Todas las cosas pasan por algo


Dicen que nada sucede de forma fortuita, que existe una solución de continuidad entre los acontecimientos precedentes, consecuentes y subsecuentes. Tras una observación empírica, comprobamos que no hay más gordo que el que come en demasía, y que el que tira la garrota, cuando va a por ella, se la encuentra rota.

La ley de causa y efecto, también llamada de acción y reacción, no es un principio matemático estricto, se limita a enunciar que toda causa tiene su efecto y viceversa; que la vida es un bumerán que, cual arma giratoria, nos devuelve todos nuestros aciertos, errores y torpezas.

Así que, si nos tropezamos con algo mágico, abracémoslo con orgullo; pero si, por el contrario, perdemos lo que más amamos, antes de maldecir a los dioses y a la dama fortuna o quejarnos de que nos han dado por detrás con el basculante, pensemos qué hicimos para merecerlo y jodámonos porque, amigos, todas las cosas nos pasan por algo, por ejemplo y a menudo, por gilipollas.

(Este artículo se publicó en diciembre de 2016 en Diario Jaén. Hoy, una vez que compruebo que sigue habiendo gilipollas con derecho a voto, lo comparto de nuevo).