Tanta energía en una mujer para estudiar, para aprender, para enseñar, para trabajar, para soñar, para proteger, para sobrevivir, para amar… apasiona a la par que agota.
Desde que te conozco, y de eso hace ya muchos años, tantos que apenas recuerdo la vida sin ti, he dado por hecho, y he aceptado feliz, que me ibas a sobrevivir. Quizá por esa vitalidad, por tu mirada digna, por tu valentía y por esa fuerza que desprendes por cada poro de tu piel. Siempre te he pensado invencible.
—Quiero irme primero; vivir sin ti ha de ser insoportable —me has repetido muchas veces.
— De eso nada; tienes cara de vivir cien años. O más —Siempre he estado convencido de que mi destino era ir por delante en esa cuestión. Aunque sólo sea por justicia. Pocas veces me dejas ir a la cabeza —. Sonrío y acaricio tu cabello.
—¿Tú crees?
—Sí. Además, ¿cómo me vas a dejar solo? ¿Quién me va a regañar, a dar las instrucciones…?, ¿quién me va a recordar cada noche que baje la basura?
Esta conversación la hemos tenido tantas veces… Y todo eso, que sonaba tan lejano, tan imposible, porque los seres humanos nos sabemos mortales, pero vivimos como si sólo lo fueran los demás, los otros, todo eso, insisto, al final llega. ¡Vaya si llega!
Llevamos juntos tanto tiempo, amor mío, que me he acostumbrado a tus manías, a tus horarios, a tus excentricidades, como eso de la campanilla —que tocas como si llamaras a maitines, ¡ay, Dios!—, a tus cambios de humor, a tus presentimientos o intuiciones, como acostumbras a llamarlas, a que me cuentes tus sueños al despertar con la certeza absoluta de que quieren decir algo importante.
Te veo sentada en tu sofá color cereza del Jerte, leyendo o escribiendo, con tus gafas bien colocadas, sin deslizarse ni un milímetro por tu nariz, entusiasmada. Parece mentira lo que te pueden gustar las palabras, su sonido, su melodía, su voz. Y yo, con mi libro, escuchando la radio o viendo la televisión y dando cabezadas. Hasta que un sonido metálico, un tilín agudo, familiar y, sin embargo, desagradable me provoca un pálpito que me acelera el corazón y me saca del sopor.
—Baja la basura —escucho a posteriori.
Y yo, arrastrando las zapatillas, renqueando con mi prótesis en la rodilla derecha, me dirijo al lavadero de la cocina, cierro la bolsa con maña y la bajo al contenedor.
Y ahora estoy aquí. Acabo de volver a casa, a nuestra casa, con lo que me queda de ti en una urna que, finalmente y tras mucho dilucidar, no resulta bonita.
Todo lo que no te dije porque siempre he sido callado y más bien soso, quiero decírtelo ahora. El silencio me pesa como una lápida, la que nunca quisiste tener. Me falta tu voz en cada habitación. Pero puedo olerte. Estás aquí, en el aire, en las cortinas, en los muebles… Y en los libros. Creo que, en cualquier momento, vas a aparecer a mi lado en la cocina, haciendo la comida, que tu lado de la cama va a estar cálido, que puedo agarrarte la mano, abrazarte y oler tu pelo mientras duermes.
¿Quién me regañará ahora? ¿Quién me dirá que no coma tanto? ¿Quién me mirará con resignación con cada nueva mancha que me caiga en el pijama, en la camisa, en el chaleco…? ¿Y quién me va a recordar que baje la basura?
Sentado en el sillón blanco abrazo la urna de tus cenizas y cierro los ojos. Es imposible sentir más mi soledad.
De repente, vuelve como en un eco ese sonido metálico, cantarín, ese tilín con el que los dioses o los ángeles, tú eres las dos cosas, envían un mensaje, una señal. Abro los ojos y, debo de estar soñando, porque me parece ver que tu campanilla se posa en la mesa, como si alguien la hubiera levantado y vuelto a soltar. Pero no hay nadie. Como en esas películas de Disney antiguas, las buenas, las que te hacían soñar, donde las teteras y las tazas cantaban y danzaban como reinas del celuloide.
Tú sí que sabes contar cuentos, fabular, pienso en voz alta.
Me levanto contigo en brazos, en tu urna, te dejo en la librería, junto a tus libros preferidos, y te enciendo una vela blanca. Miro a un lado y a otro y no sé qué hacer, ni dónde ir, ni qué decir. Y entonces escucho tu voz; tu voz, que nunca cambió, tu voz que es la única que me saca de mi ensimismamiento. Tu voz suena en la habitación y ni siquiera siento que sea un milagro. Me parece normal.
—Baja la basura —susurras.
Me levanto, feliz, y vuelvo a arrastrar mis zapatillas… y la prótesis de rodilla.
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