La noche se desploma sobre mí a una hora aún temprana e, ipso facto, las luces navideñas comienzan a alumbrar, permanente o intermitentemente, según el capricho del ingeniero, campanas, ángeles y figuras geométricas que para nada representan, pero quieren festejar, la figura de Jesús nacido. El Redentor.
De las tiendas, todas ellas abiertas, entran y salen personas capaces de comprar cualquier cosa con sus tarjetas de crédito, para celebrar, un año más, la venida. Créditos que, a menudo, cuesta Dios y ayuda pagar… Pero ¿a quién le importa eso en estos momentos de felicidad obligada?
Los niños, con los móviles de sus madres en las manos, incluso levantan la vista para vislumbrar entusiasmados nuevas pantallas de lo que sea.
Escaparates iluminados y adornados con belenes y espumillón muestran todo tipo de objetos. Navidad…, cuando todo es más bello y la gente tiende a pensar, sin mucho acierto y ningún motivo, que es buena. Que se merecen la felicidad, la fiesta y hasta el premio de la lotería.
Camino despacio por las calles del centro. Suena música de villancicos. Los niños dan saltitos y tiran del brazo de sus progenitores pidiendo otra vuelta en el tiovivo.
Hace frío, mucho frío; me abrocho hasta arriba el abrigo y me cubro bien el cuello con la bufanda: verde. Me gusta el verde. A mi espalda llevo una mochila del mismo color con todo lo necesario para mis planes en esa hora turbia. Pesa, pero no me importa.
Llevo la cabeza alta, siempre la llevo, y los ojos vivaces, que miran inquietos y sedientos de un lado a otro… Buscando. La sangre corre por mis venas más deprisa que nunca, la adrenalina se me dispara y mi paso, antes lento, se acelera.
De repente, a pesar del viento gélido que amenaza nieve, siento una extraña sensación de fuego en el cuerpo. Ansiosa, me aflojo un tanto la bufanda dejando que el aire frío entre en mí por la boca como si mis labios también quisieran mirar y ver.
Necesito una nueva víctima.
Me decido por girar a la derecha y adentrarme en una estrecha calle comercial. Choco con un matrimonio mayor, educada pido disculpas, aunque ellos, maleducados, sólo me miran mal y siguen su camino renegando. Después, con unos jóvenes con cortes de pelo repugnantes, a mi modo de ver, que ríen de forma desmesurada. Reír por no llorar, pienso. Ninguno de ellos sirve a mis propósitos.
Las cafeterías están abarrotadas de familias, parejas y amigos que meriendan churros, chocolate, cafés o bebidas espirituosas. Paso de largo.
Me duele el omóplato derecho y el peso de la mochila no ayuda. Llego al final de la calle, que desemboca en otra peatonal. Un espectáculo de luz y sonido mantiene a una horda de paisanos con los ojos fijos en la cúpula iluminada y la boca abierta. Aplausos y murmullos de aceptación. La gente es feliz en su ignorancia.
Mi necesidad de víctima es cada vez mayor. A lo lejos diviso a una antigua compañera de colegio. Hace cuarenta años que no la veo, pero sigue teniendo esa expresión malvada en la comisura de la boca. Se ha tintado de rubio. Siento ganas de clavarle algo en esos ojos mezquinos. No me parece una buena opción. Empiezo a desesperarme.
Siempre me ha gustado la Navidad, confío en mi suerte y sigo caminando. En la Catedral, un grupo abultado de gente se empuja para asistir al concierto de Navidad de la Escolanía. Me cuelo dentro.
Arrastrada por la gente voy a dar con mis posaderas contra una bella columna renacentista, o vaya usted a saber, frente al coro. Entonces lo veo. Allí está. Con su esposa. Antonio, mi chapista. Me hace señales de salutación y me muestra una silla vacía a su lado. Es mi momento. He de aprovechar el ruido de fondo antes de que dé inicio el concierto. Una sonrisa, no del todo hipócrita, aparece en mi rostro y avanzo hacia ellos.
— ¡Hola! Qué casualidad; mi mujer lleva tiempo queriendo conocerte. Le gustan mucho tus libros.
—¿Sí? Muchas gracias. Antonia, ¿verdad? Tu marido me habla siempre de ti. Que te gusta leer…
—Mucho, sobre todo las novelas estas de crímenes. Me han encantado tus libros, los dos.
— ¿De verdad?
—De verdad, claro que sí… —el matrimonio ríe al observar mi cara de satisfacción desmedida —. Estarás con otro proyecto, ¿no?
Asiento con la cabeza, pero mi mente sólo piensa en otra cosa. Un sabor dulce inunda mi saliva, el corazón se me acelera, los ojos me pican, casi me lloran…, y, juntando dolorosamente mis escápulas, suelto la mochila de mi espalda, la cojo, abro la cremallera, meto la mano derecha, agarro con fuerza el arma. La saco y apunto con ella.
—¿Dos? ¿Es que no has leído el último?
Antonia mira con cierto asombro el libro que sostengo en su dirección.
—A ver… No, éste no. ¿Dónde puedo comprarlo?
— Aquí mismo, en el coro.
El chapista busca en su bolsillo.
—No llevo dinero. ¿Puedo hacerte un bizum?
—Claro. No hay problema.
—Antonio —dice Antonia—, podíamos regalarle otro a mi hermana, que no sé qué llevarle a la cena de Nochebuena.
—Pues sí, y otro a la mía. Y a mi madre. Así nos quitamos el problema de los regalos de en medio. No traerás más, ¿verdad?
Las lunillas de mis ojos se dilatan como las de un gato. Con agilidad vuelvo a buscar en la mochila y saco cuatro ejemplares, y una bolsa de papel de color rojo decorada con figuritas de Papá Noel.
Los miembros de la Escolanía salen en fila con sus túnicas rojas y ocupan sus posiciones. La directora levanta la batuta.
Antonia coge entusiasmada los libros y la bolsa. Su marido me mira y susurra:
—¿Cuánto es?
Empieza el concierto. Las voces angelicales se elevan al cielo. No puedo hablar, pero necesito rematar a mis víctimas, así que abro la calculadora del móvil y, poniendo la pantalla delante de sus ojos, escribo el precio de uno y lo multiplico por cuatro. Miro a mi chapista y, aunque no sé francés, mis ojos dicen: C’est tout. Eso es todo.
El chapista abre su aplicación del banco y trastea en ella. Noto mi energía. Como esferas invisibles gira en las palmas de mis manos. Puedo detenerla, cambiar el sentido del giro, acelerarla o frenarla. Como Henley, en su poema Invictus, me siento dueña de mi destino y capitán de mi alma.
Me llega la notificación del banco: He recibido un bizum.
Miro a Antonio, luego a Antonia, y susurro: Feliz Navidad.
Percibo la energía también en la parte superior de la cabeza, en las terminaciones nerviosas de la piel que recubre mi afortunado, aunque algo destartalado, cráneo.
Deposito en el suelo la mochila, verde. El frío arrecia entre las piedras de la inmensa catedral. Me envuelvo el cuello y la boca con mi bufanda, verde; cierro los ojos, siento la música que acaricia mi alma y pienso: “Ha sido una buena venta”.