Un hambre morrocotuda

El fin de semana me  despierto tan temprano como si fuera un desagradable lunes porque mi estómago, tan vacío de la frugal ensalada de la noche anterior, me tira al suelo, me coloca las chanclas y me lanza despavorida en busca de alimento. Me apetecería comer una maravillosa tostada de mantequilla, incluso pecar con mermelada… Sin embargo agarro un kiwi, lo parto por la mitad y me lo zampo en dos cucharadas… Salgo al café de la esquina, sigo con hambre… Pido mi descafeinado, que cuida mi tensión arterial, con leche desnatada, que regula mi colesterol, y sacarina que mantiene los niveles de glucosa en sangre. Eso sí, me lío la manta a la cabeza y mordisqueo media tostada integral con unas deliciosas gotitas de aceite de oliva y tomate recién rallado. Vuelvo a casa y entretengo mi estómago limpiando, nadando, leyendo y escribiendo hasta que, harta de pasar hambre, me como una suculenta manzana verde, cuyas beneficiosas propiedades son por todos conocidas,  y espero, agradecida, hasta la hora de comer. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido, que el reloj se hubiese parado para siempre… Tumbada en la piscina oigo rugidos como de un león en la sabana africana y miro desesperada a izquierda y derecha a ver si, alguien más, lo ha escuchado… Es mi estómago que me avisa de nuevo… Pienso con largueza en la exquista comida que voy a llevarme a la boca. Miro mis piernas, algo más coloradas después de dos meses entre playas y piscinas, pero que siguen sin alcanzar la categoría de “morenas” a pesar de la cantidad de caroteno disfrazado de hortalizas que me trago a diario.

Feliz como una perdiz me preparo un pescado a la plancha, con sentimiento de culpa ya que hoy no es azul, y unos soberbios espárragos verdes con un chorrito de aceite. Y… nada de postre, porque es de todos sabido que la fruta se ha de comer entre horas.

El dolor de la ciática me lleva a colocarme la manta eléctrica en las lumbares, a pesar de los 38 grados que soplan fuera que me obligan a tener puesto todo el día el aire acondicionado provocando que dicha  ciática se haya fijado en mi cuerpo y no me abandone en un mes. Eso me jode y preocupa porque no puedo hacer deporte que me mantenga en forma con el consiguiente riesgo de engorde.

Pensando en seguir con mi lectura me quedo muerta en el sofá. A las tres horas me despierto creyendo que he fallecido  y estoy en el infierno, pecadora de mí, porque algo me quema y, obnubilada, no caigo en lo que puede ser. Siento una deshidratación profunda y busco agua sobre la mesa; al no encontrarla, agarro lo primero que pillo: un vaso de coca cola light caliente que, caprichosa de mí, había dejado a medio beber antes de comer. El asco me devuelve a esta vida y me percato de la manta eléctrica que, sin miramientos, apago y tiro al suelo lo más lejos de mí que mi brazo, aún somnoliento, alcanza.

Y digo muy seria: tengo hambre.

Harta de sufrir, pienso en merendar. Me comería un apetitoso sándwich con el queso bien fundido, sin embargo cojo un melocotón, con el coraje que me da pelarlo… Me lo como rauda como el viento y afirmo: qué bueno está!!! Porque si lo comparo con la manzana verde, tan ácida ella, el melocotón es gloria bendita.

Y así hasta la cena, que volverá a ser una estupenda ensalada, que, cuando estoy ya cabreada, aderezo más de la cuenta e incluso le añado unos arándanos secos, que tienen calorías para parar un tren… Y a veces hasta remato con un yogur natural desnatado, eso sí, de los llamados  “bio”, que no sé qué  tienen de diferente pero sospecho que debe ser su regusto agrio y soso que me sabe a “despeinado”.

Así que cuando llega mi hora, mi cuerpo se pelea entre el sueño, la ciática y un hambre morrocotuda que me vuelve loca… Pero soy fuerte y me acuesto con el rugido del león en mis entrañas, no sin antes mirarme al espejo y comprobar, para mi desgracia, que no he adelgazado ni un gramo… Eso sí, quiero pensar que este verano he sido afortunada y tampoco he engordado.

C’est la vie… Un eterno pasar hambre, tanto que, parafraseando a la Santa que lleva mi nombre, vivo sin vivir en mí…y tan alta comida espero que muero porque no muero … 

Un tupper en el congelador 

Las redes sociales están plenas de noticias de diversa índole: actualidad, artículos interesantes, científicos, culturales, avances en medicina, estrenos de películas… También podemos encontrar música, fotos de amigos o de desconocidos haciendo cosas que no esperaríamos nunca de nadie, como bajarse los pantalones y enseñar los traseros. A menudo tropiezas con test que te dan resultados asombrosos pero no por ello exactos, ni siquiera fiables, sobre la cantidad de veces que te has reencarnado en este mundo, páginas de citas con fotos de hombres o mujeres cuasi perfectos que, aunque parezca mentira, andan a la caza de amor y sexo, no entiendo cómo siendo tan guapos no encuentran a su media naranja en el bar de la esquina… Vídeos sobre pobres perros abandonados o mensajes budistas que pretenden en diez frases hacerte alcanzar el nirvana o al menos una felicidad utópica e irrisoria cuando al mismo tiempo no te toca la lotería… Los hay más sofisticados, afectados, sensiblones o burdos …Eso sí, suelen tener en común su mala ortografía. En fin, un paseo por Facebook y adquieres una visión de la naturaleza humana fuente de inspiración para cualquier novela… Pero hoy ha sido el remate, me he encontrado con un post, una foto que dice : “Sabéis esas veces que veis en la nevera un tupper de helado y al abrirlo son lentejas con chorizo ? Pues con algunas personas, igual “. Me ha hecho sonreír de tan cierto como clarividente, casi una profecía… y rápidamente, con la agilidad que me caracteriza, he empezado a acordarme de aquellas personas que, creyéndolas delicioso helado de chocolate negro, me resultaron lentejas con chorizo… Y no son pocas… No digo yo que no sea un alimento completo, pero sí del todo inesperado. Están, como digo, las lentejas con chorizo, pero rápidamente identifico  algunos que se asemejan más a callos con garbanzos, otros a judías con morcilla y aquellas amigas beatas que te sueltan la letanía… esas son más como un potaje de Cuaresma… Adiós al delicioso helado que esperabas encontrar bajo su envoltura!

La cara de boba que se te queda cuando agarras una cuchara, te tiras al tupper de cabeza, lo llevas al sofá, te relames del gusto, tus papilas gustativas se emocionan y empiezas a segregar saliva, sientes el sabor del chocolate amargo, abres el tupper, hincas la cuchara y zás !!! Lentejas con chorizo… Y encima congeladas… 

Y es que es necesario profundizar más, pasar del envoltorio. La verdadera esencia hay que buscarla más allá, en el interior de ese invento maravilloso que ha revolucionado el mundo. Los hay de todas las formas y medidas, los puedes comprar en grandes almacenes, en chinos y demás coloniales, hay verdaderas ofertas en tele tienda… Un objeto que parece sencillo, útil y susceptible de meter en el microondas. Y con esa manía nuestra de guardar lo que sobra para “por si “, a menudo se nos presenta como la más burlesca de las sorpresas: el tupper.

Muy bueno el post, genial y harto valioso porque ahora mismo el congelador de mi cerebro ya tiene ordenado y etiquetado, para no confundirme más, a todo tipo de potaje conocido. Pero el destino es cruel y cualquier día vuelvo al congelador, me dejo seducir de nuevo por la apariencia, agarro otro y me encuentro que tampoco tengo helado… 

Mentiras arriesgadas 

Me parece increíble la cantidad de rollos que me cuentan algunas personas por minuto y metro cuadrado. En el trabajo, en la compra, en la calle, en el bar tomando una cerveza, en el Corte Inglés comprando un par de zapatos, mi diversión favorita… Y con esa manía mía de creérmelo todo… Después, como por arte de birlibirloque, me doy cuenta de que es todo mentira. Mentiras absurdas sobre cualquier tema que, además, para más abundamiento, no me interesa ni lo más mínimo. Mentiras infundadas, mentiras incoherentes, disparatadas, desatinadas … harto estúpidas… Porque, por lo general, te vuelves a encontrar a esas personas y, tremendo descabello, te relatan otra versión de la misma historia -digo yo que será la cara B, como en los viejos discos de vinilo- tal que acabas loca porque no sabes si la que no atina eres tú misma, si eres presa de una enfermedad degenerativa de tu propia memoria que mezcla escenarios de universos paralelos. Situaciones contradictorias que viven a la vez pero en distintos lugares, como Sor María Jesús de Ágreda, famosa por su bilocación; la Dama Azul la llamaban… Tenía la asombrosa habilidad de encontrarse a un tiempo tanto en Soria como en Nuevo México o Texas. Un caso extraño por el que la buena monja fue juzgada por el Santo Oficio y del que salió bien parada, extrañamente, tanto que en 1.668 anno Domini, se le abrió proceso de beatificación, proceso que, hoy por hoy, sigue sin resolverse.

No conocía yo más casos de estos… Al menos, Sor María Jesús iba a evangelizar a los indios, obteniendo  milagrosas conversiones, AMDG (ad maiorem Dei Gloriam), mientras en Ágreda permanecía en clausura su otro yo. Pero… cuál será el sentido de esos otros casos que me encuentro cada día ??? 

No me cabe otra que pensar que se trata de mentiras irracionales cuya única finalidad es poner a prueba mi paciencia y mi capacidad de síntesis. Mentiras arriesgadas por ser prontamente desenmascaradas, como en la divertida película dirigida por James Cameron e interpretada por Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis, que, por tener un final feliz, acaban bailando el famoso tango de Gardel: “Por una cabeza”.

Pues por eso mismo, por una cabeza, la mía, ruego al Cielo o a quien sea menester, no me metan más rollos, porque si la persona es importante para mí, tiende a dolerme  y si no lo es tanto, tiende a entretenerme. Y veréis, mucho tiempo, como que no tengo…