(Mi texto publicado en el libro “Plazas y Bienes Culturales del centro de Jaén”, editado por Diputación de Jaén, Instituto de Estudios Giennenses. Colabora la Asociación Vecinal Arco del Consuelo)
Plaza de San Francisco
El frío viento sopla con fuerza, cala mis huesos y revuelve mi pelo. Me detengo en lo alto de Bernabé Soriano, respiro hondo y contemplo la trasera de la Catedral.
Majestuosa. A mi derecha, el Palacio de la Diputación me envuelve, me transporta a otra época y recuerdo…
Soy una niña y voy con mi padre en un MG rojo. Apenas pasa de las 6 de la tarde, pero el otoño cede el paso al invierno y la noche, próxima a la Navidad, cae sobre Jaén. La tenue luz de las farolas alumbra la plaza de San Francisco otorgándole un aspecto mágico, casi místico. Un guardia con un rígido casco blanco y capote oscuro saluda a mi padre, se conocen, y le señala un hueco donde aparcar. En la misma plaza.
Al salir del coche, Tejidos Gangas me atrae con la geometría luminosa de sus ventanales. Vamos a encargar regalos de Reyes para mis hermanos y para mí, aunque yo aún no lo sé.
—¡Vamos! Mamá nos espera —me dice.
Pero yo, que debo de tener unos tres años, me quedo extasiada contemplando el edificio de la Caja Postal en cuya parte alta, para mí casi el cielo, preside una hucha, y unas luces, que se encienden y apagan de forma intermitente, simulan que cae una moneda.
En ese momento quiero tener una hucha, de esas de barro que luego había que romper con un martillo.
Mi padre me coge la mano; la suya es fuerte, su piel, áspera. Echamos a andar. La plaza es elegante, señorial. Entramos en los almacenes y me asombran los maniquíes, los empleados uniformados y los escalones, que brillan y se enredan en caracol. En mis recuerdos son de un tono verde oscuro, aunque hoy no podría asegurarlo. Los subo agarrada a la baranda curvando mi cuerpo con cuidado de no caerme. Veo mis zapatos de charol negro y mis leotardos blancos y me siento como Alicia en el País de las Maravillas. Arriba, mi madre abre sus brazos y me sonríe. Mis hermanos juegan entre los estantes. Y yo me alegro de ser yo, de tener esa familia, de que me haya tocado en suerte vivir en esta ciudad milenaria, con toda su historia, sus edificios señoriales, su viento frío que baja del Castillo de Santa Catalina y su calor asfixiante en verano.
Salimos de Tejidos Gangas. La gente recorre la plaza, las calles Álamos, Cerón y Campanas. Levanto la cabeza y vuelvo a mirar. La moneda cae. La plaza me atrae. Me atrapa.
Teresa Viedma Jurado



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Yo también soy un nostálgico, de las costumbres, de los colores, olores y sabores de un tiempo que, para mi al menos, fue mucho mejor, mas sosegado mas familiar e infinitamente mas civilizado.
Un tiempo que que las personas se comunicaban sin miedos y con naturalidad, y con medios mucho mas humanos, la palabra y la escritura, o la música o la calidez de una caricia furtiva y adolescente, no con chismes absolutamente nada ergonómicos, molestos, impertinentes, invasivos y con un nombre, que hasta en eso…, foráneo y en inglés, como no…
Malditos smartphones y toda la soledad tecnológica que nos han proporcionado.
Sí, soy un nostálgico, y me gustan las piedras viejas y los edificios con alma y las calles recién ‘llovidas’ y echo mucho de menos esa manera de saludar cariñosa que hemos perdido.
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Así es… La gente ya ni se llama por teléfono para mantener una conversación. Se envían audios. Como si les gustase hablar solos, oír sus voces. Solo las suyas… Nada más. Sin respuesta alguna. Cada uno envía el audio con lo que quiere decir, y yo pienso: ¿por qué no se llaman y acaban antes?
Gracias por tu maravilloso comentario.
Un abrazo.
Teresa
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Si, si, si, si…
Odio lo de los mensajes de audio, ¿cabe algo mas absurdo que un ‘soliloquio’?
Ahhhh!, ese tiempo maravilloso donde la retórica y la dialéctica orientaban una buena conversación.
Y si ha sido después de una buena comida entre personas civilizadas o a la luz de una buena copa…, placer de dioses.
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