
Presentación de “El asesino de la puntilla”


Hay en la vida muchas tipologías humanas. Como escritora de ficción, que filosofa sobre infinidad de temas, unas veces me toca imaginar tipologías buenas, amables o altruistas y otras, sin embargo, dicha ficción me lleva a escribir sobre otras tipologías que son todo lo contrario. Por tanto, como en todos mis artículos, cualquier parecido con la realidad es fruto de la casualidad.
Dicen que la justicia siempre triunfa, pero estamos hartos de ver cómo mueren inocentes en manos de asesinos y violadores o a consecuencia de crueles enfermedades, hambre y guerras que no buscaron y que solo hacen más ricos a algunos que ya lo son.
También dicen que el tiempo pone cada cosa y a cada uno en su sitio, pero no siempre tiene uno la oportunidad de verlo con sus propios ojos. Por eso, cuando la vida te permite, en relativamente poco tiempo, comprobar cómo después del fulminante auge de un ser despreciable y ruin, un corto cualquiera, un manipulador, un mentiroso que ha engañado a empresas y administraciones, un mierda que ha tratado a hombres y mujeres como escoria, un ignorante sin principios, un cateto que cree que tener clase es comer en restaurantes con estrellas Michelín, un analfabeto funcional que no lee, que miente en su currículum, que ha sido capaz de pisotear y herir a cuantos encontraba a su paso movido solo por el ansia de acaparar poder y, sobre todo, dinero ajeno; un corto miserable que liga tirando de tarjeta y, contra toda ética, hace fotos a pobres chicas en la cama y en cueros mientras duermen para presumir ante sus amigotes, que son los que verdaderamente le gustan; un corto de principios y de moral, despreciable hasta el extremo, que utiliza a los discapacitados para sacar dinero a las administraciones, para quien lo más parecido a trabajar con una mujer es contratar a una prostituta, y que pague otro, claro está; un miserable, un embustero, un vicioso y una mala persona, la peor, que ha arrasado el mapa de España sembrando descontento y miedo y que no ha sentido remordimiento alguno al usar sus contactos con el, si cabe, aún más despreciable “amo” para humillar y destrozar las vidas de familias enteras; entonces, cuando de repente le llega su San Martín, no sientes pena, pero curiosamente tampoco te alegras. Eso sería estar a su nivel.
Tienes claro que allá donde vaya actuará de la misma manera. No sabe hacer otra cosa más que mentir y apropiarse de lo ajeno. Porque la gente puede cambiar, no digo yo que no, pero hay un núcleo interno en cada uno de nosotros al que no llega el amor ni el dolor ni la familia ni psicólogo alguno y, en el caso que nos ocupa, el núcleo es malo, rastrero, tramposo y ladrón.
Cuando todo se construye con mentiras, cuando no tienes ni familia ni amigos que te recojan, ni credenciales que te enarbolen, cuando tu certificado de penales tiene visos de rebosar, cuando ya no tienes credibilidad alguna, cuando esas mujeres y hombres que, sin dignidad, se pasaban el día lamiéndote el trasero ya no saben dónde meterse y como San Pedro te niegan no tres sino trescientas o tres mil veces, cuando ya nadie te quiere porque no mereces cariño ni compasión, entonces no es castigo ni venganza, es justicia.
Por eso, decía, cuando después del incomprensible, por inmerecido, auge de un corto cualquiera, tienes la oportunidad de ver que acaba precipitándose en la caída más estrepitosa, no te queda más remedio que sonreír y afirmar: “Dios existe”.

Contemplando Granada desde la terraza del maravilloso Alhambra Palace con las personas que más quiero en la vida, mis dos Juanes, vuelvo a sentir ese vértigo maravilloso que me devuelve a la edad universitaria, a mi Facultad de Derecho, con los suizos plancha con mantequilla de su cafetería y sus siglos de historia. Y entonces, y aunque parezca mentira, puedo ver el rostro del que, desde segundo a quinto curso, fue mi profesor de Derecho Civil y murmuro de memoria el artículo 1902 del Código pertinente, la responsabilidad civil extracontractual:
“El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”.
Es extraño cómo, después de tantos años, recuerdo artículos, principios y usos del Derecho, ya que, tras terminar la carrera, la vida me exigió seguir otros derroteros menos románticos, dedicándome al entretenido pero cruel y despiadado mundo comercial del sector asegurador.
Ahora, libre ya de ataduras y desde mi perspectiva de mujer independiente que vive de su imaginación y trabaja con el lenguaje, este artículo 1902 del Código Civil tan solemne y práctico se introduce en mis pensamientos y me lleva a relacionarlo no solo con la responsabilidad civil patrimonial, sino también con la moral incluso profesional.
Y es que, cuando uno tiene un cargo de responsabilidad, muchas personas, y sus familias, sus hipotecas y su estabilidad, tanto económica como emocional, dependen de él, y no solo la acción, sino la omisión del deber les obliga a responder del daño causado. Así, cuando un corto cualquiera, al que me he referido en otras ocasiones, manipula una empresa, o un país, en su beneficio personal, se salta todas las reglas legales y éticas, se quita de un plumazo a todo el que le hace sombra, al que no le ríe sus conductas ilícitas e ilegales, al que no entra al trapo en sus tejemanejes, al que tiene dignidad, al que no se agacha pase lo que pase con su futuro…, cuando ocurre todo esto, digo, el que tiene el poder y la posición adecuada no puede ni debe callarse y consentir, porque entonces será culpable del daño patrimonial y moral causado a todos esos más dignos que ambos, así como de la mala reputación de su empresa.
Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, eso lo sabe hasta nuestro amigo y vecino Spiderman, y cuando lo tienes y tus subordinados confían en ti, es un deber cumplir con tus obligaciones, por difíciles que se vuelvan, y estar a la altura de las expectativas que has generado porque, ¡en nombre De Dios!, te pagan por ello…
No debes callar para mantener tu estatus, debes ser honesto y jugarte el puesto, si fuera menester, en lugar de dejar a otros, los que trabajaron para ti, los que dieron la cara por ti cuando nadie lo hacía, sin el suyo y con el culo al aire.
Roma nos dejó una herencia cultural sin parangón y debemos aprender de ella. En Roma la dignitas era el prestigio social y, por ende, personal frente a todos. La reputación, la moral y la ética tienen más valor que el mayor salario, por abultado que sea.
El prestigio que te otorga el poder te exige ser portador de esa dignitas, y el que por omisión consiente tanta injusticia carece de ella y queda, por tanto, obligado a reparar el daño causado, ya sea patrimonial, moral o físico, porque no son pocas las veces que es pernicioso para la salud.
Este principio es aplicable a todos esos lameculos que se humillan como siervos de la gleba ante el poder temporal de un corto cualquiera, porque cuanto más se agachan, más se les ve el culo. Y ya les advierto que asoman la rabadilla a la vista de todos. Y para nada… Porque, después de todo, nada ni nadie es eterno, el que nace lechón, marrano muere y todo cerdo, tarde o temprano, tiene su San Martín.
Como decía, mirando Granada desde esta maravillosa terraza del Alhambra Palace, libre de ataduras y con mi dignitas a salvo, pienso en aquel extraño al que consideré amigo, el que debió dar un golpe en la mesa y elevar su voz, aun a riesgo de perder su estatus, por tantos otros que pagamos su cobardía y, sobre todo, por él mismo y su dignidad. Porque lo cierto es que, sin dudarlo un instante, afirmo que el que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia (y hubo mucho de ambas), está obligado a reparar el daño causado.
