Estado de necesidad

(Publicado en Jaén Hoy el 15/1/2025)

Lo malo de llegar a cierta edad es que a uno le ha dado tiempo a vivir demasiadas situaciones irracionales e injustas. Lo bueno, que sigues vivo, y por tanto susceptible de ser nuevamente utilizado, engañado y/o bendecido, esto último, casi siempre, en la esfera privada. En la pública, cada vez con mayor frecuencia, el descaro con el que se usa y abusa de la ley me provoca una sensación de irrealidad que me hace preguntarme si vivo en un Estado de Derecho o más bien de necesidad.

Cuando era una joven estudiante que se adentraba en la letra y el espíritu de la ley, me sentí una privilegiada porque me amparaba una constitución que me garantizaba, ante todo, justicia. Nunca me imaginé que mi seguridad jurídica, y la de todos, pendiera de un hilo tan frágil e incontrolable, como el que tejían las Moiras griegas. Que un país, o su gobierno, pudiera caer en una guerra de argucias y traiciones. Pero, como dijo Sun Tzu, la clave de la guerra es el engaño.

Y esto, con independencia del coraje, lo que provoca es asco. Como cuando vas a comprar fruta y te la dan podrida. Y tú la ves podrida. Y te la cobran. Y se ríen. Entonces te sientes humillado por saberte engañado y saber que el que te engaña sabe que lo sabes… Pero el sátrapa cree que te aguantarás porque tienes miedo. Porque aquellos que deberían protestar, que para eso cobran, se agachan tanto y con tal flexibilidad yóguica que se les ve el culo. En pompa. Y casi circunstancia. Como la famosa marcha de Edward Elgar.

Por eso, en estos tiempos tan indecentes en los que cuesta caro ser decente, se hace imposible permanecer inmóvil y prudente, y vuelvo a preguntarme dónde quedaron los principios básicos que garantizaban la libertad, la igualdad y la seguridad jurídica.

Me enseñaron que la justicia es una diosa ciega, que no distingue entre las personas y que se aplica de forma equitativa. Entonces, ¿cómo es posible tanta burla? ¿Cómo es posible tanto cobarde?

Callados y arrogantes a la par que arrastrados.  Como decía Unamuno: “A veces el silencio es la peor mentira”.

La ley es lo más sagrado que tenemos. Tanto que el concepto de justicia lo atribuimos a Dios. Es por eso que, hasta en los momentos más duros de la vida, uno ha de defender la verdad, la honestidad, la justicia, la bondad y el decoro. Y no permitir que nada ni nadie nos arrebate lo único con lo que nacemos: la libertad de ser y de querer ser. Ningún gobierno debería negar a sus ciudadanos el derecho a defenderse, a poder acudir a sus jueces, independientes e imparciales, a vivir en paz, a luchar por lo suyo, a pensar como quiera y a expresarse con toda la libertad del mundo.

Y, de hacerlo, no queda otra que levantarse y luchar contra la tiranía.

Porque, tal vez, esa escasez tan manifiesta de principios y valores que se da mucho en la “res publica”, la cosa pública, en ocasiones próxima a la “cosa nostra”, tal vez, decía, se deba únicamente a una desconsiderada y total carencia de vergüenza. Y de dignidad.

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Auge y caída de un corto cualquiera

Hay en la vida muchas tipologías humanas. Como escritora de ficción, que filosofa sobre infinidad de temas, unas veces me toca imaginar tipologías buenas, amables o altruistas y otras, sin embargo, dicha ficción me lleva a escribir sobre otras tipologías que son todo lo contrario. Por tanto, como en todos mis artículos, cualquier parecido con la realidad es fruto de la casualidad.

Dicen que la justicia siempre triunfa, pero estamos hartos de ver cómo mueren inocentes en manos de asesinos y violadores o a consecuencia de crueles enfermedades, hambre y guerras que no buscaron y que solo hacen más ricos a algunos que ya lo son.

También dicen que el tiempo pone cada cosa y a cada uno en su sitio, pero no siempre tiene uno la oportunidad de verlo con sus propios ojos. Por eso, cuando la vida te permite, en relativamente poco tiempo, comprobar cómo después del fulminante auge de un ser despreciable y ruin, un corto cualquiera, un manipulador, un mentiroso que ha engañado a empresas y administraciones, un mierda que ha tratado a hombres y mujeres como escoria, un ignorante sin principios, un cateto que cree que tener clase es comer en restaurantes con estrellas Michelín, un analfabeto funcional que no lee, que miente en su currículum, que ha sido capaz de pisotear y herir a cuantos encontraba a su paso movido solo por el ansia de acaparar poder y, sobre todo, dinero ajeno; un corto miserable que liga tirando de tarjeta y, contra toda ética, hace fotos a pobres chicas en la cama y en cueros mientras duermen para presumir ante sus amigotes, que son los que verdaderamente le gustan; un corto de principios y de moral, despreciable hasta el extremo, que utiliza a los discapacitados para sacar dinero a las administraciones, para quien lo más parecido a trabajar con una mujer es contratar a una prostituta, y que pague otro, claro está; un miserable, un embustero, un vicioso y una mala persona, la peor, que ha arrasado el mapa de España sembrando descontento y miedo y que no ha sentido remordimiento alguno al usar sus contactos con el, si cabe, aún más despreciable “amo” para humillar y destrozar las vidas de familias enteras; entonces, cuando de repente le llega su San Martín, no sientes pena, pero curiosamente tampoco te alegras. Eso sería estar a su nivel.

Tienes claro que allá donde vaya actuará de la misma manera. No sabe hacer otra cosa más que mentir y apropiarse de lo ajeno. Porque la gente puede cambiar, no digo yo que no, pero hay un núcleo interno en cada uno de nosotros al que no llega el amor ni el dolor ni la familia ni psicólogo alguno y, en el caso que nos ocupa, el núcleo es malo, rastrero, tramposo y ladrón.

Cuando todo se construye con mentiras, cuando no tienes ni familia ni amigos que te recojan, ni credenciales que te enarbolen, cuando tu certificado de penales tiene visos de rebosar, cuando ya no tienes credibilidad alguna, cuando esas mujeres y hombres que, sin dignidad, se pasaban el día lamiéndote el trasero ya no saben dónde meterse y como San Pedro te niegan no tres sino trescientas o tres mil veces, cuando ya nadie te quiere porque no mereces cariño ni compasión, entonces no es castigo ni venganza, es justicia.

Por eso, decía, cuando después del incomprensible, por inmerecido, auge de un corto cualquiera, tienes la oportunidad de ver que acaba precipitándose en la caída más estrepitosa, no te queda más remedio que sonreír y afirmar: “Dios existe”.