NOVEDADES

Hastiados, pero no muertos

Siento una ansiedad terrible cada vez que tomo conciencia de que, nuevamente, tengo el teléfono en mis manos y navego por los distintos periódicos digitales fiables leyendo noticias. Sin cesar. 

Me cuesta la vida desconectarme de la situación política de mi país, la amenaza rusa, la burla del Gobierno venezolano, el poderío chino, sus virus y demás miserias humanas.

Miro a los líderes, por llamarlos de alguna manera, mundiales y me dan ganas de morirme, o mejor de que se mueran ellos. Recuerdo con pavor a esas figuras como Hitler o Stalin y los veo reencarnados en Moncloa, el Kremlin o la Casa Blanca.

Evoco con nostalgia aquella otra vida, de no hace tanto, en la que leía las noticias, escuchaba la radio o veía el telediario una vez al día. Con eso bastaba. Los acontecimientos políticos no cambiaban tanto de un minuto a otro y los ciudadanos de a pie podíamos leer, ver una película, pasear, escribir, cocinar, reír o llorar. En definitiva, vivir en paz, sin ese sometimiento a la política nacional.

Quisiera volver a aquellos tiempos en los que las noticias, aunque malas, eran más anodinas, en los que se respetaba a los jueces, se admiraba a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y se tenían claros y anclados en el alma los principios y valores como la bondad; la humanidad; la educación, ahora infravalorada; la cultura, que parece olvidada; la justicia, injustamente maltratada; la inteligencia, sustituida por la IA; y el respeto a la división de poderes, a la propiedad privada, a la cultura y las tradiciones de nuestra amada pintoresca vieja Europa.

Nuestra herencia romana: el derecho, el arte, las calzadas, la lengua… Tanta historia, tanto sacrificio. Nada por lo que pedir perdón.

Pienso en los impuestos que pagamos. Muchos. No nos merecemos un Gobierno que nos tenga nerviosos, cansados, desilusionados, desesperanzados, avergonzados y cada día más pobres. 

Hastiada, tiro el móvil a un lado. El exceso de información acaba con mis nervios. 

Me pregunto qué hacer. Me siento demasiado joven para morirme y demasiado mayor para cambiar de país. No me queda otra que levantar la voz, protestar, exigir mis derechos, los de todos, los de nuestros hijos, y, por ellos, arrimar el hombro en una lucha sin cuartel contra la corrupción, para que nos devuelvan algo tan elemental, tan necesario y a la par tan difícil como es nuestra dignidad. Nuestra paz.

Todas las cosas pasan por algo


Dicen que nada sucede de forma fortuita, que existe una solución de continuidad entre los acontecimientos precedentes, consecuentes y subsecuentes. Tras una observación empírica, comprobamos que no hay más gordo que el que come en demasía, y que el que tira la garrota, cuando va a por ella, se la encuentra rota.

La ley de causa y efecto, también llamada de acción y reacción, no es un principio matemático estricto, se limita a enunciar que toda causa tiene su efecto y viceversa; que la vida es un bumerán que, cual arma giratoria, nos devuelve todos nuestros aciertos, errores y torpezas.

Así que, si nos tropezamos con algo mágico, abracémoslo con orgullo; pero si, por el contrario, perdemos lo que más amamos, antes de maldecir a los dioses y a la dama Fortuna o quejarnos de que nos han dado por detrás con el basculante, pensemos qué hicimos para merecerlo y jodámonos porque, amigos, todas las cosas nos pasan por algo, por ejemplo y a menudo, por gilipollas.

Por ellos. In memoriam

(Esto lo escribí tal día como hoy de 2022, pocos meses después de morir mi madre. Cada día de mi vida le doy las gracias por haber sido una persona tan especial, distinta y maravillosa. Fue publicado en Diario Jaén).


«¡Cuán gritan esos malditos! / Pero ¡mal rayo me parta / si, en concluyendo esta carta, / no pagan caros sus gritos!”.

Así empieza el “Don Juan Tenorio” de Zorrilla, una obra sublime que, por tradición, se interpreta la Noche de Todos los Santos.

Doña Inés, dulce y amorosa, confiada y llena de bondad. Don Juan, soberbio, vil y canalla. Él mismo se define al decir: “Por dondequiera que fui, / la razón atropellé, / la virtud
escarnecí, / a la Justicia burlé / y a las mujeres vendí… / y en todas partes dejé/ memoria amarga de mí”.

Pero hasta este desdichado crápula fue amado y amó. Y ese amor, como ocurre a veces con los amores ciertos, lo salvó.

Hoy, releyendo este drama, recuerdo a mis santos particulares, los que se fueron de mi vida dejando mi corazón a la par roto y
sereno. Enjugo las lágrimas que brotan sinceras sin apenas darme cuenta y sonrío con resignación y con la absoluta certeza de que desean mi felicidad igual que yo su paz.
Converso con ellos a ratos, los siento vivos en mi memoria, así como que su amor, generoso y desinteresado, es lo que inevitablemente me salva.

Por eso, y parafraseando a medias a don Juan, digo: Mal rayo me parta si en concluyendo esta carta… no doy las gracias por haberlos tenido.

Por ellos. In memoriam.

La rara

Siempre me ha asombrado lo poco que les duele la cabeza a algunas personas; a muchas. Como esas que siempre acompañan las publicaciones, historias, reels y todas esas cosas de las redes sociales con música desagradable, al menos para mis oídos; música alta, con percusión violenta, de estribillos cansinos y poco mensaje en sus letras. Me dan punzadas en la cabeza e inmediatamente quito el volumen al móvil y paso de largo.

Me pregunto qué milagro de la naturaleza les ha dotado de esa salud de hierro que les proporciona una vitalidad asombrosa, casi hercúlea, de manera que, a edades ya significativas, sigue apeteciéndoles en cualquier momento y situación una feria o, peor aún, una boda, con su tarea de hablar con unos y otros, sin ton ni son, sobre asuntos poco claros y para nada importantes; vestidos además con ropa incómoda, a menudo ridícula, y rematados, en el caso de las mujeres, por un calzado que, si bien eleva el trasero y perfila los muslos, también, y por contra, estruja y maltrata los pies hasta casi desfallecer.

Me intriga sobremanera cómo es posible que personas que rondan los 60 coman, engullan mejor dicho, con ansias y sin ardores; fumen en las puertas del lugar, haga frío, calor o caigan chuzos de punta; bailen la conga dando un espectáculo ridículo y beban alcohol como si no hubiera un mañana. Porque cuando uno es joven aguanta lo que le echen, aunque bien es cierto que yo, que siempre fui rara, me comportaba igual que ahora, quiero decir que no me gustaban nada ni conciertos ni bodas ni ferias ni espectáculos de luz, sonido y aglomeraciones de gente, se laven o no. Pero, cumplida cierta edad, tanto vigor, tanto brío, puede deberse a un prodigio de la naturaleza.

Además, y para mayor gloria de mi sexo, lleva de moda algunos años ya el agravante femenino que consiste en colocarse un número indeterminado de mujeres (¿acaso amigas?, lo dudo) pubis contra culo, con el objeto de no mostrar a la cámara sus abdómenes, consiguiendo de esta forma una imagen mujeril absurda que las denigra desde la primera hasta la última.

Para más inri, algunas de mis semejantes llevan tocados o pamelas —lo que es considerado por los expertos el culmen de la elegancia— tan grandes como una sombrilla de playa, lo que dificulta aún más el objetivo de arrimar el mismísimo propio al trasero o ano de otra hembra de su misma especie.

Y todo ello al son de una música mala, demasiado alta y asesina, que va golpeando mi cabeza abruptamente mientras huyo desesperada hacia cualquier otro lugar, generalmente mi casa, donde el silencio reine por encima de todas las cosas.

Y ya con el pijama, lo primero es lo primero, me tomo un analgésico y al cabo de un rato mis sienes se aplacan, un poco, nunca del todo; descanso con una toalla húmeda y fresca en la frente y no deseo escuchar ni a los pájaros que trinan en el patio. Silencio absoluto, sólo roto por unas palabras suaves, agradables y familiares que me preguntan:

¿Te apetece un té?

Siento que estoy en el paraíso y contesto:

Sí. Verde y con limón, por favor.

Y cuando la tetera y las tazas suenan en la cocina, víctimas del ajetreo y la amabilidad marital, la cabeza se resiente de nuevo, pero entonces me tapo ligeramente los oídos, casi de manera imperceptible, y pienso:

Peccata minuta.

Y es que mucho peor es siempre una boda.

Plaza de San Francisco

(Mi texto publicado en el libro “Plazas y Bienes Culturales del centro de Jaén”, editado por Diputación de Jaén, Instituto de Estudios Giennenses. Colabora la Asociación Vecinal Arco del Consuelo)

Plaza de San Francisco

El frío viento sopla con fuerza, cala mis huesos y revuelve mi pelo. Me detengo en lo alto de Bernabé Soriano, respiro hondo y contemplo la trasera de la Catedral.
Majestuosa. A mi derecha, el Palacio de la Diputación me envuelve, me transporta a otra época y recuerdo…
Soy una niña y voy con mi padre en un MG rojo. Apenas pasa de las 6 de la tarde, pero el otoño cede el paso al invierno y la noche, próxima a la Navidad, cae sobre Jaén. La tenue luz de las farolas alumbra la plaza de San Francisco otorgándole un aspecto mágico, casi místico. Un guardia con un rígido casco blanco y capote oscuro saluda a mi padre, se conocen, y le señala un hueco donde aparcar. En la misma plaza.
Al salir del coche, Tejidos Gangas me atrae con la geometría luminosa de sus ventanales. Vamos a encargar regalos de Reyes para mis hermanos y para mí, aunque yo aún no lo sé.
—¡Vamos! Mamá nos espera —me dice.
Pero yo, que debo de tener unos tres años, me quedo extasiada contemplando el edificio de la Caja Postal en cuya parte alta, para mí casi el cielo, preside una hucha, y unas luces, que se encienden y apagan de forma intermitente, simulan que cae una moneda.
En ese momento quiero tener una hucha, de esas de barro que luego había que romper con un martillo.
Mi padre me coge la mano; la suya es fuerte, su piel, áspera. Echamos a andar. La plaza es elegante, señorial. Entramos en los almacenes y me asombran los maniquíes, los empleados uniformados y los escalones, que brillan y se enredan en caracol. En mis recuerdos son de un tono verde oscuro, aunque hoy no podría asegurarlo. Los subo agarrada a la baranda curvando mi cuerpo con cuidado de no caerme. Veo mis zapatos de charol negro y mis leotardos blancos y me siento como Alicia en el País de las Maravillas. Arriba, mi madre abre sus brazos y me sonríe. Mis hermanos juegan entre los estantes. Y yo me alegro de ser yo, de tener esa familia, de que me haya tocado en suerte vivir en esta ciudad milenaria, con toda su historia, sus edificios señoriales, su viento frío que baja del Castillo de Santa Catalina y su calor asfixiante en verano.
Salimos de Tejidos Gangas. La gente recorre la plaza, las calles Álamos, Cerón y Campanas. Levanto la cabeza y vuelvo a mirar. La moneda cae. La plaza me atrae. Me atrapa.

Teresa Viedma Jurado