Infierno de cobardes

Infierno de cobardes

La palabra “cobarde” puede ser utilizada como sustantivo: “es usted un cobarde”. O como adjetivo: “ha sido una actitud cobarde”. De una u otra forma, un cobarde es un pusilánime, alguien sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas. Un rastrero. Los hay dondequiera que vas. Para conocerlos, no hace falta retarlos a un duelo, basta con el enfrentamiento verbal para que se achanten y huyan despavoridos. El cobarde, a menudo, es un chulo que se esconde tras un subordinado al que culpar del desastre. Cobarde es el que usa y abusa del poder para quitarse de en medio a quien le gana en méritos; el que cambia de principios según el beneficio que pueda obtener en cada momento; el que culpa a otro de lo que sólo es obra de su mala praxis; el que firma libros que no escribe. En suma, cobarde es el que se ensaña con el que va de frente, el que critica a tus espaldas, el que, sin atreverse a dar la cara, se esconde en un rebaño de borregos, donde pace sin voz propia, pero es capaz de mentir, eso sí, con todas las terminaciones de género. Un manipulador, un mentiroso, que va por la vida estorbando hasta que le alcanza su némesis y, de una porteña patada en el “orto”, acaba pudriéndose en un infierno de cobardes. Ya está tardando.

Publicado en Diario Jaén el 6/2/2024

Vergüenza ajena

Vergüenza ajena

A veces, determinados comportamientos humanos resultan tan ininteligibles que te preguntas si no estarás frente a una inteligencia superior. Sigues observando, curioso y atento, aunque intranquilo, porque en cada nuevo comportamiento se hace más patente que, definitivamente, algo no te gusta, y comprendes que tal vez has confundido la velocidad con el tocino, la inteligencia con la estulticia. Que te encuentras ante un ser que, como Odiseo, peca sobre todo de soberbia.  La “hybris”, como la llamaban los griegos:una desmesura de orgullo y arrogancia, deslealtad, insolencia, insulto y prepotencia. El ensoberbecido transgrede todos los límites contra los dioses e,inevitablemente, atrae un castigo. Pero, como reza el antiguo proverbio, “aquel a quien los dioses quieren destruir primero lo vuelven loco”.

Así que, cuando, mientras tú te esfuerzas, sientes y padeces, otro, desprovisto de la más elemental empatía, despliega sus plumas como un pavo, suelta una carcajada sonora, casi obscena, y demanda aplausos que ni le corresponden ni merece, entiendes que lo único que te provoca es una infinita, angustiosa y agotadora vergüenza ajena. Y, pasando de griegos a romanos, te preguntas como Cicerón: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”.

Publicado en Diario Jaén el 23/1/2024