El regalo

No es innato en mí el disfrute de las tareas domésticas, mas hago cuanto puedo… Cocino de vez en cuando, limpio el cristal de la mesa cada vez que me levanto a coger el cargador del móvil, pongo lavadoras y arreglo mis armarios con la única finalidad de poder meter en ellos la ropa nueva que me voy comprando cada vez que me cabreo o me pongo contenta… En fin, cosas urgentes…

Pero sobre todo procuro gastarme lo máximo que me permite mi exiguo pero bienvenido peculio en una persona que se ocupe de todo aquello que no me reporta demasiada felicidad.

Pero hay tareas de las que no me libro. Una de ellas, ir al supermercado. Suelo acudir al del Corte Inglés porque así, cuando llego a la pescadería, la frutería u otros departamentos de alimentación, ya llevo en mi imaginación o en el maletero, otros artículos más interesantes que kilo y medio de tomates.

No obstante, a veces me imagino con un delantal blanco en una enorme cocina con cucharones y paletas de esas color cobre, puedo hasta percibir el aroma de un asado en el horno y yo, sin despeinarme ni un ápice, teniéndolo todo controlado.

Después vuelvo a la realidad y pienso que, aunque no soy mala cocinera debido a mis años de estudiante, la verdad es que prefiero hacer otras cosas. Cocinar no es solo hacer comidas que luego te zampas, sino que también  implica ensuciar cacharros que después hay que limpiar, encimeras que se pringan de grasa y lo peor: el horno, que por más que te digan, no se limpia solo, ya que más que pirolítico es paralitico; no se mueve, todo lo tienes que hacer tú.

Pero lo de hoy ha sido insultante… Con cara de pocos amigos, lleno el carro pensando en lo mal que me va a venir hacer la cena, y al llegar a la caja y pagar una cantidad que se aleja bastante de la deseada, la cajera me mira como si hubiese descubierto América, como si yo fuera la mujer más afortunada de este mundo y me dice exultante: “Qué suerte!!! Le ha tocado un premio!!!

Un premio? pregunto incrédula, imaginándome ya en un crucero por las islas griegas…

Sí! Un regalo!, responde agachándose y sacando de debajo del mostrador un paquete sin envolver que no logro identificar a primera vista.

Qué es? pregunto interesada.

Una sartén con su tapadera y todo, me aclara la chica.

Intento sonreír, no me sale…

Es una sartén buenísima, añade.

Ya veo, ya veo… Y vuelvo a forzar mis labios en una sonrisa que pretende ser ingenua, pero no lo es.

Y es que una no tiene alma de mártir y mucho menos de Maruja. La última vez que un hombre me regaló una sartén, se la rompí en la cabeza. No es por nada, es que soy más de libros, de flores, de ropa o, cuando menos, de alguna joya fina y poco ostentosa. Pero “C’est la vie…” Hay que joderse… Soy la afortunada ganadora de una sartén y no me queda otra que dar las gracias porque creo que no es de recibo pedir que me la cambien por su valor en metálico.

La chica no entiende bien mi silencio sepulcral, cree que me he emocionado. Agarro el regalo y lo estrello con cariño en el carro, justo encima de los kiwis, con lo que pongo todo perdido de un verde esperanza que me hace pensar en otros regalos más románticos que me llenen el corazón de pasión y me hagan vibrar de emoción. Aunque después de todo… Qué es el amor??? Acaso no tiene también su tapadera???

Pues eso…

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