Héroes y villanos

A menudo resultaría de lo más conveniente tener a mano uno de esos superhéroes que surcan el cielo con su capa al viento o saltan de edificio en edificio. Que salvan vidas y ponen en su sitio a villanos del más variado pelaje. Estos héroes que llevan el prefijo “super-” son personas de valores sin parangón, fuertes e inteligentes. Criaturas de otros mundos o, de ser terrícolas, resultado de un experimento científico o víctimas de la picadura de un arácnido.

Pero que estos sean personajes de ficción no significa que, a nuestro alrededor, no existan héroes y heroínas de los de a pie, sin capa ni calzoncillos por fuera. No hay muchos, pero alguno queda. Son los que, fieles a sus principios, no se venden, ni se callan, ni clavan el puñal en la espalda de un inocente aun a sabiendas del coste que supone defender la dignidad propia y ajena. Decía Scott Fitzgerald, novelista de la llamada Generación Perdida:“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. Muy cierto; porque héroe es ese tipo molesto que te pone frente al espejo y te enseña la etiqueta de tu cobardía. Y, claro, eso no gusta. Tener dignidad se paga, pero no olvidemos nunca que lo barato sale caro y que el precio por mantenerla siempre merece la pena.

Seis pastillas

En la historia del mundo ocurren de vez en cuando, y entre periodos de enorme aburrimiento, acontecimientos importantes que suponen un cambio brusco, un salto en el tiempo, el inicio de una nueva era. Hechos como el descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la escritura, la conquista de América, la Revolución francesa o la bomba atómica provocan que la vida deje de ser como venía siendo y se abalance con valentía, o sin más remedio, a lo desconocido. 

Lo mismo sucede, a grandes rasgos, en nuestra pequeña historia. Los días se repiten sin pena ni gloria, pasan los años de manera suave y escalonada y vamos cubriendo etapas: bautizo, comunión, colegio, universidad, trabajo, boda… De niño a adulto, de hijo a padre, sin enterarte, hasta que de repente te percatas de cuán mayor te has hecho y cuentas los años que te quedan para ir al cine con descuento y cobrar la pensión, si es que queda algo cuando llegues. Ya no eres el que siempre has sido, a pesar de seguir siendo el mismo. Y la ropa no te queda igual, aunque ocurra el hecho insólito de que tengas la misma talla. Ni pesas igual. Se ha producido una metamorfosis profunda. El capullo se ha convertido en mariposa. O viceversa.

Esto es lo que sucede en ese instante mágico en el que uno deja temporalmente, la felicidad no dura para siempre, de asistir a bodas (lo que da un cierto respiro), para pasar a ser convocado cada vez con mayor asiduidad a funerales y exequias. Toca despedir a amigos y familiares que, en el mejor de los casos, tenían cierta edad, que incluso a veces son de la tuya. O menos… Lo que te pone aún más los pelos de punta.

Tú asistes con cara de circunstancia y, si el tiempo lo permite, con un jersey oscuro de cuello vuelto, que siempre viene bien para ocultar los signos inequívocos de la edad, aunque tienes claro que los que están allí la conocen; pero alegrándote secretamente de tu suerte: después de todo estás vivo y ahí sigues, dando guerra, yendo a entierros. Con tus seis pastillas diarias de media, más las de los dolores, los “paracetamoles”, cuyo número varía según la meteorología.

¿Qué le vamos a hacer? La otra opción, la de ser el protagonista del sarao, es peor. En estos casos es preferible ser actor secundario. Además, como decía Gandalf el mago en El Señor de los anillos: “Un héroe sólo juega un pequeño papel en las grandes hazañas”. C’est la vie. Sólo nos queda esperar que, la que nos quede, nos dejen vivirla en paz algunos políticos que padecemos, cuyo deseo es convertir este país en Gotham, y sin murciélago que lo evite. De ésos quizá sí, más pronto que tarde, y en sentido figurado, te gustaría asistir a su funeral y, dependiendo de tus creencias, proclamar en tono circunspecto: ¡Por fin! ¡Todo llega! o ¡Alabado sea el Señor!

Entonces, compasivo después de todo, rememorarás aquel salmo que dice: “Que en verdes praderas me hace recostar. Junto a tranquilas aguas me conduce, me infunde nuevas fuerzas…”. A lo que el coro de los desesperados contestará: “Amén”. Y, emocionado, sueñas despierto… Y que yo lo vea.

(Publicado en el diario digital Jaén hoy el 11/2/2025).

Encuentro con lectores: Club de lectura Jaén Catedral.

21/1/2025

El asesino de la puntilla…

Se sabían la novela casi mejor que yo…

Una tarde mágica con el Club de lectura Jaén Catedral.
Muchas gracias por leer “El asesino de la puntilla», por compartir vuestras opiniones, por vuestro ánimo y vuestra sonrisa.
Con lectores así, da gusto…📚

Nos tuvieron que echar porque cerraban…

Estado de necesidad

(Publicado en Jaén Hoy el 15/1/2025)

Lo malo de llegar a cierta edad es que a uno le ha dado tiempo a vivir demasiadas situaciones irracionales e injustas. Lo bueno, que sigues vivo, y por tanto susceptible de ser nuevamente utilizado, engañado y/o bendecido, esto último, casi siempre, en la esfera privada. En la pública, cada vez con mayor frecuencia, el descaro con el que se usa y abusa de la ley me provoca una sensación de irrealidad que me hace preguntarme si vivo en un Estado de Derecho o más bien de necesidad.

Cuando era una joven estudiante que se adentraba en la letra y el espíritu de la ley, me sentí una privilegiada porque me amparaba una constitución que me garantizaba, ante todo, justicia. Nunca me imaginé que mi seguridad jurídica, y la de todos, pendiera de un hilo tan frágil e incontrolable, como el que tejían las Moiras griegas. Que un país, o su gobierno, pudiera caer en una guerra de argucias y traiciones. Pero, como dijo Sun Tzu, la clave de la guerra es el engaño.

Y esto, con independencia del coraje, lo que provoca es asco. Como cuando vas a comprar fruta y te la dan podrida. Y tú la ves podrida. Y te la cobran. Y se ríen. Entonces te sientes humillado por saberte engañado y saber que el que te engaña sabe que lo sabes… Pero el sátrapa cree que te aguantarás porque tienes miedo. Porque aquellos que deberían protestar, que para eso cobran, se agachan tanto y con tal flexibilidad yóguica que se les ve el culo. En pompa. Y casi circunstancia. Como la famosa marcha de Edward Elgar.

Por eso, en estos tiempos tan indecentes en los que cuesta caro ser decente, se hace imposible permanecer inmóvil y prudente, y vuelvo a preguntarme dónde quedaron los principios básicos que garantizaban la libertad, la igualdad y la seguridad jurídica.

Me enseñaron que la justicia es una diosa ciega, que no distingue entre las personas y que se aplica de forma equitativa. Entonces, ¿cómo es posible tanta burla? ¿Cómo es posible tanto cobarde?

Callados y arrogantes a la par que arrastrados.  Como decía Unamuno: “A veces el silencio es la peor mentira”.

La ley es lo más sagrado que tenemos. Tanto que el concepto de justicia lo atribuimos a Dios. Es por eso que, hasta en los momentos más duros de la vida, uno ha de defender la verdad, la honestidad, la justicia, la bondad y el decoro. Y no permitir que nada ni nadie nos arrebate lo único con lo que nacemos: la libertad de ser y de querer ser. Ningún gobierno debería negar a sus ciudadanos el derecho a defenderse, a poder acudir a sus jueces, independientes e imparciales, a vivir en paz, a luchar por lo suyo, a pensar como quiera y a expresarse con toda la libertad del mundo.

Y, de hacerlo, no queda otra que levantarse y luchar contra la tiranía.

Porque, tal vez, esa escasez tan manifiesta de principios y valores que se da mucho en la “res publica”, la cosa pública, en ocasiones próxima a la “cosa nostra”, tal vez, decía, se deba únicamente a una desconsiderada y total carencia de vergüenza. Y de dignidad.

https://www.jaenhoy.es/opinion/articulos/estado-necesidad_0_2003139198.html?utm_source=whatsapp.com&utm_medium=socialshare&utm_campaign=mobile_web