Silencio, se rueda

De los votos que, creo, sigue exigiendo la vida monástica, el que más dificultad tendría, sin duda, en acatar es el de silencio.

Porque el de pobreza, quien más y quien menos, en esta época y con este gobierno, ya lo tiene asumido. El de castidad, después de todo quien no come por haber comido… Y en cuanto al de obediencia, como escribió  Góngora: 

“Ande yo caliente y ríase la gente.

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno…”.

Pues eso, que a mí ya me importa poco quien quiera destacar siempre y cuando me dejen en paz. 

Pero el silencio no, el silencio es aterrador. De ahí que se castigue el mal comportamiento de los presos con el aislamiento.

Yo, que siempre he sido una gran conversadora;  yo, que acostumbraba a hablar horas y horas; yo, que, toda idiota, aseguraba necesitar un momento de silencio… Pero nada es eterno.

Y ahora, que por escuchar una voz, me sorprendo hablando conmigo misma mientras cocino, paseo, escribo o pienso; que, por desear una conversación a cualquier precio, me hallo aquí una tarde más, con la vista clavada en la pared, anhelando que aquellas caras de Belmez, que tanto misterio y conversación urdieron, se manifiesten ante mí y me cuenten sus cuitas…

Silencio no, prefiero la muerte.

Silencio nunca. Ni aunque me maten.