Rendir por hambre

Publicado el 1/10/2025 en Jaén hoy (Grupo Joly)


Desde tiempos remotos, los pueblos han sufrido el asedio de sus enemigos. Saqueados, rodeados, atacados y vejados hasta ser rendidos por hambre. Así, visto desde la distancia, estremece la falta de humanidad.

Pero no es ésta una costumbre desterrada. Miles de años después, y a pesar de todos los avances tecnológicos y científicos, a pesar del disimulo hipócrita del pensamiento woke y de las agendas verdes que quieran inventarse, aún hay pueblos, muchos, con ansias de expansión, de tomar lo que no es suyo, de robar las tierras y sus riquezas, de horrorizar y matar a los vecinos. Los enemigos, en geopolítica como en las empresas, salen hasta de debajo de las piedras y hoy, siglo XXI, las armas son diferentes pero las pretensiones son las mismas: matarte y quedarse con lo tuyo. Así de simple; y así de cruel. 

La maldad está en todas partes, algo que frustra, pero no extraña. Lo que sí sorprende, y no favorablemente, es cuando el asedio no es del enemigo, sino propio, correligionario, amigo. Asedio de aquellos que deben asegurar tu libertad y tu bienestar. Cuando son aquellos elegidos para gobernar los que te hacen sentir el hostigamiento y el hastío más profundo, cuando asaltan y se burlan de la justicia y de la separación de poderes, cuando intentan manipular a los medios de comunicación, engañarte y robarte el futuro mientras desvían tu mirada hacia tierras y asuntos ignotos…, te preguntas por qué ahora te quieren vasallo, pero no un vasallo cualquiera, sino uno necio, ignorante y teledirigido. Uno que aplaude cuando se lo indican. Entonces, camino del vasallaje, el hambre física acucia, fruto de no llegar a fin de mes, y te preguntas si sacar la bandera blanca, pero el hambre moral, la de la justicia y los principios, te sostiene erguido y te niegas a rendirte.

Esa otra cara del hambre, más feroz que el desmayo, es la desesperación, y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa, incluso de devorar a sus semejantes, antes de caer rendido. 

La historia de los pueblos es también la de su lengua, que crea refranes, dichos populares que encierran verdades como puños, como ese que cuenta que, cuando el español canta, o está jodido o poco le falta. Pues bien, ya han empezado los cánticos; Dios nos libre de lo siguiente. Porque suele ocurrir que, antes de rendir la plaza, las ansias de libertad te ponen en pie y luchas. Porque el hambre es muy mala, pero la muerte en vida es peor.

Seis pastillas

En la historia del mundo ocurren de vez en cuando, y entre periodos de enorme aburrimiento, acontecimientos importantes que suponen un cambio brusco, un salto en el tiempo, el inicio de una nueva era. Hechos como el descubrimiento del fuego, la invención de la rueda, la escritura, la conquista de América, la Revolución francesa o la bomba atómica provocan que la vida deje de ser como venía siendo y se abalance con valentía, o sin más remedio, a lo desconocido. 

Lo mismo sucede, a grandes rasgos, en nuestra pequeña historia. Los días se repiten sin pena ni gloria, pasan los años de manera suave y escalonada y vamos cubriendo etapas: bautizo, comunión, colegio, universidad, trabajo, boda… De niño a adulto, de hijo a padre, sin enterarte, hasta que de repente te percatas de cuán mayor te has hecho y cuentas los años que te quedan para ir al cine con descuento y cobrar la pensión, si es que queda algo cuando llegues. Ya no eres el que siempre has sido, a pesar de seguir siendo el mismo. Y la ropa no te queda igual, aunque ocurra el hecho insólito de que tengas la misma talla. Ni pesas igual. Se ha producido una metamorfosis profunda. El capullo se ha convertido en mariposa. O viceversa.

Esto es lo que sucede en ese instante mágico en el que uno deja temporalmente, la felicidad no dura para siempre, de asistir a bodas (lo que da un cierto respiro), para pasar a ser convocado cada vez con mayor asiduidad a funerales y exequias. Toca despedir a amigos y familiares que, en el mejor de los casos, tenían cierta edad, que incluso a veces son de la tuya. O menos… Lo que te pone aún más los pelos de punta.

Tú asistes con cara de circunstancia y, si el tiempo lo permite, con un jersey oscuro de cuello vuelto, que siempre viene bien para ocultar los signos inequívocos de la edad, aunque tienes claro que los que están allí la conocen; pero alegrándote secretamente de tu suerte: después de todo estás vivo y ahí sigues, dando guerra, yendo a entierros. Con tus seis pastillas diarias de media, más las de los dolores, los “paracetamoles”, cuyo número varía según la meteorología.

¿Qué le vamos a hacer? La otra opción, la de ser el protagonista del sarao, es peor. En estos casos es preferible ser actor secundario. Además, como decía Gandalf el mago en El Señor de los anillos: “Un héroe sólo juega un pequeño papel en las grandes hazañas”. C’est la vie. Sólo nos queda esperar que, la que nos quede, nos dejen vivirla en paz algunos políticos que padecemos, cuyo deseo es convertir este país en Gotham, y sin murciélago que lo evite. De ésos quizá sí, más pronto que tarde, y en sentido figurado, te gustaría asistir a su funeral y, dependiendo de tus creencias, proclamar en tono circunspecto: ¡Por fin! ¡Todo llega! o ¡Alabado sea el Señor!

Entonces, compasivo después de todo, rememorarás aquel salmo que dice: “Que en verdes praderas me hace recostar. Junto a tranquilas aguas me conduce, me infunde nuevas fuerzas…”. A lo que el coro de los desesperados contestará: “Amén”. Y, emocionado, sueñas despierto… Y que yo lo vea.

(Publicado en el diario digital Jaén hoy el 11/2/2025).