No podía soportarlo. Sentada en la silla de la sala de espera, miraba con los ojos desencajados la orla del doctor S. Me dio coraje. Últimamente, los últimos diez años, todo el mundo parecía ser más joven que yo; al menos todo los que parecían pintar algo.
Bebí agua, una buena decisión tratándose de la consulta de un urólogo, y me entretuve en mirar, casi con descaro, a las personas que, en silencio y aburridas, esperaban su turno. Me llamó la atención la pareja de mi derecha, marido y mujer, que no se hablaban ni se miraban, si bien, y casi con seguridad más jóvenes que yo, no lo parecían y además presentaban un marcado sobrepeso, lo que siempre afea. Más aún.
Al frente, un señor con aspecto de fraile que, contrario a la tendencia, sí que era, y parecía, más viejo.
Había otras personas en la sala —no quedaba ni una silla libre—, aunque ninguna demasiado interesante a mi modo de ver.
Resoplé. Entre la calefacción y el exceso de humanos, comencé a agobiarme. Sobre la mesa de centro divisé algunas revistas tipo «Hola» de años atrás. Me abalancé sobre una de ellas, la abrí, le arranqué unas páginas, las doblé y comencé a abanicarme.
Respiré aliviada.
¡Puta piedra en el riñón! ¿Estas consultas no iban a acabar nunca? Llegaba, el doctor me hacía una ecografía y decía: ahí está la piedra. Ahora mismo no molesta, pero puede moverse… Vuelve en 6 meses y vemos.
Horroroso.
De repente, la mujer con sobrepeso a mi derecha dio un grito aterrador, se levantó y con el bolso fuertemente agarrado con ambas manos, miró al frente con los ojos desencajados, las cejas elevadas —como buscando el cielo— y un espasmo en los músculos de la cara que le daban un aspecto extraño: una sonrisa sardónica, forzada y sin gracia, como la del Joker. Convulsionó, dobló las rodillas y cayó al suelo.
Pude escuchar el chasquido de sus meniscos. Pensé que le dolería mucho, pero no. No le dolió. Estaba muerta. Y aún así seguía sonriendo, como si alguien le estirara la cara desde atrás. El aspecto era terrorífico.
El marido la llamó por su nombre varias veces, gritando primero y llorando después:
—¡Adelina, Adelina!
Ya sabemos el nombre, pensé.
La palabra vino a mi mente y de ahí a mis labios y, carente de la más mínima prudencia, dije:
—Estricnina.
La enfermera, cuyo nombre desconocía entonces, acudió a la sala y, lejos de solucionar algo, se desmayó. No estaba muy curtida en el oficio la pobre.
Me levanté, atravesé el pasillo y abrí la puerta de la consulta del urólogo.
—¿Qué ocurre? —dijo el doctor—. Espere su turno; estoy atendiendo a otro paciente.
El paciente, un señor con el rostro cetrino, se incorporó en la camilla y me miró con deseo.
—Hay una mujer muerta en su sala de espera. Envenenada.
—¿Envenenada? ¿Qué dice? ¡Enfermera! —llamó.
—Se ha desmayado —aclaré.
El médico salió corriendo hacia la sala. Yo lo seguí. Me daba risa pensar en la cara que iba a poner al ver el espectáculo.
—Sonrisa sardónica —murmuró el doctor.
—Ya se lo dije.
—¿Qué ha tomado?
El marido empezó a tartamudear, se agarró la cabeza con ambas manos y gritó:
—¡Adelina!
—Llame a la policía —me pidió el doctor.
Algunos pacientes, no demasiado cívicos y en absoluto solidarios, quisieron marcharse, pero yo les impedí el paso mientras marcaba el 112 para que enviaran a la policía.
El doctor daba a oler a la enfermera unas sales de amoniaco o qué sé yo, pidiéndole que se despertara. Ella, obediente, se recuperó de inmediato y se puso en pie estirándose la falda. Así todos pudimos dejar de ver sus bragas de un soso y desagradable color azul claro desvaído.
—Menchu, ¿estás bien? —preguntó el médico.
No me gustó el nombre, pero al menos ya lo sabía.
—Sí, doctor —dijo Menchu— ¿Qué le ha ocurrido a la señora Adelina?
—Ha muerto.
—¿Muerto? ¿Pero por qué se ríe?
El doctor me miró y asintió.
—La señora Brown tiene razón: me temo que la han envenenado con estricnina. ¿Ha bebido algo?
—Agua del dispensador de la consulta —contestó la enfermera Menchu.
—¿Y ha comido? —insistió curioso el doctor.
La enfermera se encogió de hombros.
—Ni idea —aclaró.
Yo me agaché junto a la muerta, me puse de rodillas y la observé de cerca. Bajo su prominente abdomen asomaba un trocito de papel.
—¿Puedo? —hice amago de tocar a la difunta.
—No sé —dijo el doctor.
—Puedo —dije.
Con cuidado, empujé la barriga de la tal Adelina hasta ver enteramente lo que habría de ser la prueba definitiva.
—¡Ajá! —exclamé airosa.
—¿Ajá? —preguntó extrañado el doctor.
Empujé de nuevo el abdomen de la fallecida Adelina y le mostré la prueba.
—El papel de una Magdalena.
El médico hizo amago de cogerlo.
—¡Cuidado! Contiene estricnina.
El doctor S., asustado, retiró la mano con premura.
Miré fijamente al marido con sobrepeso, que curiosamente había dejado de llorar. Él, ágilmente, se puso en pie y corrió hacia la puerta.
El señor con aspecto de fraile, que hasta entonces había permanecido mudo, estiró el pie practicándole una suerte de zancadilla al susodicho marido grueso que, torpemente, cayó de bruces al suelo golpeándose la cabeza. No se movió. De inmediato, la sangre manchó el suelo de mármol beige.
El doctor, que quieras o no, había hecho su juramento hipocrático, fue a auxiliarlo. Comprobó sus constantes vitales.
—Está muerto —sentenció.
Sonó el timbre. Abrí. Era la policía.
—Pasen. Aquí tienen: esta mujer ha sido asesinada por su marido. Los dos están muertos.
Tras las explicaciones y alguna llamada telefónica, llegaron el forense y el juez de guardia para levantar los cadáveres. La funeraria hizo su aparición.
No hubo consulta. Me llamarían para darme otra cita, lo que me suponía una molestia.
La policía me tomó declaración y, finalmente, pude marcharme, no sin antes advertir al funerario de que necesitarían dos cajas de ancho especial. El profesional me miró con esa admiración que siente el entendido al encontrarse a alguien muy por encima de su nivel.
Salí a la calle. Llovía. Me sentí bien, aunque hambrienta. Había acudido a la consulta en ayunas para hacerme la ecografía y me había tenido que marchar sin cosechar éxito alguno. Respire hondo. Abrí mi bolso, siempre suelo llevar alguna galleta, un bizcochito o cualquier otra chuchería… Escarbando, encontré una bolsa, la abrí: una magdalena.
Me daba algo de mal rollo, pero el estómago sonó como los estertores de la muerte.
La saqué de la bolsa y le di un bocado.
Sonreí. Estaba exquisita.
Me acordé de Adelina y su sonrisa terrorífica y, por un momento, la mía se borró de mi cara. Seguí andando, di otro bocado y, ya tranquila, pasé revista a la tarde: no podía olvidar la cara del doctor, de la enfermera Menchu, del fraile que no lo era y del marido con sobrepeso pillado in fraganti con el veneno en el bolsillo de la chaqueta. ¡Qué torpe!
Ya veía yo que no se miraban… Y es que no se podían ni ver.
Estaba claro.
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