(Mi relato para la Velada poética feminista organizada por la Concejalía de Igualdad del Ayto de Martos, 20/9/2024).
La verdad
Me duele el cuello. Y el túnel carpiano. Dicen que mi postura, escribiendo y leyendo sin hartazgo, no me va bien para las cervicales, ni para el brazo, ni la mano derecha. Pudiera ser, no digo yo que no, aunque luego me dolerá la escápula o la cabeza, porque lo malo de las poetas es que no nos queda claro si el dolor constante y cambiante es de escribir o de que no nos lean, que no nos oigan, que no nos vean. Si es de la ansiedad creativa que inunda el alma y aprieta en la mandíbula, o más bien de la vacuidad del corazón y del bolsillo.
Me miro al espejo. No estoy mal, me digo en voz alta. “Para mi edad…”, me susurra mi mente, siempre mi peor enemiga.
Me siento frente al ordenador y miro los numerosos archivos de poemas y más poemas, años de arduo trabajo, de soñar despierta, de inmensa felicidad, que apenas dura un instante, y de terribles círculos del infierno; lo que me lleva a recordar a Dante y a Virgilio… a anhelar la Divina Comedia.
Conmovida, rebusco en los cuadernos que escribí antaño, entonces a mano, con esa letra redonda, cuidada, de trazo fuerte, una letra cabreada, herida… Más palabras, más poesía… Acaricio las portadas de mis libros,publicados con tanto esfuerzo como ilusión, y aspiro su aroma a vainilla, a historia, a cultura, a amor y odio. A poesía.
Lloro; no quiero hacerlo, pero lloro. Lloro de emoción, de orgullo, y también de rabia, por mí, por mis sueños rotos. Lloro de impotencia, de exceso de pasión inservible, traidora… Me pregunto si no podría ser menos vehemente, menos fervorosa… Pero entonces, no sería poeta. Siento decepción, angustia, ira… Y pienso en tantas otras mujeres antes de mí que pasaron invisibles por la literatura, por su mundo: ignoradas, rechazadas… O disfrazadas para ser leídas.
Confieso que no soy romántica, ni tierna, ni suave, que hay algo que bulle en mí, que me empuja y me desarma, que me abraza hasta asfixiarme, que me ama y me destroza… Que mi poesía es, cada vez más, una súplica, un lamento, casi una orden: ¡Léeme!¡Siénteme! Pero de vuelta no obtengo ni el eco.
Y pese a la crítica mordaz, por parte de propios y ajenos, de que tengo un concepto demasiado elevado de mí misma, trago saliva y vuelvo a escribir. Me sé poeta.
Sirvan mis versos de lucha, de oración, de crítica, de liberación de mi alma o de la vuestra, porque la verdad, y en justicia os digo…, la verdad, insisto, es que soy buena. Muy buena.
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Qué bonito, Teresa. Y qué verdades tan grandes dices.
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Una velada de 10!
Gracias, Chony.
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Qué gozada tenerte allí, Teresa
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Muchas gracias!
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