera suave y escalonada y vamos cubriendo etapas: bautizo, comunión, colegio, universidad, trabajo, boda… De niño a adulto, de hijo a padre, sin enterarte, hasta que de repente te percatas de cuán mayor te has hecho y cuentas los años que te quedan para ir al cine con descuento y cobrar la pensión, si es que queda algo cuando llegues. Ya no eres el que siempre has sido, a pesar de seguir siendo el mismo. Y la ropa no te queda igual, aunque ocurra el hecho insólito de que tengas la misma talla. Ni pesas igual. Se ha producido una metamorfosis profunda. El capullo se ha convertido en mariposa. O viceversa.

Esto es lo que sucede en ese instante mágico en el que uno deja temporalmente, la felicidad no dura para siempre, de asistir a bodas (lo que da un cierto respiro), para pasar a ser convocado cada vez con mayor asiduidad a funerales y exequias. Toca despedir a amigos y familiares que, en el mejor de los casos, tenían cierta edad, que incluso a veces son de la tuya. O menos… Lo que te pone aún más los pelos de punta.

Tú asistes con cara de circunstancia y, si el tiempo lo permite, con un jersey oscuro de cuello vuelto, que siempre viene bien para ocultar los signos inequívocos de la edad, aunque tienes claro que los que están allí la conocen; pero alegrándote secretamente de tu suerte: después de todo estás vivo y ahí sigues, dando guerra, yendo a entierros. Con tus seis pastillas diarias de media, más las de los dolores, los “paracetamoles”, cuyo número varía según la meteorología.

¿Qué le vamos a hacer? La otra opción, la de ser el protagonista del sarao, es peor. En estos casos es preferible ser actor secundario. Además, como decía Gandalf el mago en El Señor de los anillos: “Un héroe sólo juega un pequeño papel en las grandes hazañas”. C’est la vie. Sólo nos queda esperar que, la que nos quede, nos dejen vivirla en paz algunos políticos que padecemos, cuyo deseo es convertir este país en Gotham, y sin murciélago que lo evite. De ésos quizá sí, más pronto que tarde, y en sentido figurado, te gustaría asistir a su funeral y, dependiendo de tus creencias, proclamar en tono circunspecto: ¡Por fin! ¡Todo llega! o ¡Alabado sea el Señor!

Entonces, compasivo después de todo, rememorarás aquel salmo que dice: “Que en verdes praderas me hace recostar. Junto a tranquilas aguas me conduce, me infunde nuevas fuerzas…”. A lo que el coro de los desesperados contestará: “Amén”. Y, emocionado, sueñas despierto… Y que yo lo vea.

(Publicado en el diario digital Jaén hoy el 11/2/2025).

Encuentro con lectores: Club de lectura Jaén Catedral.

21/1/2025

El asesino de la puntilla…

Se sabían la novela casi mejor que yo…

Una tarde mágica con el Club de lectura Jaén Catedral.
Muchas gracias por leer “El asesino de la puntilla», por compartir vuestras opiniones, por vuestro ánimo y vuestra sonrisa.
Con lectores así, da gusto…📚

Nos tuvieron que echar porque cerraban…